Senegal VIII
Publicado el 21 junio, 2007 Deja un comentario
Este hombre era un señor entrado en edad, quizá unos sesenta años. Todos sus trabajadores le trataban con el máximo respeto y procuraban acatar sus órdenes con diligencia de hormiga. Allí le hicimos la entrevista, de pie, entre armatostes que serían pronto cayucos, rodeados de niños, de trabajadores y de curiosos que se acercaban por primera vez a una cámara de video.
La sorpresa me vino cuando le pregunté si algún hijo suyo había ido a España en alguno de sus cayucos, y me dijo que no solo uno sino dos. Uno de ellos estaba actualmente en Madrid (según nos dijo, ahora sabemos que está en Trujillo), hacía un mes que había llegado a España. El otro había sido deportado de vuelta a Senegal y estaba en su casa en el mismo Elenkin. Antes de proponerle nosotros ir a conocerle, ya aquel hombre nos conducía por las calles a su casa.
Las casas senegalesas no son, en absoluto, como las europeas. Más parecen pequeños asentemientos tribales dentro de uno mayor, comunas donde todo se comparte que auténticas viviendas unifamiliares como a las que estamos acostumbrados. Los más jóvenes atienden a los mayores en un círculo de correspondencias con una fuerte carga moral y ética. Las mujeres se encargan del mantenimiento y las labores del hogar, los hombres traen el dinero (escaso), fruto de un trabajo mal pagado casi siempre. Y así, quizá por aquello de que la unión hace la fuerza, conviven hasta cinco y seis familias dentro de la misma casa, hijos, en su mayoría, del mismo padre, ya que la poligamia está aceptada y es respetada en la sociedad.
Si un senegalés quiere contraer matrimonio con una mujer, debe ofrecer la dote a la familia de esta, a la antigua usanza. Si es tenida por suficiente, la unión será posible con el beneplácito de ambas familias. Sin embargo, llegar a esto es tan complicado que muchos recurren al cayuco para poder obtener el dinero suficiente a la vuelta, que les haga ganarse el respeto de la familia de su amada. Este extremo es importante. La totalidad de los chicos entrevistados que quieren salir de Senegal en cayuco, lo quieren hacer (o lo han hecho ya) para volver con dinero. Sus sueños van más en la línea de formar una familia y tener hijos en Senegal, que en la de hacerse ricos o quedarse en España. De hecho, ninguno nos ha dicho que quiera vivir en España de por vida, para ellos es un sufrimiento necesario a soportar para obtener lo que ansía todo hombre, en su tierra: una mínima estabilidad familiar.
Pues bien, la casa de este constructor de cayucos no era una excepción. Consistía en una pequeña plaza de arena circundada por habitaciones y, como siempre, animada por el bullicio de los niños. Entre la arena, descubría con mis pasos, en ocasiones, latas llenas de errumbre y amenazadores filos, e, incluso, cuchillas como las que usamos nosotros para cortar los callos de los pies.
Sobre esta misma arena jugaban los niños descalzos, revolcándose, ajenos a cualquier peligro. Los padres no se inmutaban. En esta casa conocimos a la familia al completo. Este señor, llamado Pap Omar Jen, era monógamo. Su mujer había muerto y, como también es costumbre, la hermana de la difunta era quien hacía las veces de madre. Había también una señora mayor, que solo se limitaba a observarnos, mientras una de las niñas le tiraba de los pelos con un cepillo, procurando peinarla un poco. Mientras, nosotros le hacíamos la entrevista al chico que había sido deportado: Mamadí Jen. Un chico sumamente callado, de mirada profunda y dificil sonrisa. He visto esto otras veces. Aquellos que han sufrido el infierno del cayuco tienen esta expresión en común. El silencio de la individualidad, la mirada frustrada entre el futuro y el recuerdo de un viaje siempre fatídico
Durante la entrevista, me resultó dificil arrancarle una respuesta larga y entragada. Procuraba responder en monosílabos. Cuando le pregunté si volvería a intentarlo, miró a su alrededor y luego, con cierta complicidad me respondió que por supuesto. Después de la entrevista seguimos hablando con la familia sobre el hijo que estaba en Madrid, y decidimos grabar un mensaje de cada miembro de la familia para mostrárselo cuando llegáramos. Cada uno dejó un mensaje extenso y sentimentalmente duro. Incluso Mamadí, al que tanto nos había costado hacer que se abriera ante la cámara.
Al despedirnos, nos hicimos varias fotos con toda la familia y la tía nos obsequió con una bolsa de mangos generosos. Salimos en el micro-bus rumbo a Ziguinchor, con intención de alcanzar esa misma tarde el pueblo de Bignona. Atrás dejábamos Elenkin, un pueblo que jamás olvidaré.
(Para ver las fotos de este post, haz click en «ver todas las fotos», merece la pena )
Senegal VII
Publicado el 20 junio, 2007 1 comentario
Durante este viaje no he visto un pueblo en que la miseria y la suciedad se manifiesten de manera más obvia que en Elenkin. He pasado por pequeñas agrupaciones de casas, tres o cuatro edificios bajos de terracota, adobe y paja en sus tejados, con callejuelas de arena, como todas, y en que sus habitantes más pequeños lloran en ocasiones cuando me han visto. Pero no daban la apariencia de sufrir una miseria como la que vi y, sobretodo, olí en Elenkin.
El principal negocio en Senegal es la pesca. He visto, también, en muchas playas, los cayucos llenos de pescados llegar en la tarde temprana, como dije cuando hablé de Cap-Skirrin. En ese momento, las mujeres aguardan en la playa a que los hombres suban los cayucos hasta la arena seca. Comprenderemos que no es tarea facil si sabemos que estas canoas pueden llegar a medir hasta treinta metros, lo que supone que su peso sea elevadísimo y más aún cuando vienen cargadas de pescado, garrafas de gasolina y generosos motores. Pues bien, para conseguir vencer los cerca de 100 metros que separan el agua de la arena seca usan cualquier tipo de útil cilíndrico que aguante el peso, sea un trozo de tronco de palmera o una bombona de gas, por ejemplo. Apostan varias alineadas en batería frente a la proa del cayuco, y luego lo van subiendo a este lecho de cilindros que facilita tremendamente la labor.
Sin embargo, Elenkin tiene una playa minúscula, si la comparo con el resto de las que he visto. Al ser un puelbo ribereño, no hay marea, ni grandes olas, y los cayucos reposan prácticamente en la misma orilla. La playa es minúscula, como digo, pero la actividad en ella parece mucho mayor que la que puede haber en la mayor de las playas de Senegal. Allí conviven en perfecta armonía y dudosa salubridad: pescadores, pescados, niños, cayucos, tremendas cantidades de basura desperdigadas por la arena, cerdos que comen la carroña que la arena oculta, cabras y vacas, que defecan en la misma arena.
Cuando el pescado es traído, lo van lanzando sobre esta arena, en donde alguien, siguiendo una desconocida regla, lo separa y categoriza. Si uno se fija bien, ve que predomina un cierto orden: en un montón agrupan a los cazones, a los que les cortan las aletas para enviarlas a China; en otro, las mantas, los chuchos, los ratones, las tembladeras y las rayas; en otro, los caracoles, tan grandes como pelotas de futbol sala, y en otro, por último, el pescado pequeño, como el Capitán.
El marisco lo dejan dentro del cayuco, de donde lo recogen vivo y cuidadosamente, después de la separación.
Digo que la predominancia determina este orden, sin embargo, he visto rayas con los escualos, caracoles con los peces pequeños, y tremendas cantidades de peces sueltos, desperdigados a lo largo y ancho de las playas, desechados por cuestiones que no alcancé a descubrir.
Todo esto sucedía en Elenkin cuando llegamos. A primera vista se me hizo dificil entender cómo era posible que ese lugar fuera el principal punto de partida de la inmigración ilegal, porque, habiendo como hay, playas que dan directamente al oceano, cuya partida puede ser más fácil y el trayecto más corto, aquel pequeño pueblo era famoso por las salidas de clandestinos. Es decir, prefieren salir desde un río lleno de recovecos e islas , donde la lógica determina que los controles pueden ser más efectivos. Pero no es así, y luego lo entendí. Dentro del río hay islas en las que se ocultan cientos de futuros inmigrantes esperando el día de la partida. Si el cayuco no está completo, aguardan hasta diez y doce días. El mafioso que les vende el pasaje se compromete a alimentarlos una vez al día durante este periodo, al que todos llaman: preparación.
Pero no solo es por esto que Elenkin es uno de los sitios más importantes de la partida, sino, y principalmente, porque ahí está la fábrica más conocida de cayucos de la región de Casamancé. Y cuando digo fábrica no pretendo que salte a la memoria esos grandes astilleros a los que el sistema occidental nos tiene acostumbrados. Todo lo contrario. La fábrica de cayucos tiene una extensión de unos cien metros cuadrados, como máximo. Consta de una una explanada con varios cayucos a medio terminar, en el corazón del pueblo, junto al río y con una playa de apenas diez metros de largo.
Estaban construyendo, cuando llegamos, un cayuco enorme, de unos treinta metros, que fotografié con un niño asomando desde sus tripas. Cons nos repitió en varias ocasiones que ese cayuco había sido encargado por la mafia para transportar inmigrantes. También fue Cons quien hizo posible que el dueño de la fábrica nos otorgara una entrevista.
Nuevo cayuco con 94 inmigrantes en el sur de Gran Canaria.
Publicado el 20 junio, 2007 3 comentarios
Queridos amigos,
En el resumen que estoy haciendo de mi viaje a Senegal he hablado de un cayuco que salió mientras cenábamos en una playa de Cap-Skirrin. Hoy ha llegado. Estuvieron unos diez días en el mar, yo apenas estuve unas seis horas en el aire: dos aviones, Dakar-Madrid, y Madrid-Las Palmas. No sé cómo explicar esto sin caer en la sensiblería. Creo que lo mejor será repetirlo y que ustedes concluyan que quiero decir. Veamos, yo cogí dos aviones y llegué cansado en seis horas, y el tiempo que pasé en los aeropuertos me desesperó un poco. Estos chicos no tuvieron largas esperas de aeropuertos, sino interminables momentos de preparación (unos diez días, ocultos en alguna parte cercana a Cap-Skirrin), y luego, una vez se hubo llenado el cayuco, otros diez días de travesías en la inifinita extensión de un mar que a todos nos es desconocido y traicionero.
Debido a las características de la playa a la que llegaron (Bahía Feliz), estos nuevos buscadores de vida fueron trasladados a las dependencias de la Comisaría de Policía de Maspalomas, en donde los atendimos como de costumbre. Pero este cayuco será recordado por las demostraciones de solidaridad que tuvieron los trabajadores de los hoteles de esa playa. Yo no estaba allí, preparaba el dispositivo en los garajes de la comisaría, pero sí me sorprendió ver cómo los chicos llegaban con todo tipo de abrigo, incluso con edredones sobre los hombros. Las camareras de piso, al ver la llegada del cayuco, corrieron a la costa a socorrerlos. Según me comentaron los compañeros, muchas de ellas lo hacían entre lágrimas, distribuyendo edredones y mantas que habían sacado de los hoteles. Me quiero permitir la licencia de usar un calificativo para estas mujeres entregadas a la ayuda humanitaria expontánea, no puedo decir de ellas más que son auténticas heroínas de la generosidad.
Cuando comenzaron a llegar los inmigrantes a la comisaría, empezamos a atenderlos. Pero también hubo otro detalle que hacía de este cayuco un cayuco especial. No ya solo, como dije más arriba, por ser aquel que había salido de Cap-Skirrin mientras nosotros cenábamos a cincuenta metros, sino también porque es el primero que llega después de haber estado conviviendo con africanos en Senegal después de estos diez dias. Me parece extraño, pero esto me hizo sentirlos de una forma mucho más familiar y cercana. A los que eran de Senegal les decía los pueblos por los que había pasado y abrian los ojos, y reían. Les saludé como es costumbre en Senegal, chocan las manos en señal de afecto, y se quedaban extrañamente aliviados de ver cómo no todo era una novedad desbordante. En un momento hice un ejercicio de memoria. Los miré a todos en su conjunto, y recordé el lugar de donde venían. No sé que extraña sensación tuve, que me hizo querer abrazarlos a todos, desee haberlos conocido en Senegal la noche anterior a su partida, desee que fueran mis amigos, como lo fueron los que me acogieron en sus casas, y me dí cuenta, ahora sí, que esos inmigrantes y aquellos africanos que dejé en Senegal con lágrimas en los ojos al despedirme, eran las mismas personas. Quizá no los mismos individuos, pero sí una representación bastante fiel de aquellos con los que conviví allá.
Todo esto sucedía a las ocho de la mañana, y la intervención duró, si no recuerdo mal, hasta las 12, aproximádamente. Luego, paseo por la oficina de Cruz Roja para saludar a los compañeros, almuerzo con la jefi que es adorable (gracias Nally una y mil veces por tu gestión intachable), taller de fichas de la ERIE para dar una atención más eficaz a los recien llegados, y, cuando me iba a casa: anuncio de un nuevo cayuco al puerto de Arguineguín. Con bastante buen criterio, Nally decidió ir a dejar el material (los PMA), en el muelle de Arguineguín. Aún contábamos con una cuantas horas hasta la llegada estimada del cayuco a la isla. El resto de voluntarios se había ido a casa a ducharse y descansar un poco para estar frescos para esta nueva intervención, y Angelito, Nally y yo nos dirijimos a Arguineguín. Allí dejamos los PMA, de allí volvimos a partir para San Agustín (algunos contratiempos que no vienen al caso) y allí nos avisaron de que el cayuco se anulaba porque sería conducido a Tenerife.
Resumo, es casi la una de la mañana y acabo de llegar a casa, feliz y contrariado por la novedad de estos eventos que parecen tan cotidianos. Clara está en Madrid, pero esta noche no dormiré solo, sino con el rostro de los 94 inmigrantes que bien podrían ser mis amigos, o, por qué no, mis hermanos.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
PD. Mañana sigo con el resumen del viaje a Senegal.
Senegal VI
Publicado el 19 junio, 2007 2 comentarios
Salimos de Cap-Skirrin dos días después de haber llegado. Alquilamos un microbús para llegar a la región ribereña de Elenkin, principal punto de partida de los cayucos de la zona sur de Senegal (y hoy en día, casi la única debido al control del Frontex). Cuando íbamos de ruta, apenas diez minutos después de haber abandonado Cap-Skirrin, Cons nos comentó que el chofer conocía a varios chicos en el pueblo que de partida, que habían salido en cayuco y sido devueltos a Senegal por el gobierno español. Así que decidimos dar la vuelta y hacerles unas entrevistas.
Llegados a este punto diré algo que más adelante cobrará importancia. Antes de salir de Cap-Skirrin el precio que habíamos acordado con el chofer del microbús había sido de 17.000 francos CFA por llevarnos a Elenkin y luego a Ziguinchor. La cosa fué que dimos la vuelta, llegamos nuevamente al lugar de partida y allí no fue dificil localizar a los chicos y entrevistarlos. Aquellas entrevistas me gustaron bastante: tres chicos deportados y un guía que hablaba muy bien español, y sin pelos en la lengua. Realmente sentí que el documental estaba progresando a buen ritmo.
Terminadas las entrevistas comimos algo y salimos hacia Elenkin, el chofer nos había esperado mientras tanto. Aún no les he comentado nada de la comida en Senegal, y este puede ser un buen momento para hacerlo. Es cierto que en Senegal, no solo hay miseria, sino que, además, se pasa hambre. He estado en otros países azotados por la pobreza, de los que viene a la cabeza, como ejemplo, ahora mismo uno: Perú. Allí, la miseria es practicamente igual que en Senegal. En otra parte dije una vez que la miseria es igual en todo el mundo, y esto corrobora mi opinión. Si tomáramos una foto de las calles de Dakar o de Ziguinchor, y puedieramos quitar a todas las personas, habrán quienes digan que esa foto fue tomada en Perú, casi al otro lado del mundo. Pues bien, la diferencia que encuentro entre Perú y Senegal (o quizá solo una de ellas, no quiero decir disparates), es que en Perú hay miseria, pero la gente está mayoritariamente muy bien alimentada. Uno entra en una casa, por ejemplo, en Talara (al norte del país) y le ofrecen una cantidad de comida que es imposible terminar. Sin embargo, en Senegal las cosas son bien distintas. Quien desayuna no almuerza ni cena, quien almuerza es porque no desayunó, y dormirá con la tripa vacía, quien cena, ha estado todo el día deseando que llegue ese momento para saciar el hambre. Comer dos veces al día es un lujo solo reservado para unos pocos. Y ahora, me permito una reflexión: nosotros estábamos en Cap-skirrin, haciendo las entrevistas en una casa que nos había permitido hacerlas, como favor. No nos conocíamos de nada. Cuando terminamos las entrevistas, vemos cómo la familia de la casa se sienta a la mesa. Entre ellos, un enorme plato de latón lleno de arroz y cubierto de pescado y salsa. En derredor, reposando en su borde, cucharas soperas, y más allá, sentados en las sillas, un hombre, una mujer y dos niños (una familia, en este caso, extrañamente pequeña). Pues bien, antes de empezar a comer, la familia nos dijo que nos sentáramos con ellos a compartir la única comida que tenían para ese día. Nosotros declinamos el ofrecimiento, pero fue en vano. Cuando terminamos de comer: Cesar, Laura y yo, quisimos pagar, y tampoco fue posible. Nos despedimos impresionados por la generosidad y la calidez de esa gente, y, en el estómago con, quizá, el mejor arroz con pescado que comeré en años.
Y es que, así es Senegal. Las necesidades hacen que nadie sea más que nadie. Se vive un comunismo práctico que se lleva y se practica con devoción. Quien tienen hoy ayuda a quien tendrá mañana, en un círculo de cuidados y hermanamientos que ya no se ve, por desgracia, en el sistema occidental. Entendiendo esto de base, será posible acercanos un poco al fenómeno de los cayucos. Los inmigrantes no abandonan su pais pensando en ellos mismos, ni mucho menos. Lo hacen para ayudar siempre a los que dejan atrás: unos padres ancianos, unos hermanos mutilados, o una sociedad vencida por el hambre. Solo de esta forma se puede entender cómo se encomiendan a sus dioses y dejan en ellos la decisión de sus vidas cuando entran en la balsa. Eso sí, absolutamente todos aquellos con los que hablamos, sueñan volver a Senegal pronto.
El camino hacia Elenkin fue tremendo. Vadeamos al menos cuatro ríos, la carretera era de tierra suelta con unos baches que bien podrían ser bocas de pozos. El coche (una furgoneta vieja y desvencijada) levantaba una nube de polvo irrespirable, que acababa en mi barba acartonándola como un trapo de esparto. Pasamos por un pueblo llamado Oussouye. En ese momento desconocíamos que por completo que sería un pueblo para recordar a partir de aquella misma tarde, pero todo a su debido momento. Pasamos por Oussouye y después de un buen rato estábamos entrando en el pequeño pueblo ribereño de Elenkin.
Senegal V
Publicado el 18 junio, 2007 Deja un comentario
Cuando amaneció, escuché cómo los gallos despertaban al pueblo. Eran las 7 de la mañana. Lejos de paracerse a nada de lo que había conocido en el pasado, aquella casa donde nos hospedábamos estaba ocupada por, al menos, cinco familias de Bignona (unas treinta personas en total). Desde tan temprano, cuando salí al pequeño jardín de arena, los niños ya jugaban junto al pozo.
Los niños senegaleses son una extensión de la ternura de una madre. Se me han acercado cientos de niños en estos días gritanto: «Touba, Touba» (hombre blanco). Tan pequeños se me paran delante y me extienden sus manitas con la única intención de que los salude como a adultos. Al hacerlo, algunas niñas incluso hacen una reverencia, la misma que le hacen las mujeres aquí a los reyes en las recepciones oficiales. Se acercan sin esperar nada a cambio, pero siempre recibían mi sonrisa y algún caramelo. Entonces, me gritaban «Tangal Tangal» para que les diera otro. Cuando se corre la voz, la marabunta de pequeños puede ser impresionante: un revuelo de cabezas, manos extendidas, empujones, risas, algún pequeño enfado entre ellos, todos queriendo coger uno, dos o cuantos puedan. Luego se los echan a la boca todos juntos y se los enseñan entre ellos sacando la lengua.
Pues bien, aquella mañana a las 7, los niños ya estaban jugando, así que me senté con ellos, les dí caramelos y les dejé pintar en mi cuaderno. Cuando ví que esto último los entretenía bastante, me fuí a una tienda y les compré una libreta y un boli a cada uno. En el momento de partir, tres horas después, aún seguían pintando.
Salimos de Bignona por la mañana, después de haberme duchado al estilo africano (como dice Cons), es decir, con un cacharro de agua y una lata, y de un desayuno africano con té, leche en polvo y pan. Salimos de la estación de coches de Bignona rumbo a Cap-Skirrin.
Este Pueblo costero es el núcleo más importante de turismo en la región de Casamancé. Las calles son de tierra y sus paisajes dirieren poco del resto de pueblos costeros que hemos visitado. Sin embargo, se ve una mayor presencia de toubas y los precios son sensiblemente más altos que en el interior. Allí estuvimos dos noches, alojándonos en un hotel cerrado, junto a una playa hermosa, inmensa y llena de vacas que reposaban en la arena, meditando diría; disfrutando sin duda de una paz envidiable. No las molestaba siquiera la presencia de los pescadores cuando llegaban en numerosos cayucos sobre las cuatro de la tarde, de sus faenas.
Llegaban estos pescadores a la playa de Cap-Skirrin, cargados de pescados de todos los tipos y formas. Entre ellos, algunos que no había visto en mi vida, como el que tuvimos ocasión de comer en una choza, a la luz tenue de las velas consumidas por la noche, y el acompañamiento de los yembé y los cantos de los hijos de Casamancé. Este pez, de extraña y repugnante cabeza cartilaginosa, ojos grandes y cuerpo común, se llama capitán.
Recuerdo ahora que mientras cenábamos en este lugar, sobre la arena, estaba saliendo un cayuco a España. Esto sucedía a escasos 100 metros de nosotros y no lo supimos hasta el día siguiente.





