Senegal VIII


Este hombre era un señor entrado en edad, quizá unos sesenta años. Todos sus trabajadores le trataban con el máximo respeto y procuraban acatar sus órdenes con diligencia de hormiga. Allí le hicimos la entrevista, de pie, entre armatostes que serían pronto cayucos, rodeados de niños, de trabajadores y de curiosos que se acercaban por primera vez a una cámara de video.

La sorpresa me vino cuando le pregunté si algún hijo suyo había ido a España en alguno de sus cayucos, y me dijo que no solo uno sino dos. Uno de ellos estaba actualmente en Madrid (según nos dijo, ahora sabemos que está en Trujillo), hacía un mes que había llegado a España. El otro había sido deportado de vuelta a Senegal y estaba en su casa en el mismo Elenkin. Antes de proponerle nosotros ir a conocerle, ya aquel hombre nos conducía por las calles a su casa.

Las casas senegalesas no son, en absoluto, como las europeas. Más parecen pequeños asentemientos tribales dentro de uno mayor, comunas donde todo se comparte que auténticas viviendas unifamiliares como a las que estamos acostumbrados. Los más jóvenes atienden a los mayores en un círculo de correspondencias con una fuerte carga moral y ética. Las mujeres se encargan del mantenimiento y las labores del hogar, los hombres traen el dinero (escaso), fruto de un trabajo mal pagado casi siempre. Y así, quizá por aquello de que la unión hace la fuerza, conviven hasta cinco y seis familias dentro de la misma casa, hijos, en su mayoría, del mismo padre, ya que la poligamia está aceptada y es respetada en la sociedad.

Si un senegalés quiere contraer matrimonio con una mujer, debe ofrecer la dote a la familia de esta, a la antigua usanza. Si es tenida por suficiente, la unión será posible con el beneplácito de ambas familias. Sin embargo, llegar a esto es tan complicado que muchos recurren al cayuco para poder obtener el dinero suficiente a la vuelta, que les haga ganarse el respeto de la familia de su amada. Este extremo es importante. La totalidad de los chicos entrevistados que quieren salir de Senegal en cayuco, lo quieren hacer (o lo han hecho ya) para volver con dinero. Sus sueños van más en la línea de formar una familia y tener hijos en Senegal, que en la de hacerse ricos o quedarse en España. De hecho, ninguno nos ha dicho que quiera vivir en España de por vida, para ellos es un sufrimiento necesario a soportar para obtener lo que ansía todo hombre, en su tierra: una mínima estabilidad familiar.

Pues bien, la casa de este constructor de cayucos no era una excepción. Consistía en una pequeña plaza de arena circundada por habitaciones y, como siempre, animada por el bullicio de los niños. Entre la arena, descubría con mis pasos, en ocasiones, latas llenas de errumbre y amenazadores filos, e, incluso, cuchillas como las que usamos nosotros para cortar los callos de los pies.

Sobre esta misma arena jugaban los niños descalzos, revolcándose, ajenos a cualquier peligro. Los padres no se inmutaban. En esta casa conocimos a la familia al completo. Este señor, llamado Pap Omar Jen, era monógamo. Su mujer había muerto y, como también es costumbre, la hermana de la difunta era quien hacía las veces de madre. Había también una señora mayor, que solo se limitaba a observarnos, mientras una de las niñas le tiraba de los pelos con un cepillo, procurando peinarla un poco. Mientras, nosotros le hacíamos la entrevista al chico que había sido deportado: Mamadí Jen. Un chico sumamente callado, de mirada profunda y dificil sonrisa. He visto esto otras veces. Aquellos que han sufrido el infierno del cayuco tienen esta expresión en común. El silencio de la individualidad, la mirada frustrada entre el futuro y el recuerdo de un viaje siempre fatídico

Durante la entrevista, me resultó dificil arrancarle una respuesta larga y entragada. Procuraba responder en monosílabos. Cuando le pregunté si volvería a intentarlo, miró a su alrededor y luego, con cierta complicidad me respondió que por supuesto. Después de la entrevista seguimos hablando con la familia sobre el hijo que estaba en Madrid, y decidimos grabar un mensaje de cada miembro de la familia para mostrárselo cuando llegáramos. Cada uno dejó un mensaje extenso y sentimentalmente duro. Incluso Mamadí, al que tanto nos había costado hacer que se abriera ante la cámara.

Al despedirnos, nos hicimos varias fotos con toda la familia y la tía nos obsequió con una bolsa de mangos generosos. Salimos en el micro-bus rumbo a Ziguinchor, con intención de alcanzar esa misma tarde el pueblo de Bignona. Atrás dejábamos Elenkin, un pueblo que jamás olvidaré.

(Para ver las fotos de este post, haz click en “ver todas las fotos”, merece la pena )

 

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