Un paso detrás de otro.


Cuando uno comienza a andar, dirigiéndose a esa otra parte en la que se cree más feliz y dichado, obsesionado quizá con la idea de alcanzar el suroeste, o la puerta donde descansa una mujer desnuda en actitud de espera, o, tal vez, simplemente la otra orilla, porque la de partida lleva el sobrenombre de la miseria o la muerte, incluso por divertimento diría y podría ser si se tratara de un niño jugando a ser Spider Man, cuando uno comienza a andar, digo, sabiendo a donde quiere ir, confluyen en él todos los miedos, todas las dudas, toda la ilusión también. Por eso es que el primer paso va cargado de futuro, y es en él en el que se puede encontrar (si la desición ha sido suficiente y no flaquea en el trayecto) el comienzo de todo cuanto logramos llorar después, durante y antes de darlo. Así son los proyectos en la vida, queridos amigos, un paso adelante sin demasiadas contemplaciones. La decisión ha de ser clara, ¡Cuánto peligro corre aquel que, habiendose adentrado en los colmillos de la muerte duda mientras avanza por la cuerda floja de un circo! ¡Cómo de cruel puede ser la caída de quien se paraliza por la opresión de la duda y el miedo que lo desconocido insinúa en su deflagración de posibles fracasos!. En ese primer paso no hay espacio para el titubeo. Luego, el segundo debe ser andado siguiendo las premisas del primero, y el tercero las del segundo, y así hasta alcanzar la piel de la grandiosa ballena blanca que queremos cazar. Sólo quienes demostraron tesón y compostura pudieron habitar la boca de los hombres, y saltar así, de labio en labio, como saltimbanquis del ejemplo de la lucha. Seguir adelante es, entonces y simplemente, una labor de rutina valerosa, contra viento y marea, o contra dudas y miedos.

Robert Frost habló del camino que nunca se tomó “the road not taken” dijo él en su poema; “the rum not taken” dijo un amigo en un bar, mientras decidíamos el licor que embriagaría nuestra conversación aquella noche. Y tenían razón, ambos. El primer paso se da siempre en una sola dirección. Saber cual no es complicado si escuchamos ese alter ego que no es otro que el propio ego que se escucha a sí mismo. Aceptamos nuestros límites, nos sentimos parte insignificante del mundo, del universo, de la historia, sabemos lo que nos hace hervir la sangre de pasión y entrega y, siguiendo estas directrices soltamos amarras al puerto que creemos que nos hará felices de por vida. Una vida así no tiene un hueco reservado para la frustración, la desidia y el aburrimiento, y no lo tiene porque una vida así está desbordante de ilusión y de curiosidad. Entonces, un chino, recordándo las palabras de su abuelo, murmurará al leer esto: “no hay viento favorable para aquel que no sabe a que puerto se dirige”, y yo aplaudo su ocurrencia.

La vida sigue dando cambios en la dirección que planteé hace ya unos años. Cuando no tenga las manos tapándome la boca por aquella enseñanza de que más vale ser tumba antes que muerto, les comentaré que sucede. De momento les adelanto que son todas buenas mis noticias.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa siempre,

Narwhal Tabarca.

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