Senegal X


Nos condujeron a un despacho donde un señor vestido de chilaba azul profería gritos e insultos en wolof contra nosotros. Nos obligaron a sentarnos en unas sillas viejas y desvencijadas, y a gritos nos hablaba señalando a la cámara de César, refiriéndose, supimos luego, a las grabaciones que habíamos hecho sin autorización del Ministerio del Interior senegalés. Jamás he visto a una persona pidiendo perdón tantas veces y tan repetidas como a Cons esa noche.

Cuando pudo traducirnos, nos explicó que todo el problema era que el chofer nos había denunciado, no por el desacuerdo económico, sino por haber grabado sin autorización en el pueblo de Elenkin. El asunto de la inmigración ilegal está muy en boga en Senegal, y se controla más a los medios de comunicación que las propias costas de donde parten los cayucos. Tuvimos una acalorada discusión con el comandante, que echó del despacho a Cons. Yo repetía una y otra vez que no éramos periodistas, le enseñé las fotos de la ERIE y tuvieron un efecto en él que no descifré del todo. Sí puedo decir que levantó el teléfono e hizo una llamada. Yo le dejé claro que, aunque fuera voluntario de la Cruz Roja en España, mi viaje tenía un carácter puramente personal, que no representaba en ningún momento a la Cruz Roja. Y le expliqué, igualmente, que mi voluntad no era la de infringir ninguna ley senegalesa, me acredité entonces como abogado. Cada vez que le enseñaba alguna cosa (fuera un carné o unas fotos) lo miraba con atención silenciosa, y luego seguía gritando, aunque, eso sí, cada vez menos.

Al cabo de un rato, vi entrar en el despacho a una mujer de unos cincuenta años, europea, española y vasca, acompañada de un hombre senegalés, silencioso y de torpes facciones. Ella era Carmen, una delegada de Cruz Roja Internacional, él, el número uno de la Cruz Roja senegalesa. Carmen, una mujer recta e imparcial, nos dijo que el comandante requisaría todas las cintas que habíamos grabado, y que Cons sería detenido para enviarlo a la carcel de Ziguinchor. En ese momento sentí una tremenda vulnerabilidad. Junto a mí estaba Laura, blanca la cara, blancos los labios. Asustada como he visto a pocas personas en mi vida. En ocasiones reunía valor y hablaba con el comandante, quien la escuchaba con mucha más atención que a mí.

En un momento de la conversación, cuando parecía volver todo a la tensa tranquilidad del silencio, entró otro policía. Un hombre impertinente y malhumorado que bien podría ser el máximo exponente de la filosofía de la sospecha. Yo pensé que el comandante había quedado convencido de nuestra buenas intenciones, incluso daba visos de ser complaciente y de permitir que nos marcháramos de allí y dejáramos todo en un mal entendido detestable. Pero aquel hombre, después de una secuencia de preguntas absurdas, empezó a gritarnos que éramos conspiradores contra el gobierno de Senegal o, peor aún, espías. El comandante le observaba con desdén y desprecio, pero él no se inmutaba. Después de este último conato de histeria, el comandante, para calmar los ánimos de su subordinado, decidió requisarnos las entrevistas que habíamos hecho. Suerte que César, que aún esperaba fuera, había decidido esconder la mayoría de las cintas y solo había sacado tres, a saber: las entrevistas de aquella tarde en Elenkin, las de Cap-Skirrin, el mensaje de la familia constructora de los cayucos para su hijo en España y unas largas tomas de la playa de Cap-Skirrin.

En ese momento, el comandante hizo algo que yo había estado intentando evitar durante todo el interrogatorio: señaló mi cámara de fotos. Yo ya estaba empezando a cansarme de aquella situación, de manera que le enseñé las fotos que quise, repitiendo siempre las mismas para cansarle. El hombre la miraba con atención: una chica recogiendo herizos en Dakar, niños jugando al fútbol en Bignona, y, por error mío, cayucos en una playa del barrio de Yoff. Creo que al final conseguí lo que pretendía, porque me tomó declaración, me fichó y me mandó salir del despacho.

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