Cayuco llegado a Arguineguín.


Queridos compañeros,

Acaba de terminar una larga jornada. Antes de ayer decidí hacer una guardia voluntaria en la Cruz Roja por la noche. Quise compartir mis horas muertas con Gustavo y Jesús, dos compañeros. No salió ningún servicio, pero entre una cosa y otra me vine a dormir sobre las cinco de la mañana. A las siete y media estábamos despiertos. Estuve hasta la tarde en las oficinas de Cruz Roja, y luego, pegado al taladro haciendo bricolage en casa. Por la noche, es decir, anoche, cené alguna cosa y me puse a jugar un rato al solitario para que me entrara sueño y acostarme. Fue en ese momento cuando Nally me llamó, habían interceptado un cayuco a 500 metros de la cementera de Arguineguín. Me puse el uniforme y eché a correr. Ivonne me esperaba como y donde estaba previsto, y en cuestión de minutos estábamos en San Agustín. Allí, Nally me dijo que fuera con Gustavo en la ambulancia hacia el muelle.

Pues bien, cuando entrábamos en el muelle nos enteramos de que los subsaharianos venían en bastante mal estado. Uno estaba en parada cardiorespiratoria. Así lo vimos cuando llegamos. Gustavo saltó de la ambulancia, Estela le estaba haciendo el masaje cardiaco, Noemí preparaba la medicación, y en ese momento tuve un instante de lucidez. A los ojos de cualquiera aquellos chicos no eran más que técnicos haciendo su trabajo. Para los míos, eran mis amigos intentando salvar una vida con una entrega envidiable. Simplemente unas personas que habían decidido dedicar aquellos minutos de su vida a un hombre, quizá de nuestra misma edad, intentando escarbar en busca del último resquicio de vida que podía quedar en su cuerpo inerte. Realmente poco pueden durar las reflexiones mientras se atiende un cayuco. Si uno ve que tiene tiempo de pensar, simplemente busca qué hacer, porque siempre hay algo. Yo me retiré de aquella lucha por la vida, y me dediqué a atender al resto. No quiero valorar a los cayucos por sus niveles de crudeza, pero puedo asegurar que este fue uno de los más duros. El cayuco venía medio lleno de agua, todos los inmigrantes estaban empapados y presentaban claros síntomas de hipotermia. La Guardia Civil se entregó como nunca antes lo había visto. En un momento me vi rodeado de uniformes verdes, cortándole las ropas mojadas a los que estaban acostados en las camillas. Veamos, siempre que llega un cayuco, el primer momento se vive con incertidumbre y algo parecido a un cierto caos. Hay que hacer una evaluación fugaz del número y el estado de los inmigrantes y, entonces, se distribuyen por niveles de gravedad entre el hospitalito, los traslados, o el cambio de ropas y la entrega de alimentos y bebidas. Quizá sea ese primer momento aquel para el cual debemos estar preparados. Si tenemos una buena coordinadora, la situación estará pronto bajo control. Por suerte la tenemos y ello significa que, por suerte, sea como sea que llegue el cayuco, pronto cada uno de nosotros está haciendo algo útil. Aquí no hay vuelta de hoja, las cosas salen bien o salen mal, con Nally siempre me he quedado con la sensación de que todo ha salido bien. Y uno nota esto en ese momento en que ve la guagua o el vehículo de la Guardia Civil que los traslada a comisaría, saliendo del puerto. A uno le queda la tremenda satisfacción personal de saber que los ocupantes de ese vehículo llegaron a Gran Canaria exhaustos, débiles, mareados, heridos, empapados, y cruzan las puertas del puerto con ropas nuevas y secas, alimentos, bebidas, las heridas atendidas, en pocas palabras, tremendamente más cómodos y seguros, y, por supuestos, fuera de peligro.

Estoy intentando aprender francés a marchas forzadas. Me he apuntado en clases y procuro escuchar francés cada día. Anoche sentí que estos primeros pasos están teniendo sus frutos. María, la médica, me pidió en varias ocasiones que le tradujera, y fuera de todo pronóstico fui capaz en todas las ocasiones. Quizá el germen del aprendizaje esté en la curiosidad, como decía Leonardo, y solo sea esa la manera de preparar la mente para el conocimiento y el cuerpo para tener la voluntad y el coraje necesarios para afrontar nuevos retos intelectuales. Qué es el enriquecimiento personal sino esto, al fin y al cabo.

Terminamos el servicio sobre las 5.30 de la mañana. Yo me había comprometido a llevar a una amiga a buscar a un pariente al aeropuerto a las 6.30. Estaba muy cansado, así que hice tiempo, a las siete menos cinco estaba entrando en el aeropuerto, a las nueve estaba de vuelta en casa, acostado en la cama y cerrando los ojos. A las once, el vecino estimó que era buena hora para colgar un cuadro junto a mi cabeza y me despertó con su taladro. Estuve batallando con el sueño hasta las tres, hora en la que vi una llamada de Nally. La llamé, me dijo que estaban en la comisaría de policía haciendole curas a los chicos. Me vestí y fui para allá.

En una ocasión escuché una frase: “cuánto le cuesta al cuerpo humano morir y qué rápido se repone del sufrimiento”, la dijo en un documental una superviviente del campo de concentración de Auswitz. Los chicos de la noche anterior y aquellos no parecía ya los mismos. Sonreían, miraban alrededor, la curiosidad empezaba a despertar de nuevo en ellos, quizá diría que volvían a ser concientes de su capacidad de existir (ex-ire: ser hacia fuera, salir de sí mismos). Estuvimos haciéndoles curas hasta las 8 de la tarde y, al despedirnos, algunos nos pidieron que no nos fueramos, que nos quedáramos con ellos esta noche, que con nosotros se sentían protegidos. Mañana volveremos a estar allí a las 11 de la mañana para revisar la evolución de las curas que les hicimos hoy. Mañana será el último día que les veamos, luego la suerte decidirá por ellos.

Queridos amigos, un día cotidiano de nuestra vida es el sueño de quienes llegan a perder la vida en el océano asesino. No lo olviden, no merecemos olvidarlo.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa,

Narwhal Tabarca.

 

Un comentario el “Cayuco llegado a Arguineguín.

  1. Se consuma la peor tragedia de la marea de cayucos
    Los equipos de rescate de Salvamento Marítimo consideran que las posibilidades de encontrar con vida a los al menos cincuenta inmigrantes desaparecidos cerca de Canarias son ya nulas.
    ¿Hasta cuándo esta sangría? ¿Por qué ha de enfrentarse España sola a este problema? ¿Dónde están las organizaciones internacionales?
    En unos años veremos estas tragedias como fruto de una sociedad insensible y cruel

    Carlos Menéndez
    http://www.creditomagazine.es

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