Senegal XII


A la mañana siguiente nos despertamos sobre las ocho. Durante el desayuno conocí a una chica muy agradable de Barcelona. Una investigadora llamada Clara que llevaba un año viviendo en Senegal. Estuvimos hablando un buen rato. Al cabo de no mucho llegó Carmen, la delegada de Cruz Roja que nos había ayudado la noche anterior. Esta vez no venía con su acomañante, sino con un chofer que esperaba sentado apartado de nosotros. Se sumó a la conversación y así estuvimos hablando de Senegal y sus problemas cerca de una hora. Esa mañana vi a Carmen distinta, entendí que era una mujer con un alto sentido de la responsabilidad, muy preocupada por su trabajo y sus gestiones.

 

Cons nos recomendó partir para no perder el día. Yo le propuse pasar antes por la gendarmería para despedirme del comandante; mi intención era bien clara, quería recuperar las cintas. Carmen me aconsejó entonces que no le nombrara nada de la noche anterior al comandante, y, mucho menos, le hablara del material incautado, me sugirió que nos olvidáramos de ellas y se ofreció para llevarnos a la gendarmería en el coche de la Cruz Roja Internacional. Aceptamos y lo agradecimos.

 

Allí nos despedimos de ella. Pregunté por el comandante. Segundos después estaba estrechando su mano mientras me sonreía amigablemente como la noche anterior en el mismo sitio. Me pidió que le siguiera a su despacho, él y yo sólos. César, Laura y Cons se habían quedado fuera. Mientras le seguía no le veía la cara, como es lógico. Cuando volvió a mirarme a los ojos, en el mismo despacho donde nos había gritado e insultado a gusto la noche anterior, volví a ver el mismo ímpetu, la misma seriedad en su mirada aterradora. No estaba seguro de lo que podía pasar en aquel momento y, por primera vez, llegué a pensar que ese hombre que estaba en frente de mí estaba completamente loco de atar. Guardé la compostura y le respondí con la misma seriedad.

 

En ese momento entró el gendarme histérico. No me saludó, en su línea. Seguía con la misma cara de amargado de la noche anterior. Le dijo algo al comandante en francés que no llegué a entender. El comandante asintió con cierta desgana y el gendarme histérico salió del despacho y volvió a los segundos acompañado de Cons, sonriente como siempre. Al menos volvía a tener un traductor. El comandante me miró de forma sombría y con un hilo de voz apenas perceptible, comenzó a hablar. Para mi sorpresa era él y no yo quien nombraba las cintas. Me dijo que no me las podía devolver porque había hecho una diligencia y las había mandado a su capitán para que fueran examinadas. Pero también me dijo que iba a hablar con el capitán para recuperarlas y mandármelas a España. Entre aquel día y hoy me he acordado dos veces de Carmen, una cuando el gendarme me sorprendió con este comentario, otra, hoy mismo que me he enterado de que ya las cintas van rumbo a España.

 

En ese momento quise creer en su buena fe, pero no podía confiar en la diligencia de alguien a quien tenía por un auténtico loco. Así que pensé que debía conseguir, al menos, su dirección y su teléfono. Pero debía pedírselos sin que se sintiera ofendido y realmente nunca estuve seguro de cual podría ser su reacción cada vez que yo abría la boca. Se me ocurrió entonces preguntarle si tenía hijos, no se ofendió, respondió anodinamente que sí. Le dije que me encantaría mandarle un balón para ellos y unas botas de futbol.

 

Cuando salimos cinco minutos después, no llevaba las cintas, pero sí los datos de aquel comandante que se había vuelto a despedir entre risas y bromas en la puerta de la gendarmería.

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