Cuestiones vitales o simplemente Santi.


Estimados compañeros,

Hoy he estado en mi primera clase de filología hispánica. Es decir, hoy ha sido un gran día. Desde que tuve la edad para recibir el “¿qué quieres ser de mayor?”, como quien está preparado para recibir la comunión o la confirmación, o el primer plantón amoroso, o la primera eyaculación, yo respondí sin dudarlo: “escritor”. Tenía ocho años. Ya había escrito un cuento sobre los reyes magos de 8 páginas, con ilustraciones a todo color hechas por el autor. Los colores, como es de esperar, se daban la mano donde les parecía, y las figuras quedaban delimitadas por un trazo grueso para que se diferenciaran del desastre cromático. También había escrito para aquel entonces un poema a mi madre. La comparaba con una higuera y cada uno de mis hermanos era pues un higo. Luego con el tiempo supe que la única que tenía higo era mi hermana, y que nosotros, mi hermano y yo, debíamos ser algo así como el fruto de una platanera. Tal es la inocencia de un niño. Aprendí a leer a los seis años, como casi todos supongo. A los siete ya sabía defenderme con alguna frase que dejaba boquiabierto a cualquier adulto: mi mama me mima, mi tio toma tomate etc. Fue cuando terminé de aprenderme todas las letras del abecedario cuando me vi con alas suficientes para escribir cualquier cosa que se me antojara, excepto extrañas palabras como corn flakes, que, curiosamente se leían corn fleiks y otros misterios del mismo estilo. Sí, me preguntaron y dije “escritor”, y algo se me acomodó en las entrañas, entre el intestino y el páncreas quizá. Me sentí seguro de mi desición, y me sorprendió no haber dominado ni la mente ni la lengua para pronunciar esa palabra. Tal automaticidad nada más escuchar la pregunta me hizo pensar que quizá aquello que se me había acomodado entre las tripas llevaba tiempo esperando dicha pregunta para eruptar la respuesta. Dije escritor y sin embargo no recuerdo cuando aprendí a sumar, ni a restar. No recuerdo mi primera clase de sociales, ni de naturales. No recuerdo nada más que imágenes sueltas de cuando estaba en clase de lengua y literatura. La primera novela que leí fue: Roby, Toby y el Aeroguatutú. Es fácil recordar cómo me impresionaba su grosor. Un libro de ese tamaño debía ser para los grandes. Recuerdo muy bien la sensación que tuve al acabarlo. Pensé que era el primer libro que me leía y, curisamente, desde entonces lo guardé y aún lo conservo. A los dieciocho lo releí y me sigue pareciéndo un libro excepcional para los niños. Pero como luego fue siendo cotidiano, aquello que tanto me entusiasmaba parecía no tener tanta importancia en la vida, ya saben a lo que me estoy refiriendo. Un niño tenía que saber jugar y memorizar los temas, por supuesto. Afortunadamente, pienso hoy, nunca fuí nada en los deportes. Nada de nada. Recuerdo que una vez jugué al futbol y marqué 5 goles. Uno de ellos en la puerta contraria. No bromeo. Desde entonces, cuando hacían capitán de uno y capitán de dos yo me levantaba antes de la última elección por una cuestión de dignidad. Cuando llegué a octavo de EGB sentí un crecimiento inexorable. Ya podíamos escribir con bolígrafo y, además, en folios completamente en blanco. Siempre recordaré a un buen profesor, el de literatura, don Jose Carlos Betancor. Que buen hombre, padecía una colitis ulcerosa agresiva de la que consiguió curarse con unas algas chinas que sabían a demonios. A él le debo la seriedad con la que afronto el fenómeno literario y la ilusión por la creación. Fue el alocutado de mis primeros relatos, algunos de los cuales rescaté con la memoria hace un año escaso, porque se apropió de los originales, y los he reescrito para introducirlos en el libro de cuentos en el que trabajo actualmente. Jose Carlos Betancor, un profesor que nos leyó un día un relato de un estudiante de 1º de B.U.P cuyo nombre era Mario. Recuerdo bien este detalle, porque mientras nos leía sus cuentos, yo solo pensaba en que quería que eso me pasara a mí algún día. Que leyeran mis cuentos a los más pequeños, como ejemplo. Supe entonces lo que era la admiración. No la había sentido ni por el doctor Flemming, ni por Thomas Edison, ni por Bell, y, sin embargo, ese sentimiento de querer ser otra persona, de andar su camino y aproximarme a sus metas traspasadas me fué descubierta por un alumno apenas unos meses mayor que yo, que se llamaba Mario. Habiéndola descubierto, octavo se convirtió entonces en el año del descubrimiento de un buen maestro: J.R.R. Tolkien.. En aquel entonces, en los recreos no permitían que nos quedáramos en el aula. Realmente, para la mente de un profesor, y para la de un niño incluso, no se comprendía bien que alguien quisiera permanecer en el aula durante los escasos momentos de libertad diaria. Yo me escondía para no salir. Fuera no hacía más que sol, y los cromos me aburrían, así como el futbol y los paseos por los rincones archiconocidos del recinto. Sin embargo, el Señor de los Anillos estaba esperando solícito mi acudida, a cualquier hora, para llevarme a mundos inimaginables de aventura y ensueño. Fue bonita mi reclusión y en ella entendí pronto que la mejor manera de admirarse a uno mismo era la de hacer lo que uno creyera conveniente, a pesar de las opiniones del resto. Yo me sentía bien leyendo. Y no pasó mucho tiempo para que en el aula fueramos unos siete, sentados a ras de suelo, escondidos bajo las mesas y con los libros en la mano, esperando que cerraran el pabellón para disfrutar de nuestro merecido silencio compartido, de lecturas y aventuras.

Pero no fué hasta el año siguiente cuando comencé mi primera gran empresa como escritor novel. Quince años, primero de BUP. Comencé el curso en Noklion Rd., Dublín. Asistiendo a clases en un colegio público prefabricado que tenía nombre gaélico: Colaiste Eanna. La soledad era ahora más prolongada. La familia que me habían asignado y yo no congeniamos nunca, y me recluí en mis palabras. Allí nació “Krumen, euforia de reconciliación”, mi primera novela. Estuve trabajando en ella cinco largos meses. Descubriendo el arte de crear. Un amigo sacerdote y periodista me echaba una mano con el estilo, bendita paciencia la suya. De aquella novela llegué a tener redactados unos ciento sesenta y siete folios. Y aún me quedaba argumento para otros tantos. Me encantaba darme cuenta de que eran los mismos personajes los que me iban solicitando que la historia fuera por unos u otros lugares. Carreras, persecuciones, batallas. La influencia de Tolkien era evidente. Algún día les contaré lo que sucedió cuando me escapé de un internado en inglaterra para ir a ver su casa de Oxford.

Cierto día, ya de vuelta en Gran Canaria, me compré un ordenador portatil. Todo un ladrillo del doce. Introduje mi novela para estrenar la máquina (un disco de tres y medio, para los que se acuerden), y leí en la pantalla que el disco estaba vacío. Repetí la operación con las tres copias de seguridad restantes, y leí lo mismo. Hoy me queda la duda de si los discos fueron borrados por la máquina, o si Krumen y sus amigos decidieron emprender el camino hacia el mundo del olvido. A Krumen le debo la perseverancia, y la demostración de que es posible seguir escribiendo. Le debo también la lucha por el estilo, la elegancia y las formas, y además, una preciosa parte de mi adolescencia. Lo cierto de todo ello fue que, después de la decepción me aparté durante una buena temporada de la prosa y me aferré a la poesía, quizá fuera eso lo que necesitaba para seguir el camino literario.

Segundo y tercero de BUP estuvieron marcados por un espléndido profesor, Elias Artiles, el cual me transmitió su pasión por el conocimiento general. Curiositá, en palabras de Leonardo. Un profesor excepcional que luego a pasado a ser un buen amigo. Sabía de todo. Se afeitba con navaja, fumaba en pipa, era numismático, filatélico, llevaba gafas, usaba reloj de leontina, era un maestro de la papiroflexia. No hace mucho lo tuve que definir como un personaje artefáctico. Sé latín gracias a él. En sus clases éramos dos: enrique (mi compañero de doctorado) y yo.

Pero no fue hasta COU que pude conocer a Blas de Otero, a Machado, a Ruben Darío, a Wenceslao Fernandez Florez, a Pere Gimferrer, a los Panero, Unamuno, Ramón J. Sender,  Tomás Morales, en fin, a tantos como para darme cuenta que había perdido ya más de la mitad de mi vida por no haberlos conocido antes. Toda una lástima, y sin embargo, mi capacidad de admiración me sorprendió de tal manera que desde entonces nada me interesaba más que leerlos a todos.

La desición al acabar COU sobre lo que quería hacer con mi vida la tenía saldada desde los ochos años ¿recuerdan?, Quiero ser escritor. Pero cuando en mi casa comprobaron que ya no era una idea de niños, al parecer no hizo tanta gracia. Fui convencido, aún no sé bien cómo aunque posiblemente la frase: “tu estudias derecho y después estudias lo que te apetezca” tuvo algo que ver para que estudiara derecho en Madrid. ¿Otero, recuerdas algo parecido? ¿y tú Lorca? ¿y tú Brines? ¿y tú? ¿y tú? ¿y tú?. Al cabo de seis años estaba licenciado en derecho, preguntándome qué sentido tenía la vida y al borde de la depresión, supongo. Me libró de ella Rafael Alberti con la magnífica idea que tuvo de crear su fundación. De los ocho años que pasé en madrid, los dos últimos fui becado para asistir a los ciclos de Poesía Última en el Puerto de Santa María, desde entonces no he faltado ningún año. Así pude conocer a mis buenos amigos que hoy me vienen a visitar y a los que quiero con locura. Mis poetas queridos, mis compañeros poetas: Carlos Ávila, Sebastián Fiorilli, Juan Diego Ayala, Julio A. Espino, Gonzalo Escarpa, Espido Frerire, Miguel Losada, Enrique Albor (un poeta sin versos), Montse Cano, Marina Oroza, y tantos tantos tantos, que no sigo enumerando por miedo a olvidarme de alguno. En ese tiempo también fui socio fundador de la Academia de los Melancólicos del Ateneo de Madrid, con Miguel Losada y otros más y disfruté como un niño organizando eventos culturales en el Gran Hotel Canarias, ¿quien no recuerda la triple presentación de Oscar Aguado, Paco Sevilla y Octavio Ramos?, maravillosa. También publiqué mi primer libro: Mujer de Agua, con Ediciones Vitruvio, gracias Pablo.  Y me vine de vuelta a Canarias.

Algunas ideas voy sacando de la vida, compañeros, pero quizá las puedo reducir en dos: Vivimos la vida que queremos vivir y prohibido no ser feliz. La segunda tiene algo que ver con las frustraciones, la primera, además, con la determinación y las metas personales. No quiero morirme con una sola frustración, es la única manera de seguir sintiendome vivo y feliz. He acabado Derecho, y después de jurar en el Tribunal Supremo en Madrid, puedo decir que soy Abogado, de la misma forma que también puedo decir que no lo soy. Están en mi mano ambas aseveraciones y ninguna de ellas me lleva a ninguna parte . Sin embargo, desde que respondí con ocho años aquella frase, cada día me levanto de la cama y me pregunto: ¿soy escritor? y no consigo responderme. Le pregunté a Marcial Franco, a Leopoldo María Panero, a tantos otros… ¿qué tengo que hacer para ser escritor? y la respuesta ha sido siempre la misma: escribe. ¿Sobre qué? pregunté una vez, sobre tí, me respondieron, no tengo nada que decir, añadí…. Pues ¡coño,  escribe de eso!, fue entonces la respuesta.

Me he matriculado en Filología. Hoy 21 de octubre de 2006 he dado un paso adelante en la conducción de mi propia vida. Sigo luchando por lo de siempre y me doy cuenta que estoy volviendo a la senda que llegué a abandonar por una desición familiar. Ahora me toca a mí, así que sigo aprendiendo. Gracias compañeros, muchas gracias por leerme. No pienso parar. Y tal vez un día llegue un chico a preguntarme qué puede hacer para ser escritor. Y yo pensaré que no soy quien para responder, y le diré simplemente: escribir, sobre tí, aunque nada tengas que contar (me ahorro el coño).

Un fuerte abrazo amigos míos.

3 comentarios el “Cuestiones vitales o simplemente Santi.

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