Acabé segundo de Enfermería.


El 10 de septiembre del año pasado, hace a penas 9 meses y una semana, o lo que es lo mismo: un parto, les conté que comenzaba el segundo curso de Enfermería. Y en aquel entonces les dije: Tengo intriga, eso sí, por saber qué nuevos conocimientos tendré dentro de exactamente un año, cuando me siente de nuevo ante este ordenador para contarles que paso a tercero. Y es que ahora, cada día de que pasa me acerca más a un sueño. Ahora, el tiempo corre a mi favor.

 
Pues bien, ya pasó todo. Hoy, después de releer este post me he sorprendido gratamente al darme cuenta que planteé las cuestiones necesarias que determinan justamente aquello que quiero contarles. Tenía intriga entonces, en efecto, por saber qué nuevos conocimientos tendría “dentro de exactamente un año”. No ha pasado el año, es cierto -un ligero error de cálculo-, pero a lo largo de este curso he comprendido mucho mejor todo aquello que aprendí en primero y he añadido conocimientos que han traspasado la frontera de la curiosidad alojándose, de lleno, en la región donde reposan las grandes ideas, la de la pasión. Al empezar el curso nos derivaron, por preferencias, a centros sanitarios diversos. Yo entré en el San Roque Meloneras, vestido de blanco, estrenando zapatos, fonendo, y etiqueta identificativa. Haciendo frente a la experiencia de tratar con los pacientes, que no conocía, y que tampoco estaban en su mejor momento de salud. De aquella etapa hice un diario que presenté como documento para la evaluación por el departamento de prácticas de la universidad. En la conclusión de aquel diario dije lo siguiente:   

 

 

                                   I.         CONCLUSIÓN: En ocasiones es complicado dar valor a las cosas, a las experiencias, a los esfuerzos o a las habilidades que se adquieren. Y es que evaluar, al fin y al cabo, es esto, medir el brillo y el peso del oro, escalar las propiedades de un vino por separado y en su conjunto. Se trata, en esencia, de hacerlo merecedor de admiración o no, o quizá no tan dicotómicamente, sino graduándolo en varios niveles de valor. Se nos pide evaluar nuestro periodo de prácticas y la duda me salta al intentar interrogarme a mí mismo sobre el qué debo evaluarme. Con el oro de antes uno sabe que debe considerar sus kilates, su pureza, su brillo… con el vino uno evalúa el olor, el sabor, la acidez volátil y un tremendo acúmulo de detalles que solo un entendido en ellos conoce –no es mi caso-. Sin embargo evaluar un periodo de prácticas se me presenta como difícil empresa. El tiempo que estuve en el Hospital San Roque Meloneras fue útil. La posibilidad de tratar de tú a tú con los pacientes, de convivir con ellos durante largas horas, cuidarlos, curarlos, asistirlos y acompañarlos me ha reportado un convencimiento inquebrantable de que la profesión enfermera representa todo cuanto siempre quise hacer. Quizá diría que no es más que la manifestación más simple y más inmediata de la filantropía. Entendida así y entendiéndome a mí mismo disipo cualquier duda de que, en efecto, la identidad entre esta profesión y yo es tremenda. Es curioso. Supe desde el principio que me enfrentaría a la miseria del ser humano –tal y como nos dijo D. Rafel Beltrán-, supe, además, que los efluvios corporales podrían provocarme repudio, arcadas o simplemente asco, y sin embargo, nada de esto me resultó impactante. La soledad, empero, sí me dejó mudo, sumido en reflexiones que hoy perduran. La soledad del paciente anciano, abandonado por sus familiares, la del paciente incapaz, la del extranjero en tierra extraña, la soledad del indigente. Su presencia era atroz y excesivamente común. Esa soledad me enseñó que la vida, cuando está pronta a expirar, puede ser un simple mástil a la deriva de una carabela sin casco, en la que falta la base, la esencia misma de las experiencias vividas. Cada vez que me enfrentaba a la observación de un paciente solo, repleto de silencio y de miradas perdidas en el vacío, me preguntaba a mí mismo donde habrían quedado todos aquellos con los que quizá un día convivió, se rió, discutió, o simplemente, amó. Uno de estos pensamientos me los brindó la desgarradora visión de una señora completamente abandonada por los suyos, argentina de nacionalidad, en tierra extraña. No hablaba, no reía, no lloraba, simplemente estaba viva. Se dejaba hacer cualquier cosa sin un mínimo quejido, era medianamente autónoma, pero no se movía. Pues bien, en una ocasión tuve que bañarla en cama y lo que me impactó fue ver su vientre: una simple cicatriz de una cesárea que me explotó como una bomba de dudas en la mente. Aquella señora había sido madre de alguien, que podría estar muerto, pero bien podría también estar vivo. Esa cicatriz me quiso hablar de momentos pasados y felices, de compañía, de familia y de hogar. Y sin embargo la soledad era la única compañera suya en aquellos momentos de enfermedad. Alimentado, entonces, por esta y otras experiencias similares, preferí pasar más tiempo en las habitaciones con los pacientes abandonados, que en el office de enfermería; como quien pretende espantar los pájaros con la sola presencia de un espantapájaros. Me dediqué a acompañar a los pacientes que estaban solos porque entendí que la enfermería también eso, que el cuidado del paciente no se ciñe únicamente al desarrollo perfecto de técnicas de manual, sino al cuidado en su acepción más amplia. Desde que tomé aquella decisión toda mi experiencia se enriqueció sobremanera. Don Fulano me contó que de pequeño había huido de Francia, tras la ocupación Nazi, doña Mengana me contó que de pequeña quería ser artista y sin embargo en Cuba no tuvo suerte y se volvió, Don Zutano me dijo que en su adolescencia fue acróbata, pero en vez de botellas o pelotas, lo que lanzaba al aire era a su propia mujer, acróbata como él. Me pasé horas hablando con muchos pacientes, me sentaba en los sillones al borde de la cama. Alguno hubo que lloraba cuando yo llegué y reía cuando me marchaba. Muchos agradecían poder hablar en Inglés y que alguien los escuchara. Me contaban sus miedos relacionados con sus enfermedades, sus sueños, sus frustraciones. Si sentían dolor mientras yo estaba con ellos, les administraba analgesia pautada de rescate por su médico, sin romper el hilo de la conversación. Si se manchaban los cambiaba, si se les despegaban las fijaciones de la vía le hacía la cura durante las conversaciones y entonces comencé a notar el cambio. Aquellos pacientes quejumbrosos, en su frío silencio, en su soledad abrumadora iluminaban su cara con una sonrisa cuando entraba a verlos y durante los ratos de compañía no pedían analgesia alguna. ¿Será que la compañía y el trato humano también puede aliviar el dolor?. No lo sé. Pero creo que cuando Florence Nightingale se acercó a los soldados en Crimea, no solamente se limitó a curar heridas de guerra. Y es que, en esencia, creo, después de haber tratado con personas necesitadas en África y en Sudamérica, a los que he procurado ayudar con mi trabajo de cooperante o como simple viajero, y con la fuerza de los convencimientos filantrópicos que me mueven, creo, digo, que la enfermería – o quizá lo que creo entrever que es la enfermería, desde mi amplia ignorancia- bebe de las mismas fuentes de amor y preocupación por el sufrimiento ajeno de aquello a lo que me he dedicado una parte de mi vida, y eso me apasiona y me reconforta. Pero debo volver a la evaluación de este periodo de prácticas y me pregunto entonces, después de todo, ¿qué debo valorar, mi habilidad para administrar analgésicos o mi capacidad para procurar evitarlos desde la compañía al paciente y la cercanía humana? ¿Mi capacidad para canalizar una vía o la capacidad de una caricia a un paciente, a quien pensaba mudo, y que me habló cuando lo hice, para darme las gracias?. No puedo valorarme en cuanto a tecnicista. Aprendí, adquirí habilidades, desarrollé las técnicas, ni más ni menos que como un inexperto alumno de segundo de carrera, con mis defectos y mis aciertos, con mis ganas de aprender y de hacerlo lo mejor posible. Cometí errores y pedí perdón. Jamás oculté nada y acepté las consecuencias de mi inexperiencia. En definitiva siento que, a la postre, la experiencia personal, la que yo me llevo en mi mochila de vida, se merece la máxima nota. Al menos así lo recordaré por siempre porque esta experiencia personal me ha resultado inolvidable sin concesiones. Sin embargo, para lo puramente académico, para la llave que abre otra puerta que me acerca al sueño de la profesión enfermera, creo que con 9,5 basta, quizá lo suficiente para dar por aprobada esta asignatura. Y es que la verdadera evaluación la pasé diariamente con los pacientes, con cada agradecimiento sincero que recibí, cada mirada llena de entusiasmo, cada relato cubierto de telarañas en la memoria del paciente y cada sonrisa que arranqué. En eso ya me llevo un 20.  

 

 

Así fue, queridos compañeros, me traje mucho más de lo que me llevé, largas horas de conversación, de historias impresionantes, de llantos y sonrisas. Al cabo del poco tiempo, muchos de aquellos pacientes ya no compartían el mismo aire que yo. Hoy los tengo en algún sitio de mi memoria, de donde creo que nunca saldrán. Y volvimos a la teoría. Aprendimos a manejarnos en Salud Comunitaria, en todas aquellas cuestiones que potencian la mejora de vida de las personas, fomentando la salud desde la educación y propiciando las buenas conductas para preservarla. Tuvimos que memorizar el calendario vacunal, una vez, y otra, y otra más. Entendimos que por medio de la Epidemiología y la Estadística, que era posible hacer una radiografía de la sociedad, para poder plantear soluciones a problemas reales y evitar problemas futuros. Y entramos de lleno en el mundo del cirujano. Mi paso por la asignatura de Médico-Quirúrgica me fascinó. Entender la complejidad del cuerpo humano, cuando la fisiología normal entra en caos y da pie a la enfermedad. Comprender los mecanismos por los cuales el ser humano enferma y los medios y técnicas que existen para diagnosticar y, sobretodo, para tratar las enfermedades más inverosímiles. Esa incursión en el cuerpo humano patológico, desde la insuficiencia cardiaca, al Infarto Agudo de Miocardio, pasando por la pielonefritis, la Insuficiencia Renal Crónica, la cirrosis, las alteraciones endocrinas con el Síndrome de Cushing a la cabeza, a la par de la Diabetes Mellitus, o el temible cáncer. Me di cuenta que el motivo del sufrimiento de las personas hospitalizadas, muchas veces excede de lo propiamente imaginable cuando estamos entregados a la vida en la calle. Deformaciones, heridas horrendas, infecciones desastrosas que llegan a carcomer el mismo hueso (osteomielitis), tantas dolencias que generan sufrimiento, que me apliqué en entenderlas lo mejor que pude, para saber tratarlas como un humano se merece. Pero sin lugar a dudas, la parte más dura de aceptar fue la especialidad de Materno-infantil. Cierto es que coincidió con el nacimiento de mi segunda hija Lara, y tuve una ocasión perfecta para contrastar en la realidad lo que se aseguraba en los papeles. Aprendimos cómo asistir un parto de urgencia en cualquier sitio, comprendimos que el nacimiento es una cuestión puramente fisiológica y que una embarazada no es una enferma. Nos enseñaron a valorar al niño, en el momento del nacimiento, para comprobar si estaba todo como debía o si existía alguna alteración importante. Nos enseñaron a prevenir los embarazos no deseados y nos hicieron responsables de la formación de lo ciudadanos en este sentido -sobretodo de los adolescentes, aunque no solamente-. Y estudiamos, como no podía ser de otra manera, las enfermedades de los pequeños inocentes. Debo reconocer que en alguna ocasión me horroricé al ver las imágenes y di gracias a la vida por tener dos hijas sin aquellas patologías tan devastadoras. Fui consciente de que algún día tendría en mis brazos a un bebé con alguna enfermedad de este tipo, y por eso, a pesar de mi repulsa, hice frente y estudié, comprendí, y aprobé. Pero una parte que no pude estudiar sin lagrimas en los ojos, una que me desgarraba las entrañas cada vez que descansaba mi mirada sobre unos apuntes que hablaban de dolor y sufrimiento fueron los cuidados paliativos en los niños, el niño, su inocencia, la muerte. Todavía hoy, después de haberle hecho frente a la teoría, se me sigue encogiendo el alma. Pero no me cabe duda de que no enfrentarse a ello no provoca que no existan estas situaciones duras en la vida, injustamente corta, de los más pequeños afectados. Sin embargo renegué, mi primera reacción fue la huída. Procuré evitar este tema, no estudiarlo, no profundizar en el. Veía a mi hija durmiendo en su cuna y no quería imaginar lo que debería de pasar una madre que ve que cómo su hijo, su tesoro, lo más grande que se puede tener en esta vida, se apaga inevitablemente. No, no podía ser… pero era. Y por negarlo no dejaba de serlo. Y entonces comprendí, que un niño enfermo terminal, es un enfermo terminal, desde luego, pero también es un niño. Que un niño, con independencia de sus circunstancias, sigue siendo un niño, y que todos los niños tienen el derecho de sentir arropo, cariño y diversión. Que, a pesar de que la enfermedad avance contra ellos, ellos quieren, y necesitan, descubrir este mundo, por poco tiempo que puedan estar en él. Y que su presencia, en cualquier caso, es un regalo de la vida para aquellos que nos acercamos a su fortaleza y su valentía, enfrentando la última puerta que todos cruzaremos un día. Me entusiasmé, me llené de valor y de energía, y estudié por mi cuenta formas, iniciativas y técnicas que se han aplicado en el mundo para hacer que los niños hospitalizados sean súper héroes en un palacio de juegos. Recordé a Patch Adams, otra vez Patch Adams, vi hospitales con limpiacristales vestidos de Spiderman, de Batman y de Superman, coberturas de sueros con el símbolo de los grandes superheroes, para que los niños sientan que les fluye la energía sobrehumana por las venas, aparatos de Resonancia Magnética que simulan entradas de cuevas al país de las hadas. Pero a pesar de todo, desee no verme nunca en esa situación, ni como padre, ni como enfermero. Sin embargo, queridos míos, hay una mano más allá de la nuestra que abre camino y nos lleva por el sendero que debemos pisar. Místico, lo se, no me pregunten, pero demasiadas señales son indicio de su existencia. Y ayer mismo, cuando nos dieron los centros para las prácticas vi, con una aceptación resignada, como si de un guiño cómplice de la vida se tratara, que debo pasar un mes en la unidad de Hematología Infantil del Hospital Materno-Infantil. Será un duro trance, pero solo habrán sonrisas, los niños tienen el derecho a ser niños y yo la obligación de contribuir a que esto sea así. Aunque por dentro me arranquen las tripas por la injusticia a la que nos somete la vida a veces.   No se quien seré cuando acabe tercero, queridos míos, pero se que tampoco soy la sombra de lo que fui cuando empecé primero. Esta carrera me ha enterrado en la humanidad, y me impresiona ver que, aún con todo, respiro mejor. Ya les contaré que tal me va, cuando acabe lo que está por llegar. De momento sigo avanzando, y cada vez mi paso es más firme y decidido.   Un abrazo, una sonrisa,   Santiago Santana.

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