EL MANDARÍN. Jose María Eça de Queiroz.


 

A fines del siglo XIX, Groussac pudo escribir con veracidad que ser famoso en Sudamérica no era dejar de ser un desconocido. Ese dictamen, por aquellos años, era aplicable a Portugal. Famoso en su pequeña e ilustre patria, Jose María Eça de Queiros (1845-1900) murió casi ignorado por las otras tierras de Europa. La tardía crítica internacional lo consagra ahora como uno de los primeros prosistas y novelistas de su época.

Eça de Queiroz fue esa cosa un tanto melancólica: un aristócrata pobre. Estudió Derecho en la Universidad de Coimbra y, una vez terminada su carrera, desempeñó un cargo mediocre en una mediocre provincia. En 1869 acompañó a su amigo, el conde de Rezende, a la inauguración del canal de Suez. Pasó de Egipto a Palestina, y la evocación de esas andanzas perdura en páginas que muchas generaciones leen y releen. Tres años después ingresó en la carrera consular. Vivió en La Habana, en Newcastle, en Bristol, en la China  y en París. El amor a la literatura francesa nunca lo dejaría. Profesó la estética del parnaso y, en sus muy diversas novelas, la de Flaubert. En “El primo Basilio” (1878) se ha advertido la sombra tutelar de Madame Bovary, pero Émile Zola juzgó que superior a su indiscutible arquetipo y agregó a su dictamen estas palabras: “Les habla un discípulo de Flaubert”.

Cada oración que Eça de Queiroz publicó había sido limada y templada, cada escena de la vasta obra múltiple ha sido imaginada con probidad. El autor se define como realista, pero ese realismo no excluye lo quimérico, lo sardónico, lo amargo y lo piadoso. Como su Portugal, que amaba con cariño y con ironía, Eça de Queiroz descubrió y reveló el Oriente. La historia de “O Mandarim” (1880) es fantástica. Uno de los personajes es un demonio; otro, desde una sórdida pensión de Lisboa, mata mágicamente a un mandarín que tiende su barrilete en una terraza que está en el centro del impero amarillo. La mente del lector hospeda con alegría esa imposible fábula.

En el año final del siglo XIX murieron en París dos hombres de genio, Eça de  Queiroz y Oscar Wilde. Que yo sepa, nunca se conocieron, pero se hubieran entendido admirablemente.”

                         J. L. Borges “Biblioteca Personal”

 

Estimados amigos,

efectivamente la novela de Eça de Queiroz es de aquellas obras que saben a poco. Mientras la leía me asaltaba una sutil paranoia que se identificaba con el miedo y la intriga que sentía su protagonista. Un hombre gris, ceniciento diría, sin mayores proyecciones en la vida que su bolsillo desierto, descansa en un motel tugurioso. De alguna forma fantástica, un demonio (nunca de habla de que fuera un demonio en la novela, pero no quiero contradecir a Borges ahora mismo) le propone vivir la vida de un Mandarín que está en ese mismo momento en China, sacando su barrilete, de forma placentera. Este señor gris e incrédulo acepta el ofrecimiento aún cuando ya había sido advertido de que tal aceptación supondría la muerte inminente del susodicho Mandarín. En China, el Mandarín cae redondo.

En una suerte de efecto mariposa, Eça de Queiroz describe entonces los sobresaltos de la conciencia humana cuando se percata del alcance de sus desiciones. El remordimiento y el desencuentro con la tranquilidad espiritual harán, entonces, que este nuevo rico, cargado de dinero hasta los topes, y depués de gozar la riqueza hasta su grado sumo – la infelicidad y el vacío existencial – decida ir en busca de los enlutados miembros de la familia del Mandarín mágicamente asesinado.

Y así transcurre gran parte de la novela, narrando este viaje al fondo del imperio Chino y del conocimiento propio del lector.

Mi conclusión al respecto es bien clara, quizá, el escritor portugués quisiera hacer una obra que demostrara que el desconocimiento del alcance de nuestros actos, puede llevarnos a cometer atrocidades que jamás tendremos el horror de conocer. Irremediablemente, somos la causa de muchos efectos indeseados, y no somos conscientes de ello, o no queremos serlo. Entronco, entonces, todo esto con mi casi obsesión por llegar a Shangai en moto, el único motivo es el de ir conociendo la realidad de aquellos paises que no salen en los modernos GPSs pero que quizá sean, incluso, quienes explotados, los construyen. Sé que es un reduccionismo extremo de las concecuencias últimas pretendidas en este líbro, pero pretendo solo acercarme a lo específico de las enseñanzas que me aporta.

Estimados amigos, Borges nos recomienda esta novela, yo lo patrocino.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Narwhal Tabarca. 

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