Otra patera en el muelle de Arguineguin


 

Antes que nada, disculpen que no haya actualizado las fotos aún. Ayer estuve toda la tarde intentando descargarlas y tuve algún problemilla informático. Paciencia que ya están pronto 😉

Otra patera, compañeros, pero esta tiene nombre propio: Muruk. A las once y media de la mañana me llegó le mensaje del Centro de Control de la Cruz Roja. Desgraciadamente lo vi tarde, pero no lo suficiente para no poder echar una mano. Me parece irreal la vida, sinceramente. Acabo de llegar de vuelta a casa. Ellos han ido a la comisaría de policía para todo el trámite legal, y quería compartir con ustedes la experiencia.

Cuando llegué, el muelle estaba completamente tranquilo. La gente sentada en las terrazas, ajena al acontecimiento, la cofradía de pescadores de Arguineguín haciendo vida completamente normal, y al fondo una de las patrulleras del Servicio Marítimo de Rescate, naranja. El cielo estaba cubierto, y de vez en vez dejaba caer alguna gota. Hace unos 9 años que no asisto a un servicio de la Cruz Roja (estuve en Madrid y allí no pude dedicarles tiempo) y veo con estupor cómo las sensaciones siguen siendo las mismas de cuando era un adolescente rebelde*. Ver las carpas de la Cruz Roja, rodeadas de ambulancias y coches de la guardia civil y la policía nacional, mirarme el pecho y ver que yo también llevo la cruz roja y sentirme parte de todo aquello, de la humanidad y la vida misma.

Mi labor hoy ha sido escueta. Estoy verde después de tantos años, pero no insensibilizado. El inmigrante más sufrido se llama Muluk, es un chico de unos 19 años, extremadamente delgado y débil. Lo conocí mientras él descansaba en la camilla del hospitalito. Mirada noble, ojos evadidos y muerto de frío. Me hizo gracia que lo vistiéramos con la camiseta, los calzoncillos, el chándal y las zapatillas, como si fuera un niño pequeño. Luego me hice cargo de él. Lo llevé, casi en volandas*, a la ambulancia, en donde lo cargué casi en peso para introducirlo en ella. Tantos años han pasado ya desde que entré por última vez en una ambulancia que la sensación se me antojó realmente extraña y familiar al mismo tiempo. Lo recosté en la camilla, y lo tapé con mantas. Allí quedó, Muluk, al calor de la ropa límpia y las mantas, durmiendo como no lo había hecho desde que decidió jugarse la vida para venir a canarias.

Sí Muluk, esto es Las Palmas, le dije cuando me preguntó. Lo que no pude decirle es que en breve estaría de vuelta en su casa, en algún lugar de la miseria y el sinsentido.

¿realmente está ya todo inventado?

Un abrazo, compañeros.

Santiago Tabarca.

* Muchas gracias, mujer de cal, por las correcciones. No solo me lees sino que además te tomas el tiempo de corregirme. Te adoro.

3 comentarios el “Otra patera en el muelle de Arguineguin

  1. Bonita acción esa la de colaborar con la Cruz Roja. Y difícil y dura. Y sobre todo, humana.

    Que hay veces que parece que se nos olvida que son las propias personas las que detestan a otras personas.

    Que simplemente quieren vivir mejor.

    Como cualquiera.

    (este alegato salió así, disculpa)

    saludos Román

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  2. Las orillas se tocan con las manos, las orillas se tocan con los gestos. Las manos entrelazadas hacen de puente para que nos abracemos. Sobran las palabras cuando alguien decide que una frontera es igual a otra, y no hay paraíso imposible. Sólo queda el silencio del mar que se extiende como único riesgo, y obstáculo. Luego vendrá la tierra de espejismos extendiéndose a partir de los pies desnudos e impotentes. Gracias santiago

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