Senegal (resumen completo, -18 folios-)


Hace ya unos días que no escribo en estas páginas. Y es que es complicado hacerlo a la luz de una vela, sin mesa siquiera.

 

Desde que hemos llegado a la región de Casamancé, todo ha cambiado bastante. Había escrito que no sabía que era lo que nos esperaba en el aeropuerto, y ahora lo sé: un hombre agradabilísimo, amante del amor, de la paz y del respeto: un rasta, DJ Brother Cons.

 

Desde el aeropuerto, primero fuimos a Kafuntine, un pequeño pueblo costero cercano a Gambia, que descansa en la desembocadura de un río precioso. Allí, nos quedamos esa noche en casa de Aziz, junto al río.

 

Aziz es un hombre callado. Un chico más que un hombre, o un hombre más que un chico; aún no lo tengo claro. Pero es callado, observador y tremendamente prudente. Nos acogió en su casa cuando aún no habíamos templado nuestros cuerpos a tanta novedad.

 

La región de Casamancé (casa du Mansé o la casa del rey, en criollo) es eminentemente selvática. Grandes extensiones verdes plagadas de palmeras, monos, baobas y otros animales y plantas que no conozco, acompañan las carreteras alfaltadas (las menos) y los caminos de tierra, que son la mayoría.

 

En Kafuntine dormimos la primera noche. Y efectvamente, era la primera noche que dormía bien desde que llegué, y lo hice en un cuarto sin luz eléctrica y con dos personas de aquí (Cons y Aziz).

 

Fue una sensación peculiar. Acostumbrado como estoy, a atender a esta gente cuando a lomos de un cayuco se convierte en estadísitica de la inmigración ilegal, esa noche me sentí uno de ellos y recapacité acerca de sus vidas y sus costumbres antes de quedarme dormido.

 

A la mañana siguiente partimos hacia Bignona. No sin antes haber aprovechado la ocasión para gozar de este lado del Atlántico y grabar algunas entrevistas a chicos que quieren partir en cayuco.

 

A estos los conocimos en una obra. Y allí les entrevistamos, en una casa a medio construir, que no habitará ninguno de ellos, trabajando por un precio que no les dará la posibilidad nunca de comprarse cualquier otra.

 

Cada obrero cobra 1000 francos Ceifa al día, es decir, 1,5€. Como referencia diré que un pan cuesta aquí 100 francos Ceifa.

 

Como dije antes, después de todo ello partimos a Bignona.

 

Justo antes de venir a Senegal, recopilamos opiniones de muchos que ya habían estado aquí. Entre ellas – la mayoría muy catastrofistas- recuerdo una que aseguraba a capa y espada que la guerrilla de Casamancé había terminado. Mientras escribo, a escasos cincuenta metros a mi izquierda hay un puesto militar de resistencia contra los rebeldes, a mi derecha, a unos cien metros hay otro.

 

Para llegar aquí, hemos sorteado barricadas en las carreteras, preparadas por los controles militares para sofocar la guerrilla. Y muchos recuerdan aquí como un hecho muy reciente, cuanndo los rebeldes entraron en Bignona.

 

La guerra aquí no ha terminado. Sigue en la selva, en la carretera cuando el sol ha caído y aún hay campos de refugiados en Guinea Bissau, llenos de Senegaleses que han huído de ella dejando atrás todas sus pertenencias.

 

Llegados a Bignona, Cons me pidió que le acompañara a la radio donde trabaja para hacerme una entrevista de concienciación sobre los cayucos que llegan a España. Fue un momento muy emotivo. Después de mis palabras a aquel micrófono con alcance indescifrable, comenzó a llamar la gente por teléfono agradeciendo mis palabras y pidiendo repuestas a preguntas desgarradoras.

 

Cuando salimos era la noche cerrada. Las calles, iluminadas por la tenue luz de escasas farolas, quedaron en absoluta penumbra de repente. La luz se había ido, la radio había dejado de emitir y el pueblo entero secundó la noche dentro de sus casas. Esa misma noche escribí unas palabras en este cuaderno. Estuve escribiendo hasta caer rendido.

 

Cuando amaneció, escuché cómo los gallos despertaban al pueblo. Eran las 7 de la mañana. Lejos de paracerse a nada de lo que había conocido en el pasado, aquella casa donde nos hospedábamos estaba ocupada por, al menos, cinco familias de Bignona (unas treinta personas en total). Desde tan temprano, cuando salí al pequeño jardín de arena, los niños ya jugaban junto al pozo.

 

Los niños senegaleses son una extensión de la ternura de una madre. Se me han acercado cientos de niños en estos días gritanto: “Touba, Touba” (hombre blanco). Tan pequeños se me paran delante y me extienden sus manitas con la única intención de que los salude como a adultos. Al hacerlo, algunas niñas incluso hacen una reverencia, la misma que le hacen las mujeres aquí a los reyes en las recepciones oficiales. Se acercan sin esperar nada a cambio, pero siempre recibían mi sonrisa y algún caramelo. Entonces, me gritaban “Tangal Tangal” para que les diera otro. Cuando se corre la voz, la marabunta de pequeños puede ser impresionante: un revuelo de cabezas, manos extendidas, empujones, risas, algún pequeño enfado entre ellos, todos queriendo coger uno, dos o cuantos puedan. Luego se los echan a la boca todos juntos y se los enseñan entre ellos sacando la lengua.

 

Pues bien, aquella mañana a las 7, los niños ya estaban jugando, así que me senté con ellos, les dí caramelos y les dejé pintar en mi cuaderno. Cuando ví que esto último los entretenía bastante, me fuí a una tienda y les compré una libreta y un boli a cada uno. En el momento de partir, tres horas después, aún seguían pintando.

 

Salimos de Bignona por la mañana, después de haberme duchado al estilo africano (como dice Cons), es decir, con un cacharro de agua y una lata, y de un desayuno africano con té, leche en polvo y pan. Salimos de la estación de coches de Bignona rumbo a Cap-Skirrin.

 

Este Pueblo costero es el núcleo más importante de turismo en la región de Casamancé. Las calles son de tierra y sus paisajes dirieren poco del resto de pueblos costeros que hemos visitado. Sin embargo, se ve una mayor presencia de toubas y los precios son sensiblemente más altos que en el interior. Allí estuvimos dos noches, alojándonos en un hotel cerrado, junto a una playa hermosa, inmensa y llena de vacas que reposaban en la arena, meditando diría; disfrutando sin duda de una paz envidiable. No las molestaba siquiera la presencia de los pescadores cuando llegaban en numerosos cayucos sobre las cuatro de la tarde, de sus faenas.

 

Llegaban estos pescadores a la playa de Cap-Skirrin, cargados de pescados de todos los tipos y formas. Entre ellos, algunos que no había visto en mi vida, como el que tuvimos ocasión de comer en una choza, a la luz tenue de las velas consumidas por la noche, y el acompañamiento de los yembé y los cantos de los hijos de Casamancé. Este pez, de extraña y repugnante cabeza cartilaginosa, ojos grandes y cuerpo común, se llama capitán.

 

Recuerdo ahora que mientras cenábamos en este lugar, sobre la arena, estaba saliendo un cayuco a España. Esto sucedía a escasos 100 metros de nosotros y no lo supimos hasta el día siguiente.

 

Salimos de Cap-Skirrin dos días después de haber llegado. Alquilamos un microbús para llegar a la región ribereña de Elenkin, principal punto de partida de los cayucos de la zona sur de Senegal (y hoy en día, casi la única debido al control del Frontex). Cuando íbamos de ruta, apenas diez minutos después de haber abandonado Cap-Skirrin, Cons nos comentó que el chofer conocía a varios chicos en el pueblo que de partida, que habían salido en cayuco y sido devueltos a Senegal por el gobierno español. Así que decidimos dar la vuelta y hacerles unas entrevistas.

 

Llegados a este punto diré algo que más adelante cobrará importancia. Antes de salir de Cap-Skirrin el precio que habíamos acordado con el chofer del microbús había sido de 17.000 francos CFA por llevarnos a Elenkin y luego a Ziguinchor. La cosa fué que dimos la vuelta, llegamos nuevamente al lugar de partida y allí no fue dificil localizar a los chicos y entrevistarlos. Aquellas entrevistas me gustaron bastante: tres chicos deportados y un guía que hablaba muy bien español, y sin pelos en la lengua. Realmente sentí que el documental estaba progresando a buen ritmo.

 

Terminadas las entrevistas comimos algo y salimos hacia Elenkin, el chofer nos había esperado mientras tanto. Aún no les he comentado nada de la comida en Senegal, y este puede ser un buen momento para hacerlo. Es cierto que en Senegal, no solo hay miseria, sino que, además, se pasa hambre. He estado en otros países azotados por la pobreza, de los que viene a la cabeza, como ejemplo, ahora mismo uno: Perú. Allí, la miseria es practicamente igual que en Senegal. En otra parte dije una vez que la miseria es igual en todo el mundo, y esto corrobora mi opinión. Si tomáramos una foto de las calles de Dakar o de Ziguinchor, y puedieramos quitar a todas las personas, habrán quienes digan que esa foto fue tomada en Perú, casi al otro lado del mundo. Pues bien, la diferencia que encuentro entre Perú y Senegal (o quizá solo una de ellas, no quiero decir disparates), es que en Perú hay miseria, pero la gente está mayoritariamente muy bien alimentada. Uno entra en una casa, por ejemplo, en Talara (al norte del país) y le ofrecen una cantidad de comida que es imposible terminar. Sin embargo, en Senegal las cosas son bien distintas. Quien desayuna no almuerza ni cena, quien almuerza es porque no desayunó, y dormirá con la tripa vacía, quien cena, ha estado todo el día deseando que llegue ese momento para saciar el hambre. Comer dos veces al día es un lujo solo reservado para unos pocos. Y ahora, me permito una reflexión: nosotros estábamos en Cap-skirrin, haciendo las entrevistas en una casa que nos había permitido hacerlas, como favor. No nos conocíamos de nada. Cuando terminamos las entrevistas, vemos cómo la familia de la casa se sienta a la mesa. Entre ellos, un enorme plato de latón lleno de arroz y cubierto de pescado y salsa. En derredor, reposando en su borde, cucharas soperas, y más allá, sentados en las sillas, un hombre, una mujer y dos niños (una familia, en este caso, extrañamente pequeña). Pues bien, antes de empezar a comer, la familia nos dijo que nos sentáramos con ellos a compartir la única comida que tenían para ese día. Nosotros declinamos el ofrecimiento, pero fue en vano. Cuando terminamos de comer: Cesar, Laura y yo, quisimos pagar, y tampoco fue posible. Nos despedimos impresionados por la generosidad y la calidez de esa gente, y, en el estómago con, quizá, el mejor arroz con pescado que comeré en años.

 

Y es que, así es Senegal. Las necesidades hacen que nadie sea más que nadie. Se vive un comunismo práctico que se lleva y se practica con devoción. Quien tienen hoy ayuda a quien tendrá mañana, en un círculo de cuidados y hermanamientos que ya no se ve, por desgracia, en el sistema occidental. Entendiendo esto de base, será posible acercanos un poco al fenómeno de los cayucos. Los inmigrantes no abandonan su pais pensando en ellos mismos, ni mucho menos. Lo hacen para ayudar siempre a los que dejan atrás: unos padres ancianos, unos hermanos mutilados, o una sociedad vencida por el hambre. Solo de esta forma se puede entender cómo se encomiendan a sus dioses y dejan en ellos la decisión de sus vidas cuando entran en la balsa. Eso sí, absolutamente todos aquellos con los que hablamos, sueñan volver a Senegal pronto.

 

El camino hacia Elenkin fue tremendo. Vadeamos al menos cuatro ríos, la carretera era de tierra suelta con unos baches que bien podrían ser bocas de pozos. El coche (una furgoneta vieja y desvencijada) levantaba una nube de polvo irrespirable, que acababa en mi barba acartonándola como un trapo de esparto. Pasamos por un pueblo llamado Oussouye. En ese momento desconocíamos que por completo que sería un pueblo para recordar a partir de aquella misma tarde, pero todo a su debido momento. Pasamos por Oussouye y después de un buen rato estábamos entrando en el pequeño pueblo ribereño de Elenkin.

 

Durante este viaje no he visto un pueblo en que la miseria y la suciedad se manifiesten de manera más obvia que en Elenkin. He pasado por pequeñas agrupaciones de casas, tres o cuatro edificios bajos de terracota, adobe y paja en sus tejados, con callejuelas de arena, como todas, y en que sus habitantes más pequeños lloran en ocasiones cuando me han visto. Pero no daban la apariencia de sufrir una miseria como la que vi y, sobretodo, olí en Elenkin.

 

El principal negocio en Senegal es la pesca. He visto, también, en muchas playas, los cayucos llenos de pescados llegar en la tarde temprana, como dije cuando hablé de Cap-Skirrin. En ese momento, las mujeres aguardan en la playa a que los hombres suban los cayucos hasta la arena seca. Comprenderemos que no es tarea facil si sabemos que estas canoas pueden llegar a medir hasta treinta metros, lo que supone que su peso sea elevadísimo y más aún cuando vienen cargadas de pescado, garrafas de gasolina y generosos motores. Pues bien, para conseguir vencer los cerca de 100 metros que separan el agua de la arena seca usan cualquier tipo de útil cilíndrico que aguante el peso, sea un trozo de tronco de palmera o una bombona de gas, por ejemplo. Apostan varias alineadas en batería frente a la proa del cayuco, y luego lo van subiendo a este lecho de cilindros que facilita tremendamente la labor.

 

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Sin embargo, Elenkin tiene una playa minúscula, si la comparo con el resto de las que he visto. Al ser un puelbo ribereño, no hay marea, ni grandes olas, y los cayucos reposan prácticamente en la misma orilla. La playa es minúscula, como digo, pero la actividad en ella parece mucho mayor que la que puede haber en la mayor de las playas de Senegal. Allí conviven en perfecta armonía y dudosa salubridad: pescadores, pescados, niños, cayucos, tremendas cantidades de basura desperdigadas por la arena, cerdos que comen la carroña que la arena oculta, cabras y vacas, que defecan en la misma arena.

 

Cuando el pescado es traído, lo van lanzando sobre esta arena, en donde alguien, siguiendo una desconocida regla, lo separa y categoriza. Si uno se fija bien, ve que predomina un cierto orden: en un montón agrupan a los cazones, a los que les cortan las aletas para enviarlas a China; en otro, las mantas, los chuchos, los ratones, las tembladeras y las rayas; en otro, los caracoles, tan grandes como pelotas de futbol sala, y en otro, por último, el pescado pequeño, como el Capitán.

 

El marisco lo dejan dentro del cayuco, de donde lo recogen vivo y cuidadosamente, después de la separación.

 

Digo que la predominancia determina este orden, sin embargo, he visto rayas con los escualos, caracoles con los peces pequeños, y tremendas cantidades de peces sueltos, desperdigados a lo largo y ancho de las playas, desechados por cuestiones que no alcancé a descubrir.

 

Todo esto sucedía en Elenkin cuando llegamos. A primera vista se me hizo dificil entender cómo era posible que ese lugar fuera el principal punto de partida de la inmigración ilegal, porque, habiendo como hay, playas que dan directamente al oceano, cuya partida puede ser más fácil y el trayecto más corto, aquel pequeño pueblo era famoso por las salidas de clandestinos. Es decir, prefieren salir desde un río lleno de recovecos e islas , donde la lógica determina que los controles pueden ser más efectivos. Pero no es así, y luego lo entendí. Dentro del río hay islas en las que se ocultan cientos de futuros inmigrantes esperando el día de la partida. Si el cayuco no está completo, aguardan hasta diez y doce días. El mafioso que les vende el pasaje se compromete a alimentarlos una vez al día durante este periodo, al que todos llaman: preparación.

 

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Pero no solo es por esto que Elenkin es uno de los sitios más importantes de la partida, sino, y principalmente, porque ahí está la fábrica más conocida de cayucos de la región de Casamancé. Y cuando digo fábrica no pretendo que salte a la memoria esos grandes astilleros a los que el sistema occidental nos tiene acostumbrados. Todo lo contrario. La fábrica de cayucos tiene una extensión de unos cien metros cuadrados, como máximo. Consta de una una explanada con varios cayucos a medio terminar, en el corazón del pueblo, junto al río y con una playa de apenas diez metros de largo.

 

Estaban construyendo, cuando llegamos, un cayuco enorme, de unos treinta metros, que fotografié con un niño asomando desde sus tripas. Cons nos repitió en varias ocasiones que ese cayuco había sido encargado por la mafia para transportar inmigrantes. También fue Cons quien hizo posible que el dueño de la fábrica nos otorgara una entrevista.

 

Este hombre era un señor entrado en edad, quizá unos sesenta años. Todos sus trabajadores le trataban con el máximo respeto y procuraban acatar sus órdenes con diligencia de hormiga. Allí le hicimos la entrevista, de pie, entre armatostes que serían pronto cayucos, rodeados de niños, de trabajadores y de curiosos que se acercaban por primera vez a una cámara de video.

 

La sorpresa me vino cuando le pregunté si algún hijo suyo había ido a España en alguno de sus cayucos, y me dijo que no solo uno sino dos. Uno de ellos estaba actualmente en Madrid (según nos dijo, ahora sabemos que está en Trujillo), hacía un mes que había llegado a España. El otro había sido deportado de vuelta a Senegal y estaba en su casa en el mismo Elenkin. Antes de proponerle nosotros ir a conocerle, ya aquel hombre nos conducía por las calles a su casa.

 

Las casas senegalesas no son, en absoluto, como las europeas. Más parecen pequeños asentemientos tribales dentro de uno mayor, comunas donde todo se comparte que auténticas viviendas unifamiliares como a las que estamos acostumbrados. Los más jóvenes atienden a los mayores en un círculo de correspondencias con una fuerte carga moral y ética. Las mujeres se encargan del mantenimiento y las labores del hogar, los hombres traen el dinero (escaso), fruto de un trabajo mal pagado casi siempre. Y así, quizá por aquello de que la unión hace la fuerza, conviven hasta cinco y seis familias dentro de la misma casa, hijos, en su mayoría, del mismo padre, ya que la poligamia está aceptada y es respetada en la sociedad.

 

Si un senegalés quiere contraer matrimonio con una mujer, debe ofrecer la dote a la familia de esta, a la antigua usanza. Si es tenida por suficiente, la unión será posible con el beneplácito de ambas familias. Sin embargo, llegar a esto es tan complicado que muchos recurren al cayuco para poder obtener el dinero suficiente a la vuelta, que les haga ganarse el respeto de la familia de su amada. Este extremo es importante. La totalidad de los chicos entrevistados que quieren salir de Senegal en cayuco, lo quieren hacer (o lo han hecho ya) para volver con dinero. Sus sueños van más en la línea de formar una familia y tener hijos en Senegal, que en la de hacerse ricos o quedarse en España. De hecho, ninguno nos ha dicho que quiera vivir en España de por vida, para ellos es un sufrimiento necesario a soportar para obtener lo que ansía todo hombre, en su tierra: una mínima estabilidad familiar.

 

Pues bien, la casa de este constructor de cayucos no era una excepción. Consistía en una pequeña plaza de arena circundada por habitaciones y, como siempre, animada por el bullicio de los niños. Entre la arena, descubría con mis pasos, en ocasiones, latas llenas de errumbre y amenazadores filos, e, incluso, cuchillas como las que usamos nosotros para cortar los callos de los pies.

 

Sobre esta misma arena jugaban los niños descalzos, revolcándose, ajenos a cualquier peligro. Los padres no se inmutaban. En esta casa conocimos a la familia al completo. Este señor, llamado Pap Omar Jen, era monógamo. Su mujer había muerto y, como también es costumbre, la hermana de la difunta era quien hacía las veces de madre. Había también una señora mayor, que solo se limitaba a observarnos, mientras una de las niñas le tiraba de los pelos con un cepillo, procurando peinarla un poco. Mientras, nosotros le hacíamos la entrevista al chico que había sido deportado: Mamadí Jen. Un chico sumamente callado, de mirada profunda y dificil sonrisa. He visto esto otras veces. Aquellos que han sufrido el infierno del cayuco tienen esta expresión en común. El silencio de la individualidad, la mirada frustrada entre el futuro y el recuerdo de un viaje siempre fatídico

 

Durante la entrevista, me resultó dificil arrancarle una respuesta larga y entragada. Procuraba responder en monosílabos. Cuando le pregunté si volvería a intentarlo, miró a su alrededor y luego, con cierta complicidad me respondió que por supuesto. Después de la entrevista seguimos hablando con la familia sobre el hijo que estaba en Madrid, y decidimos grabar un mensaje de cada miembro de la familia para mostrárselo cuando llegáramos. Cada uno dejó un mensaje extenso y sentimentalmente duro. Incluso Mamadí, al que tanto nos había costado hacer que se abriera ante la cámara.

 

Al despedirnos, nos hicimos varias fotos con toda la familia y la tía nos obsequió con una bolsa de mangos generosos. Salimos en el micro-bus rumbo a Ziguinchor, con intención de alcanzar esa misma tarde el pueblo de Bignona. Atrás dejábamos Elenkin, un pueblo que jamás olvidaré.

 

De nuevo entramos en la selva, de nuevo vadeamos tres o cuatro ríos, de nuevo Casamance se alojaba en mi barba con la nube de polvo qe nos acompañaba.

 

Llegados a Oussoye, el chofer paró en una gasolinera para repostar. Me hace gracia lo que se puede pensar cuando hablo de una gasolinera en este cuaderno. Aquello no era más que una habitación llena de tierra y negras las paredes y el suelo por la grasa y el combustible. Ante ella, innumerables garrafas que se su día fueron amarillas o blancas, y hoy tenían un color indefinido. Allí paramos y, mientras repostábamos, vimos cómo Cons y el chofer comenzaron a discutir. Primero suavemente, más aireados luego, a grito límpio por último. Tan acalorada fue la discusión que, en ocasiones llegué a temer que llegaran a las manos. Al cabo de un rato se había congregado en torno a nosotros una marabunta de personas que opinaba, gritaba y tomaba partido en las discusión. Cons no respondía a nuestras preguntas, estaba muy enfadado, y nosotros, ajenos a todo, empezamos a preocuparnos por la situación, de la cua habíamos perdido todo el control.

 

Al cabo de un rato, y en un pequeño momento de tregua, Cons nos explicó que el chofer quería ahora cobrar tres veces más de lo acordado. Recordemos que antes había hecho hincapié en que habíamos negociado la cantidad de 17.000 francos CFA. Pues bien, por haber dado la vuelta y haber esperado por nosotros mientras hacíamos las entrevistas, pedía ahora 68.000 francos CFA. Cons se había negado en rotundo, adelantándose a nuestra lógica reacción y, por eso, aún seguíamos discutiendo una hora y media más tarde, cuando era de noche cerrada. Durante la discusión habían aparecido dos chicos canarios de Tenerife que nos ofrecieron su ayuda y sus consejos. Además de a su guía. Aquel revuelo no me hizo posible tratar con ellos tal y como me habría gustado. Tuve, sin embargo, ocasión de saber que eran trabajadores sociales, que se dedicaban a cuidar a menores inmigrantes llegados en cayuco a Tenerife. Estaban en Senegal recopilando mensajes de las familias de estos niños para llevárselos luego a ellos.

 

De repente, no se bien aún quien, alguien tuvo la idea de parar un taxi o un coche cualquiera que nos quería levar a Ziguinchor. De dije que era de noche, y, debido a la guerrilla, nos habían recomendado no viajar de noche por Casamance. Le dijimos a este nuevo chofer que nos acercara al campamento donde se hospedaban los canarios, mientras Cons seguía discutiendo con el chofer del micro-bus. Nosotros ya estábamos dentro del taxi. Sea como fuera, queríamos salir de allí, antes de que el revuelo fuera a mayores. Habíamos metido ya todas las maletas en el coche nuevo, incluso. Y seguíamos parados en medio de la nada de aquel pueblo. La gente nos pedía dinero y nuestras direcciones por las ventanas, algunos nos cerraban las puertas cuando nosotros las abríamos para que entrara el aire. El chofer de este coche entró al fin y nos dijo que no nos llevaba al campamento sino a Ziguinchor. Nosotros, por evitar otra discusión, y algún susto por la carretera, nos apeamos y bajamos las maletas nuevamente. En medio de la noche, unas manos me arrebataron la mía. La seguí con los ojos en medio del gentío, y ví cómo era depositada dentro del micro-bus.

 

Fui a recuperarla. Las manos eran las del chofer estafador. Cuando estaba volviendo a bajar mi mochila del micro-bus, Cons nos dijo que había llegado la policía.

 

La Gendarmería Senegalesa no siempre viste de uniforme. De hecho es raro que lo haga. Aquel Gendarme nos obligaba a entrar en el micro-bus. Nos llevaban a todos detenidos, a las diez de la noche. Yo quería ver una lógica en aquello: es dificil esclarecer los hechos en medio de la noche del gentío. Así que iba tranquilo, confiando, iluso de mí, en que todo el problema era el desacuerdo con el chofer. Sin embargo, no fue así, cuando llegamos a la policía, nos introdujeron en la comisaría y le dijeron al chofer estafador que se marchara.

 

Esto me extrañó muchísimo, y comencé a preocuparme de verdad.

 

Nos condujeron a un despacho donde un señor vestido de chilaba azul profería gritos e insultos en wolof contra nosotros. Nos obligaron a sentarnos en unas sillas viejas y desvencijadas, y a gritos nos hablaba señalando a la cámara de César, refiriéndose, supimos luego, a las grabaciones que habíamos hecho sin autorización del Ministerio del Interior senegalés. Jamás he visto a una persona pidiendo perdón tantas veces y tan repetidas como a Cons esa noche.

 

Cuando pudo traducirnos, nos explicó que todo el problema era que el chofer nos había denunciado, no por el desacuerdo económico, sino por haber grabado sin autorización en el pueblo de Elenkin. El asunto de la inmigración ilegal está muy en boga en Senegal, y se controla más a los medios de comunicación que las propias costas de donde parten los cayucos. Tuvimos una acalorada discusión con el comandante, que echó del despacho a Cons. Yo repetía una y otra vez que no éramos periodistas, le enseñé las fotos de la ERIE y tuvieron un efecto en él que no descifré del todo. Sí puedo decir que levantó el teléfono e hizo una llamada. Yo le dejé claro que, aunque fuera voluntario de la Cruz Roja en España, mi viaje tenía un carácter puramente personal, que no representaba en ningún momento a la Cruz Roja. Y le expliqué, igualmente, que mi voluntad no era la de infringir ninguna ley senegalesa, me acredité entonces como abogado. Cada vez que le enseñaba alguna cosa (fuera un carné o unas fotos) lo miraba con atención silenciosa, y luego seguía gritando, aunque, eso sí, cada vez menos.

 

Al cabo de un rato, vi entrar en el despacho a una mujer de unos cincuenta años, europea, española y vasca, acompañada de un hombre senegalés, silencioso y de torpes facciones. Ella era Carmen, una delegada de Cruz Roja Internacional, él, el número uno de la Cruz Roja senegalesa. Carmen, una mujer recta e imparcial, nos dijo que el comandante requisaría todas las cintas que habíamos grabado, y que Cons sería detenido para enviarlo a la carcel de Ziguinchor. En ese momento sentí una tremenda vulnerabilidad. Junto a mí estaba Laura, blanca la cara, blancos los labios. Asustada como he visto a pocas personas en mi vida. En ocasiones reunía valor y hablaba con el comandante, quien la escuchaba con mucha más atención que a mí.

 

En un momento de la conversación, cuando parecía volver todo a la tensa tranquilidad del silencio, entró otro policía. Un hombre impertinente y malhumorado que bien podría ser el máximo exponente de la filosofía de la sospecha. Yo pensé que el comandante había quedado convencido de nuestra buenas intenciones, incluso daba visos de ser complaciente y de permitir que nos marcháramos de allí y dejáramos todo en un mal entendido detestable. Pero aquel hombre, después de una secuencia de preguntas absurdas, empezó a gritarnos que éramos conspiradores contra el gobierno de Senegal o, peor aún, espías. El comandante le observaba con desdén y desprecio, pero él no se inmutaba. Después de este último conato de histeria, el comandante, para calmar los ánimos de su subordinado, decidió requisarnos las entrevistas que habíamos hecho. Suerte que César, que aún esperaba fuera, había decidido esconder la mayoría de las cintas y solo había sacado tres, a saber: las entrevistas de aquella tarde en Elenkin, las de Cap-Skirrin, el mensaje de la familia constructora de los cayucos para su hijo en España y unas largas tomas de la playa de Cap-Skirrin.

 

En ese momento, el comandante hizo algo que yo había estado intentando evitar durante todo el interrogatorio: señaló mi cámara de fotos. Yo ya estaba empezando a cansarme de aquella situación, de manera que le enseñé las fotos que quise, repitiendo siempre las mismas para cansarle. El hombre la miraba con atención: una chica recogiendo herizos en Dakar, niños jugando al fútbol en Bignona, y, por error mío, cayucos en una playa del barrio de Yoff. Creo que al final conseguí lo que pretendía, porque me tomó declaración, me fichó y me mandó salir del despacho.

 

Fuera estaba César enseñándole aún los videos al gendarme histérico. El comandante le mandó llamar. Apenas nos miramos.

 

Cons estaba de pie, le habían quitado toda la ropa excepto los calzoncillos. Se abrazaba el cuerpo de frío y, curiosamente, se reía ahora de todo aquello. Su risa me alivió bastante. El gendarme histérico me miró entonce señalando mi cámara. Yo sabía que éste sería un hueso duro de roer, así que no le dí tregua; si me gritaba, más le gritaba yo; si me decía que en las fotos había cayucos, que quitara los cayucos de las playas le respondía. Tal fue la discusión que Laura me pidió que me callara para no empeorar las cosas. Para ese momento, el gendarme había vuelto a entrar en el despacho del comandante. Nadie volvió a hablarme de las fotos.

 

Cuando César salió del despacho del comandante con Carmen y el responsable de Cruz Roja Senegalesa, el mismo comandante les acompañaba. Carmen nos aseguró que no había forma posible de recuperar las cintas. Entonces vi cómo prendían a Cons, desnudo como estaba, y lo metían dentro de un calabozo. Se suponía que todo había terminado ya, éramos libres, nos quedábamos sin las cintas y Cons sería enviado a la carcel de Zinguinchor. Yo no estaba dispuesto a aceptar aquello. Así que le pedí a Carmen que le preguntara al comandante cuánto tiempo tenía que esperar yo sentado en la puerta de la gendarmería hasta que liberaran a Cons. El comandante ante mis palabras guardó un tenso silencio, luego dió una orden malhumorado. A las once y media de la noche salimos de la gendarmería, Cons echaba su brazo sobre mis hombros, y aún se reía de todo.

 

Fuera de la gendarmería había un coche parado en la puerta. La calle mal iluminada se abrió ante el reflejo de la piel blanca de dos personas. Eran los chicos canarios que habían presenciado toda la discusión que nos había llevado a perder las cintas. Nos dijeron que teníamos la cena preparada en su campamento, que estaba a unos tres kilómetros. Yo aún me estaba reponiéndo de todo aquello. Me limité a darles las gracias y decirles que aún teníamos que pensar qué haríamos. No tenía ganas de hablar con nadie, así que me di media vuelta hacia la puerta de la gendarmería de nuevo. Allí vi a un hombre vestido exactamente igual que el comandante, con las mismas facciones que el comandante, pero con una sonrisa de oreja a oreja mientras se acercaba a mí gritando: “¡Narwhal Tabarca, escritor español, mi amigo!. Al principio me costó creer que aquel hombre fuera realmente el mismo que nos insultara hacía apenas diez minutos en su despacho. Efectivamente, era el comandante, y me trataba ahora como nos conocieramos de toda la vida.

 

Yo le seguí el trato jovial y me eché a reir, de forma prudente al principio, a carcajadas luego. Hablamos de España, de mí, de él. Era un hombre encantador ahora. Me pidió mi dirección y se la dí. Nos llevó a un hotel y se encargó de que nos hicieran algo de cenar. Luego, entre sonrísa y carcajada, se despidió de nosotros, no sin antes habernos deseado las buenas noches.

 

Allí nos vimos, en el hotel, como exconvictos que no entendían nada de lo que había pasado. Entre nosotros se había creado una tensión indeseable. César y Laura echaban la culpa de todo a Cons. Yo medié entonces y recordé que el principal culpable de todo aquello había sido el chofer estafador. Al cabo de una hora Cons dormía apaciblemente, en la cama de al lado. Mientras, yo le daba vueltas a una idea en mi cabeza: tenía que recuperar las cintas confiscadas como fuera.

 

A la mañana siguiente nos despertamos sobre las ocho. Durante el desayuno conocí a una chica muy agradable de Barcelona. Una investigadora llamada Clara que llevaba un año viviendo en Senegal. Estuvimos hablando un buen rato. Al cabo de no mucho llegó Carmen, la delegada de Cruz Roja que nos había ayudado la noche anterior. Esta vez no venía con su acomañante, sino con un chofer que esperaba sentado apartado de nosotros. Se sumó a la conversación y así estuvimos hablando de Senegal y sus problemas cerca de una hora. Esa mañana vi a Carmen distinta, entendí que era una mujer con un alto sentido de la responsabilidad, muy preocupada por su trabajo y sus gestiones.

 

Cons nos recomendó partir para no perder el día. Yo le propuse pasar antes por la gendarmería para despedirme del comandante; mi intención era bien clara, quería recuperar las cintas. Carmen me aconsejó entonces que no le nombrara nada de la noche anterior al comandante, y, mucho menos, le hablara del material incautado, me sugirió que nos olvidáramos de ellas y se ofreció para llevarnos a la gendarmería en el coche de la Cruz Roja Internacional. Aceptamos y lo agradecimos.

 

Allí nos despedimos de ella. Pregunté por el comandante. Segundos después estaba estrechando su mano mientras me sonreía amigablemente como la noche anterior en el mismo sitio. Me pidió que le siguiera a su despacho, él y yo sólos. César, Laura y Cons se habían quedado fuera. Mientras le seguía no le veía la cara, como es lógico. Cuando volvió a mirarme a los ojos, en el mismo despacho donde nos había gritado e insultado a gusto la noche anterior, volví a ver el mismo ímpetu, la misma seriedad en su mirada aterradora. No estaba seguro de lo que podía pasar en aquel momento y, por primera vez, llegué a pensar que ese hombre que estaba en frente de mí estaba completamente loco de atar. Guardé la compostura y le respondí con la misma seriedad.

 

En ese momento entró el gendarme histérico. No me saludó, en su línea. Seguía con la misma cara de amargado de la noche anterior. Le dijo algo al comandante en francés que no llegué a entender. El comandante asintió con cierta desgana y el gendarme histérico salió del despacho y volvió a los segundos acompañado de Cons, sonriente como siempre. Al menos volvía a tener un traductor. El comandante me miró de forma sombría y con un hilo de voz apenas perceptible, comenzó a hablar. Para mi sorpresa era él y no yo quien nombraba las cintas. Me dijo que no me las podía devolver porque había hecho una diligencia y las había mandado a su capitán para que fueran examinadas. Pero también me dijo que iba a hablar con el capitán para recuperarlas y mandármelas a España. Entre aquel día y hoy me he acordado dos veces de Carmen, una cuando el gendarme me sorprendió con este comentario, otra, hoy mismo que me he enterado de que ya las cintas van rumbo a España.

 

En ese momento quise creer en su buena fe, pero no podía confiar en la diligencia de alguien a quien tenía por un auténtico loco. Así que pensé que debía conseguir, al menos, su dirección y su teléfono. Pero debía pedírselos sin que se sintiera ofendido y realmente nunca estuve seguro de cual podría ser su reacción cada vez que yo abría la boca. Se me ocurrió entonces preguntarle si tenía hijos, no se ofendió, respondió anodinamente que sí. Le dije que me encantaría mandarle un balón para ellos y unas botas de futbol.

 

Cuando salimos cinco minutos después, no llevaba las cintas, pero sí los datos de aquel comandante que se había vuelto a despedir entre risas y bromas en la puerta de la gendarmería.

 

En Oussouye cogimos un coche que nos llevó a Kafuntine, el mismo sitio donde pasamos las primera noche, y donde empecé a escribir este resumen del viaje. Por el camino nos detuvimos en Ziguinchor, en donde seguimos haciendo estrevistas a chicos que habían sido deportados a Senegal, después de sendos viajes en cayucos. Luego tuvimos ocasión de ver una ceremonia africana en la que un hombre, vestido de juncos, como un arbusto, sin dejar parte alguna de su cuerpo al descubierto, danzaba al son de los yembé. Simbolizaba al espíritu del bosque. Viendo aquella ceremonia de ritmo y malabares nos cayó la noche, y nos repusimos del varapalo del día anterior.

 

Cuando llegamos al pequeño hotel apostado junto al río y a la casa de Aziz, pedí una cerveza fría y generosa, abrí este cuaderno y empecé a escribir. Esa noche nos acostamos pronto. Cons quiso ir al pueblo a divertirse un poco. Le dí 10.000 francos CFA, y le volví a ver al día siguiente cuando quiso devolverme 8.000 del vuelto. Aquel hombre no dejó de sorprenderme cada día. Aquella nueva jornada nuestro destino era Bignona. Pero antes de llegar a la casa donde los niños aún seguirían pintando en los cuadernos que les había comprado días antes, quisimos entrevistar a un Marabú (brujo africano que hace los amuletos llamados grigrí). Sabíamos que sería dificil conseguir la entrevista, ya que estos brujos son muy reacios a ser filmados por creencias supersticiosas. Visitamos a dos: el primero me leyó el futuro echando agua sobre la arena. Lo único que saqué en claro fue unos trozos de un pequeño tronco que me dió para hacerme un gri-grí, además de unas hierbas machacadas con las que tendré que lavarme manos y cara estos días. No quiso hacer la entrevista, como esperábamos, sin embargo el segundo accedió después de largo rato de explicaciones y de enseñarle las fotos de la ERIE. Cuando terminamos, hicimos una segunda entrevista, en esta ocasión a Cons, en su tienda Rasta.

 

Al día siguiente partiríamos hacia Dakar para salir luego, un día más tarde, a España. Así que le acompañamos un rato en la radio, la misma donde me había hecho la entrevista hacía unos días, y nos fuimos a descansar. Teníamos la ligera esperanza de poder pasar de nuevo por Oussouye para buscar las cintas, pero todos los intentos fueron en vano. A la mañana siguiente hicimos dos entrevistas más en Bignona: a un profesor de escuela y a un militar, y abandonamos aquel pueblo con pena y lágrimas en los ojos: Casamancé había entrado en nosotros sin habernos dado apenas cuenta.

 

Ya en el aeropuerto nos volvimos a encontrar a Clara, aquella investigadora barcelonesa que habíamos conocido en el hotel de Oussouye. Viajaba a Dakar para arreglar su visado de investigación.

 

Hemos vuelto a Dakar y estos grandes hoteles de mentira me hacen daño. Después de todas las experiencias que hemos vivido, después de Senegal, de África, después de mí mismo y de esta humanidad que compartimos, me asalta una pregunta irremediablemente: ¿Es posible que exista Paris Hilton? – por ejemplo- .

 

Narwhal Tabarca, Martes 12/06/07. Dakar.

5 comentarios el “Senegal (resumen completo, -18 folios-)

  1. Pingback:   Senegal (resumen completo, -18 folios-) by zapizapi

  2. Que tal tabarca ?, no te conozco más que por el blog, de los mejores que he descubierto. Me ha gustado mucho tu reportaje sobre senegal. Viendo las fotos y vídeos me ha recordado el viaje que hicimos hace un año a ese país increíble. Te pasó este blog donde podrás ver fotos y quizás algún lugar donde no estuviste (http://www.tocadoyhundio.blogspot.com/). Ahora seguiré rastreando por tus páginas, que me parecen muy interesantes, continúa así. Un saludo, gonzalo.

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  3. hay una serie de contrastes,en loque tu cuentas y otras personas que parese que no ven mas halla de sus narises,quisiera saber como puedo averiguar por la familia del DR.aliyou sonkho,si es verdad que el formo parte del gobierno y fue asesinado,te agradesco toda la hayuda que me puedas dar y tambien que campos de refugiados existen halli,para ver si puedo verificar la existensia de una de sus hijas halli.

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  4. Como son las cosas de la vidad, aun recuerdo tu cara y la de la chica en el momento de aquella tangana en medio de la nada,dicen que el mundo es un pañueloy por casualidades de la vida he dado con tu blog. me gustaria que te pusieras en contacto, para recordar esos momentos!! y darte mas detalles de que por que salieron de aquella germanderia.

    un abrazo

    el educador tinerfeño

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  5. Estimados compañeros, lamento no haberles respondido antes. Voy por partes y por comentarios…

    Gonzalo, muchas gracias por tus palabras. Visitaré tu página en unos momentos para ver, recordar y descubrir cosas sobre Senegal. Espero verte pronto por esta página, yo gozaré de la tuya, sin duda.

    Hector, realmente no conozco bien las vicisitudes de la vida del Dr. Sonkho, pero me informaré. Si descubro algo te lo haré saber.

    Luis, que tal compañero, me alegra verte por aquí. Yo me quedé con ganas de conseguir tu contacto en aquella ocasión. Sobre el por qué salimos de aquella gendarmería, ya te lo cuento yo… con una buena dosis de paciencia y sangre fría.. 😉

    Cuando quieras nos ponemos en contacto, un abrazo a las tres, compañeros!.

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