EL IMPERIO JESUÍTICO. Leopoldo Lugones.
Publicado el 16 mayo, 2007 6 comentarios
Queridos amigos,
hace apenas diez minutos publiqué el post anterior sobre otra cita del Imperio Jesuítico de Leopoldo Lugones. No quiero romper la dinámica que he seguido en las críticas de los libros recomendados en la biblioteca personal de Borges, así que le paso la palabra y luego sigo con ustedes.
«Cabe decir que el hecho capital de la vida de Alonso Quijano fue la lectura de los libros que lo indujeron a la singular decisión de ser don Quijote. De un modo análogo, el descubrimiento de un texto fue para Lugones algo no menos vívido que la cercanía del mar o de una mujer. Detrás de cada uno de sus libros hay una sombra tutelar. Detrás de «Los crepúsculos del jardín», cuyo nombre ya es un poema, está la sombra de Albert Samain; detrás de «Las fuerzas extrañas», la de Edgar Allan Poe; detrás del «Lunario sentimental», la de Jules Laforge. Así es, pero sólo Lugones pude haber escrito estos libros, de fuentes tan diversas. Trasladar al rebelde castellano las cadencias del simbolismo no es poca hazaña. Homero, Dante, Hugo, Walt Whitman fueron esenciales para él.
Con «Rubén Darío y otros complices» (la frase es de Lugones) emprendió la máxima aventura de las letras hispánicas: el modernismo. Este gran movimiento renovó los temas, el vocabulario, los sentimientos y la métrica. Iniciado de este lado del mar, el modernismo cundió a España, donde inspiró a poetas quizá mayores, a Juan Ramón Jimenez y a los Machado.
Hombre de convicciones y de pasiones elementales, Lugones forjó un estilo complejo, que influyó benéficamente en López Velarde y en Ezequiel Martínez Estrada. Este exornado estilo solía no condecir con los temas. En «El payador» (1915), que inauguró el culto del Martín Fierro, hay una evidente desproporción de la llanura, que los hombres de letras llaman la «pampa», y los intrincados períodos; no así en «El imperio jesuítico». En 1903, el gobierno argentino le encargó la redacción de esta memoria, que es ahora este libro. Lugones pasó un año en el territorio donde la Compañía de Jesús ejecutó su extraño experimento de comunismo teocrático. En estas páginas hay una afinidad natural entre la exuberancia de su prosa y la de las regiones que nos revela.
Es interesante comparar este «ensayo historico» de Lugones con el trabajo análogo de Groussac sobre el padre José Guevara y su Historia del Paraguay. Lugones registra las leyendas milagrosas que pululan en los textos de los jesuitas; Groussac insinúa, al pasar, que una fuente probable de esa milagrería fue cierta bula que se refiere a la canonización con estas palabras precisas: «las virtudes no bastan sin los milagros».
Leopoldo Lugones nació en la provincia mediterránea de Córdoba, en 1874, y se dio muerte en 1938, en una de las islas del Tigre.»
J.L. Borges, «Biblioteca Personal»
Realmente me parece pretencioso hacer una crítica sobre este libro, después de las palabras de Jorge Luis Borges. Indudablemente queda claro que Lugones fue el escritor más admirado por él (no lo digo yo, sino él en varios sitios). Pero mantendré la compostura y afrontaré el reto -aún sabiendo que media una insalvable distancia entre él y yo -.
Les puedo decir que esta obra de Leopoldo Lugones (la primera que leo), me ha dejado perplejo en muchos sentidos. Lugones demuestra con ella que sí se puede escribir sobre historia desde la objetividad y la verdad. Ciertamente, esta obra no es otra cosa que un estudio de investigación serio y riguroso acerca del imperio que los Jesuítas impusieron en el antíguo Paraguay o, lo que es lo mismo, las tierras guaraníes a la sazón.
Mientras lo fui leyendo, la mente se me iba, en ocasiones, a reflexiones que me llevaban a un estado de lucidez tremendo. Lástima que la memoria humana sea efímera para muchos de los buenos pensamientos, y que esta obra tenga tantas puertas hacia ese estado que, habiendo entrado en una, uno se siente llamado por la siguiente. El Imperio Jesuítico de Lugones es un estudio impresionante. Y digo bien. Las primeras 30 páginas resumen magistralmente la historia de sudamérica y España, desde el momento de la conquista del Nuevo Mundo, hasta el reinado de Carlos III. Y lo hace a una velocidad de espanto, pero con una claridad aplastante. Luego ya, entrados en materia, va narrando las vicisitudes de la historia del paso de los padres jesuítas por los territorios guaraníes.
Es cierto, y ahora entiendo porqué, los jesuítas impusieron un auténtico régimen comunista y, sin embargo teocrático en sus dominios. Todos los hombres eran iguales, pero iguales en la miseria. Ningún resquicio se dejaba al arbitrio del progreso individual, ya que todo el avance (si es que lo había) era de la colectividad. Los indíos pasaron así de un estado silvestre – no salvaje, aunque sí selvático- a otro de sumisión completa so pena de muerte. Los Jesuítas, por su parte, no comían de los platos que preparaban, y les asistían tremendos privilegios, que los definiría incluso como arios. Así, eran ellos quienes determinaban lo que debían estudiar todos y cada uno de los indios guaraníes, cómo debían de vestir (llevaban uniformes), donde debían vivir (todas las casas eran iguales, e, incluso, después del matrimonio – etapa que en todas las culturas del mundo supone un paso hacia la libertad individual – estaban sometidos a los designios y los caprichos de los padres jesuítas.
En cierta medida, Ernesto Guevara promulgaba en sus discursos algo parecido en cuanto a la necesidad de que las desiciones de cada individuo fueran tomadas por el gobierno de la revolución, en pos de una búsqueda de satisfacer los intereses de la colectividad. Incluso defiende que será el gobierno de la revolución quien determine qué carrera debe estudiar cada uno de sus súbditos. Recuerden el post que puse antes que este, la libertad se tiene como un engendro miserable e innecesario de la ley, y ahí comienza todo el error, según creo.
En esta línea, las posturas de los jesuítas y las de Ernesto Guevara (personaje admirado por quien escribe, aunque no por ello no analizado como a un igual), se parecen en exceso e, incluso, diría que se confunden y, lo que es peor, se identifican. No podemos pretender, bajo pretexto alguno, que la colectividad eclipse al individuo, máxime cuando la voz de dicha colectividad está en manos de uno o unos pocos. El riesgo que se corre, de ser así, no es otro que el de identificar a todo un pueblo, sus deseos, sus necesidades, con la figura de una sola persona, que dice ser el portavoz de toda la colectividad. Yo represento al pueblo, yo soy el pueblo, yo pienso como el pueblo, el pueblo piensa como yo, yo pienso por el pueblo. La desembocadura de todo ello es la dictadura, el autoritarismo, o, en el mejor de los casos, el despotismo ilustrado que practicó en España Carlos III.
No queridos amigos, el pueblo es el pueblo, los ideólogos son los ideólogos, los revolucionarios son los revolucionarios y cada uno en su habitáculo aporta una cosa buena a la sociedad. Así el individuo se beneficia de todo ello, y goza de la libertad como de un bien en sí mismo, no como una concesión de la ley a la que se debe estar agradecido. El eclecticismo en esto es dañino, lo dice la historia a gritos. Es natural y esto agiliza las desiciones y hace posible la buena marcha de una colectividad, que el pueblo elija a sus dirigentes, o, que como resultado de una dictadura previa, los revolucionarios tomen el poder en nombre del pueblo. Pero más importante es que la lucha revolucionaria por la colectividad acabe devolviéndole el poder al pueblo en todo caso, aunque dicha lucha haya supuesto un riesgo cierto para la vida propia. Porque debe ser el pueblo, y no quienes lucharon por él, quien determine su futuro y su presente. De no ser así, la lucha revolucionaria no habrá sido un acto de generosidad y respeto al pueblo, sino una toma de reserva de los mejores puestos en la sociedad por la que se lucha.
De momento no tenemos otro sistema que el democrático, y hace aguas por todas partes. Sin embargo, aúna estos dos aspectos fundamentales: la libertad personal y la satisfacción de los intereses de la colectividad.
Esto no significa que podemos dormirnos en los laureles. Este bienestar individual que gozamos en este sistema tiene un tributo demasiado cruel para otros paises del globo (no hace falta recordar los cayucos), y esto, por sí solo, hace que tampoco se pueda sostener el sistema democrático que hoy nos asiste y que, claramente, está reventando desde su base.
Quizá los jesuítas se aproximaron al comunismo pensando que sería la panacea del bienestar colectivo. Pero algo falló: la creencia en una verdad absoluta, esa gran torpeza de la iglesia que la ha convertido a lo largo de los siglos en la mayor aniquiladora de culturas y religiones, y la inexistencia de las garantías y de los derechos humanos, anacrónicos con aquella época. La misma creencia que tuvo el Che en sus discursos, no ya con la religión, pero sí con la verdad absoluta que para él y los suyos soponían sus ideas revolucionarias comunistas. Indudablemente, en toda colectividad hay un grado de homogeneidad y otro de heterogeneidad. La unidad de un pueblo está determinado por el primero, pero jamás se puede olvidar el segundo. El hombre, así tomado de uno en uno, es un amalgama de derechos y libertades nada desechable y legítimamente respetable. Luego, el grado de homogeneidad no debe buscarse a la fuerza, aniquilando a los disidentes; antes bien, hay que defenderlo desde una concepción más digna y realista.
Si tomaráramos a la humanidad entera como una colectividad en si misma, respetando sus costumbres y favoreciendo el mestizaje y el conocimiento mutuo posiblemente podríamos hablar más positivamente del futuro político del hombre. La abolición de las fronteras, entonces, nos conduciría a un comunismo social y prudente, que entendiera que lo común no implica excluir al ser humano como individuo, sino integrarlo, aceptarlo y tenerlo en cuenta. Un solo pueblo: la humanidad sin fronteras, cuyos dirigentes estén, eso sí, controlados por el pueblo, y jamás a la inversa. Pero estas divagaciones mías puede que sean más propias de un visionario que de un hombre cuerdo. De momento que hablen los abrazos.
Sea como fuere queridos amigos, si les gusta la historia, y los libros muy bien escritos este libro no pueden dejar de saborearlo. Por cierto, y en cuanto al estilo, cada palabra es una ficha de un puzzle que cuadra perfectamente. Da la sensación de que no hay palabra alguna sustituible. Toda una delicia para los amantes de la narración.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
Una reflexión sobre el "Imperio Jesuítico" de Leopoldo Lugones.
Publicado el 16 mayo, 2007 Deja un comentario
Queridos amigos,
estaba acostado en la cama, leyendo las últimas páginas de este estudio histórico sobre los jesuítas en sudamérica y me he levantado porque quiero compartir con ustedes un párrafo, que me parece sublime.
«El ideal político de la Edad Media había sido la unidad de todo: una religión en un imperio dirigido por una sola cabeza. De aquí nació el concepto falso en cuya virtud la libertad es una creación postiza que depende de la ley; y tan arraigado quedó, en siglos de opresión bajo el doble prestigio de la Monarquía y de la Iglesia, que nuestras mismas constituciones democráticas, aunque con formas muy atenuadas, persisten en sustentarlo, siendo pocos todavía los que comprenden, a pesar del libre examen y de la crítica, que toda ley es originariamente un acto de opresión.«
Quiero compartirlo con ustedes, a propósito en lo doméstico, de la ley antitabaco, el carnet por puntos, la ultima tendencia sancionadora de los poderes públicos; y en el aspecto internacional: la maldita tendencia de sustentar las guerras como actos democratizadores, el afán norteamericano de asesinar en nombre de la libertad, etc.
Creo que esta reflexión necesita pocas palabras para darle vuelo. Espero que haya sido buena pista de despegue para ustedes.
Como dije, estoy a punto de terminar el libro. Cuando lo haga le haré mi crítica, como es costumbre. Una cosa si adelanto, Borges sabía muy bien lo que hacía cuando recomendaba un libro.
Un fuerte abrazo.
Narwhal Tabarca.
Mi carta de motivación para entrar de Delegado de Cruz Roja en misiones en el extranjero.
Publicado el 14 mayo, 2007 20 comentarios
Queridos amigos,
acabo de enviar mi currículum y esta carta que les pongo a continuación para entrar a formar parte de la Organización Internacional de Cruz Roja, como Delegado, en proyectos en Asia, África o América.
Les transcribo la carta. Ahora solo queda esperar a que me llamen.
Reciban mi abrazo.
Estimados Señores,
Me solicitan unas palabras explicando cuales son mis motivaciones para entrar a formar parte de Cruz Roja Internacional de forma profesional. Permítanme entonces la pequeña licencia de hablarles de algunos hitos de mi vida, relacionados con la Organización.
Sin lugar a dudas, el hecho de que fuera una ambulancia de la Cruz Roja el primer vehículo en el que viajé cuando tenía apenas un mes, aquejado de una extraña enfermedad en el RH de mi grupo sanguíneo me ha hecho sentir miembro de la Organización desde siempre. Aquel trayecto, en brazos de mi abuelo, José Trujillo Pérez, Guardia Civil retirado, que asumía la coordinación general de Cruz Roja en la Asamblea de Las Palmas, me salvó la vida.
Con quince años, me enrolé como voluntario de Cruz Roja en la Asamblea de San Bartolomé de Tirajana. La filantropía me habitó, puedo decir ahora, desde entonces. Así, fui voluntario activo hasta los dieciocho años, edad en que tuve que viajar a Madrid para estudiar Derecho. Seis años estuve en la Universidad Pontificia de Comillas, en la que me licencié, y siete en total fueron los que viví en Madrid trabajando como abogado de empresas inmobiliarias. Nada en estos años me hizo sentir una grata evolución en mi desarrollo personal. Nada, exceptuando la poesía y los núcleos literarios que frecuentaba a menudo y que dieron en la publicación de mi primer poemario: “Mujer de agua” en el año 2005. Entiendo, que no es de suma importancia en este momento.
En ese mismo año volví a Gran Canaria para seguir desempeñando las labores de abogado en un grupo de empresas del mismo sector. Para ese entonces, ya había constituido la editorial Mar Futura de la que hablo en el currículum que les adjunto. Pasado un año de la tropelía empresarial, y viendo que flaco favor hacía a la ayuda humanitaria con la que siempre me identifiqué, conseguí un piso en donde, desde entonces, he estado acogiendo a inmigrantes indocumentados. Mi labor con ellos es sencilla: aprovecho los conocimientos legales que me dan mis estudios y les arreglo los permisos de residencia y trabajo sin ningún ánimo de lucro. Y así, cuando son económica y legalmente autosuficientes, les busco un piso de alquiler y capto a nuevos inmigrantes indocumentados.
A raíz de todo ello, y viendo la masiva llegada de cayucos y pateras, no dudé en ingresar en la ERIE de Gran Canaria con la que he vuelto a sentir que todo cobra sentido nuevamente.
Estimados señores, me piden ustedes mis motivaciones para entrar a formar parte de la Organización Internacional como personal contratado. Puedo decirles que mis motivaciones son fruto de una gran admiración hacia el señor Dunant y la labor que llevó a cabo creando esta ONG. Sin llegar al sentimentalismo, no es momento ni lugar para ello, puedo decir que, no ya solo porque me haya salvado la vida su filantropía envidiable, sino también por su generosidad de querer compartir la satisfacción personal que sintió en Solferino, y que no es otra que la que sentimos todos los miembros de la ERIE en el muelle de Arguineguín cada vez que recibimos un nuevo cayuco. Es esa filosofía de generosidad y entrega, en la búsqueda del alivio del sufrimiento ajeno la que me hace ver la situación internacional con mente fría y corazón prudente. Henry Dunant abrió una puerta a la esperanza y quiero hacer de mi vida una lucha por los ideales que él promulgó y ustedes mantienen gestionando la Organización.
Y es que, al fin y al cabo, creo fervientemente que no hay más solución para este mundo que la entrega a la humanidad y la lucha contra su sufrimiento. No creo en soluciones políticas de ninguna ideología, ya que, fuera de las discusiones dialécticas y la buena voluntad que profesan sus teorías, ninguna solución dan a la situación mundial. Lo entiendo, y por este motivo abandono todo fanatismo ideológico en una u otra línea. La mejor forma de contribuir es actuar, hacer las cosas bien pero hacerlas: “Labor Omnia Vincit” decían los romanos.
Permítanme resumir así todo ello en una frase que me repito a diario y que se ha convertido en mi modo de vida: “vivimos la vida que queremos vivir”. Y la única manera de hacerlo es aportando resultados que justifiquen los esfuerzos que hemos empleado para llevar a cabo lo que hacemos. La Cruz Roja ha demostrado una trayectoria intachable en su lucha contra el sufrimiento ajeno, por esa razón toco a su puerta, porque me siento parte del proyecto de Henry Dunant, y porque le estoy eternamente agradecido por haberme permitido saborear la satisfacción de una ayuda humanitaria seria, prudente y efectiva.
Les pido disculpas, señores, si estas palabras no se identifican con aquello que ustedes me solicitaban. Si fuera así, por favor, no duden en ponerse en contacto conmigo para satisfacer su petición. Si fuera de su interés hacer una entrevista personal, no tengo inconveniente alguno en viajar a Madrid a tal fin.
Si consideran tener en cuenta mi solicitud para ser delegado de Cruz Roja Internacional, estoy disponible para cualquier proyecto donde me necesiten, aunque el trato cercano con los subsaharianos hace que mis preferencias estén más vinculadas a África, o incluso Asia, por afinidad cultural.
Esperando sus noticias, y agradeciendo su atención y su labor, me despido,
Atentamente,
Narwhal Tabarca.
Nuevo Cayuco en Arguineguin.
Publicado el 13 mayo, 2007 Deja un comentario
Queridos amigos,
un nuevo cayuco llegó anoche al muelle de Arguineguin. Anoche, reitero, durante las fiestas del Tablero de Maspalomas. A veces siento que estos acontecimientos simultáneos y tan dispares, separados por una frontera débil, y sin embargo, dura como el diamante son una dolorosa demostración de que lo principal de este sistema no funciona. Así como el agua salada y la dulce se unen en los cenotes, pero jamás se confunden entre ellas, marcando una diferencia con la separación de la visibilidad a los ojos humanos, así, digo, unos nadan en aguas dulces, cubata en mano, y otros en agua salada, con la turbidez rodeándoles y la mudez sellando sus labios en la noche.
Sin embargo, hay gente dispuesta a cruzar estas fronteras entre la diversión y la filantropía. Gente que despide a los amigos durante estos momentos de
diversión y acude a la llamada de ayuda de quienes sufren.
No lo digo por mí, amigos míos. Lo digo por todos los compañeros de la ERIE. Y lo acontecido anoche avala mis palabras. Todos mis compañeros estaban disfrutando de la noche, todos recibieron el mensaje del CCA, todos, al fin, estaban allí arropando a los recién llegados.
Yo estuve, también, como parte de ese todo al que admiro, respeto y comienzo a amar. Necesito mantas, un té para este señor, espera que te echo una mano para cambiarlo, ¿necesitas algo?, gracias compañero, ¿alquien tiene guantes?, toma, ayudame a llevar a este hombre al hospitalito. Allí, las caras rasgadas por el dolor y el frío se topan con sonrisas amables y tratos cariñosos. Alguna broma para hacerlo llevadero, y, por supuesto, la diligencia del compañerismo humanitario haciendo mella en las fronteras de estos acontecimientos tan dispares.
Por cierto, estoy convencido de que la verdadera fiesta anoche estuvo en el corazón de todos los que recogíamos el hospitalito. Lo habíamos vuelto a hacer; no hay sastisfacción mayor que la de aliviar el sufrimiento de otro ser humano.
Gracias compañeros por estar ahí, gracias amigos por leerme.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
(nota: las fotos de este post no pertenecen al cayuco de anoche)


