Cuento brevísimo.

 

Me he pasado cinco años esperando que me respondas. Desde que lo hiciste hace tres, estoy huyendo de tí: un perro que habla.

 (O mi intento de escribir el cuento más corto del mundo, compitiendo con el famoso de cuando se despertó el dinosaurio aún seguía allí -9 palabras, 41 letras-):

Huyó tres años desde que le habló su perro.

(9 palabras, 34 letras).

El mismo número de palabras, pero con 7 letras menos ¿he conseguido escribir el cuento más corto del mundo?

 

Un abrazo.

(Dedicado a Ica, ella sabe por qué)

He creado una nueva Categoría. Ahora recetas de cocina de la Mama.

 

Pues sí, queridos amigos. La curisidad no tiene por qué tener límites y ahora he decidido dedicarme también a la cocina. Y ¿qué mejor maestra que una madre?.

Hoy les voy a explicar cómo hace las lenjetas con chorizo. Les recomiendo que las prueben. No tienen nada que ver con las típicas lentejas que todos conocemos. Estas, además de ser las que he estado comiendo durante toda mi vida, son las mejores lentejas que he probado nunca.

Bueno, no se las voy a vender. Ustedes las prueban, si las quieren las comen y si no ya saben, se las comen igual que no está el horno para bollos, ni la economía para estar tirando la comida. Que los pisos están caros y la gasolina también.

Por cierto, la novela va viento en popa.

LENTEJAS DE LA MAMA

(para cuatro con chorizo.(30 min.)

Ingredientes:

1. Lentejas de las pequeñas las más pequeñas (3 cuartos de un paquete).

2. Dos o tres rodajas con chorizo.

3. Media cebolla

4. Un tomate

5. Tres dientes de ajo

6. Un chorretón de aceite

7. Dos o tres papas

8. Un cuarto kilo de calabaza

9. Una zanahoria (opcional)

10. Una hoja de laurel

11. Un chorrito de vino blanco.

12. Dos estarlux de carne.

13. Una pizca de sal (si es necesaria)

14. Pimentón

Preparación:

Se limpian y lavan las lentejas (se les quita las piedras). Se ponen en un caldero. Las lentejass, se le pone el aceite, la cebolla y el tomate picados. Los dientes de ajo partidos en láminas (a la mitad en 2 láminas), la hoja de laurel, el pimentón, el vino blanco, y el chorizo y la piña de maiz (opcional). Se remueve todo con el propio caldero, agitándolo. Se le pone agua fría hasta la mitad del caldero y se pone al fuego duro y el estalux (después del agua).

Cuando empiece a hervir se baja el fuego de la mitad para arríba, del 1-10, al seis o siete. Mientras se van pelando las papas, se parten en cuatro, según el tamaño (4 o 6 trozos). Se pela y pica la zanahoria y se trocea la calabaza.

Se le añade la zanahoria junto con la calabaza. Se deja hervir unos diez minutos y se le incorporan las papas al cabo de los 10 minutos. Se deja que se cocina removiéndolos de vez en cuando para que no se peguen las lentejas, hasta que esté apotajaíto o espeso, el tiempo depende de las papas.

Se prueban, si necesitan sal se le pone un poquito.

¡Que les aproveche!

Un fuerte abrazo.

Día 2. Primeras dificultades.

 

Estimados míos,

Después de mi decisión me he recluído un poco en mis ratos libres. Por la tarde, en vez de estar asistiéndo a las clases de filología, me estoy quedando en la biblioteca de la facultad para hacer mis tareas. Creo que de momento voy a buen ritmo. Ya he desarrollado el argumento y estoy bastante contento con el resultado. Creo que es muy defendible en la novela. He conseguido que tenga cierta complejidad. Un entresijo de relaciones bastante interesante que, bien explotadas, pueden terminar en una obra también interesante. Ahora, no es lo mismo tener la mejor harina del mercado que hacer con ella el mejor pan. Lo segundo es más complicado que lo primero, no me caben dudas.

Para reforar mis pocos conocimientos de cómo estructurar mi tiempo y mi mente para escribir una novela me estoy valiendo un una bibliografía muy interesante y la cual recomiendo:

1. Cómo ambientar un cuento o una novela. Ed. Alba

2. Cómo se escribe una novela. Héctor García Quintana. Ed. Berenice

3. Y los consejos de la revista Premura, que no están nada mal.

Aunque estos son los que estoy trabajando en estos momentos, tengo una larga lista de ellos que estoy deseando empezar a ojear esta semana. Entre ellos uno de Anton Chéjov, que se llama algo así como: premisas para un joven escritor: como se escribe un cuento.

El primero de ellos, el del ambiente en la narrativa me lo he leído hoy, y me parece bastante interesante. Me ha dejado muchas cosas claras y, además, me merece una reflexión. De la misma forma que, en un cuadro, el amarillo usado en una parte tiene que ser el mismo que se use en el resto del cuadro, para que no tenga tonalidades diferentes y guarde una unidad deseable, una novela tiene que tener muchos elementos en común que guarden también la misma unidad ambiental. Los personajes tienen que casar con los escenarios, sus formas de ser, sus profesiones, su cualidades, al fin y al cabo, tienen que guardar una estrecha relación con el argumento. Pero no solo eso, es imprescindible que lo hagan de una forma determinada. Un ejemplo. En la novela de Herman Melville: » Benito Cereno», según critiqué en su día, parece que siempre es de noche. Ese ambiente lo ha conseguido el autor mediante, no solo la descripción fantasmagórica y misteriosa de los barcos, sino también, mediante la misma forma de ser de los personajes, sus características físicas, sus registros a la hora de hablar, todo.

Ahora pasemos a la práctica. Les aseguro que no me está siendo muy facil que todo encaje a la perfección. Quizá la perfección no exista y tender a ella es como tender al infinito. No lo dudo. Pero si se marcha en esa dirección el camino es abrupto. Aunque tampoco dudo que sea gratificante una vez que se termine la obra y se compruebe que lo que se ha conseguido no difiere en exceso de lo que se pretendió al comienzo.

Bien, para no desviarme mucho del tema. Les contaba que ya el argumento lo tengo desarrollado y puesto en la puerta de la cocina. Seis folios llenos de flechas y cogidos al cristal con cinta adhesiva. A mi derecha he puesto, cosecha propia o manía añeja, un enorme cartel de tres folios apaisados en los que se puede leer: LABOR OMINIA VINCIT. Y justo debajo me he hecho un planning de la novela, para tener los plazos controlados. Si le funciona a los técnicos cuando están haciendo una construcción, a mi no tiene por qué no funcionarme para construir una novela.

Hoy me he metido de lleno en la caracterización de los personajes. En un principio había pensado crearlos de la nada, o hacer un compendio de personalidades de distintos conocidos. Pero luego me dí cuenta de que era prácticamente imposible e inevitablemente increíble. Por esta razón he ido seleccionando a personas reales con las que trato de forma cotidiana, para desarrollar sus personalidades en tres estudios diferenciados cada uno: Cómo es realmente, Cómo aparenta ser y Cómo le ve la gente. Estos tres prismas de la misma personalidad son necesarios, puesto que depende de las diferencias entre ellos un mismo personaje puede ser completamente lineal y pasar completamente desapercibido, o, por el contrario, puede ser abrupto, gráfico, físico e inolvidable en el futuro para el lector.

En fin, compañeros, aquí me encuentro, desentrañando personajes para la novela. Ya les iré contando que tal van yendo las cosas.

Un fuerte abrazo.

Sentimentalismos aparte.

 

 

FOTO: yo, observando un pecio

 

Ya va siendo hora de abrir las escotillas y que salga el sentimentalismo al mar abierto. No es facil reflotar un pecio, pero si no se hace nunca volverá a navegar. Así que he decidido olvidarme de las hazañas propias como sensiblero enervado hasta la médula, o fino de pacotilla o laína, sin remedio aparente. Nada obtengo llorando mis limitaciones por las esquinas, y tampoco preparandome eternamente para dar el salto hacia la ocupación. Estoy preocupado, puedo decir ahora, en ese intante preciso que existe antes de la ocupación. La única solución entonces será la ocupación, que es lo que queda después de suprimir el pre de la palabra: preocupación.

Eso es, me he fijado una meta: escribir una novela en un mes (un borrador digamos). Lo que quiere decir que si hoy es 26 de octubre de 2006, el borrador ha de estar acabado para el 26 de noviembre de este mismo año. Dejándome aconsejar por Recursos para Escritores, el plan de trabajo será el siguiente:

Día 1:

Cómprare algunas carpetas de anillas, cada una con su número de capítulo. 90.000 palabras (Medida aproximada de una novela de hoy) pueden parecer una gran cantidad, pero conseguir pequeños segmentos de 3.000 palabras, es un objetivo más realista.

Redactaré un pequeño resumen para cada capítulo y lo pegalo en la carpeta correspondiente. Usaré Post-it’s, por si tengo que cambiarlos de lugar.

Dibujaré un mapa con la línea argumental de la novela y lo pegaré en la pared al lado de mi escritorio.

Día 2:

Crearé los perfiles de mis personajes con tanta profundidad como pueda. Me divertiré. Procuraré ser creativo con los rasgos peculiares que los caracterizan. Inventare un pasado para ellos, incluyendo familia y amigos. Buscaré fotografías que me recuerden a ese personaje y las pegaré cerca de mi lugar de trabajo.

Día 3:

Añade las acciones que quieren realizar los personajes en los pequeños resúmenes que había pegado a la carpetas. Comprobaré que el argumento aún funciona. Empezaré a pensar en los pequeños detalles escénicos que darán vida a mi mundo de ficción.

Días 4 – 29:

– Acallando al corrector que llevo dentro me limítaré a encontrar tiempo para escribir.
– Me sentaré y rellenaré los detalles de esos pequeños resúmenes que ya tengo escritos.
– Me olvidaré de las expresiones, de la gramática y de los detalles escénicos. Sólo escribiré.
– Escribiré el esqueleto de la escena que me llevará de un capítulo al siguiente. Si me marco el objetivo de escribir 3.000 palabras al día, en 26 días tendrás el primer borrador de una novela completa. (según Torrente Malvido, Gonzalo Torrente Ballester escribía 8 folios todos los días)

Día 30:

Lo celébraré tomándome el día entero libre, con una caña bien fría.

REVISIÓN

Lo que tendré al final de este mes de trabajo es un borrador completo de una novela que necesitará mucha revisión.

Necesitaré volver al manuscrito muchas veces y añadir detalles, describir y corregir los escenarios y abrir los personajes de nuevo para darles profundidad y crear empatía con el lector. Corregir los errores gramaticales y expandir las escenas para clarificar los detalles son pasos necesarios… pero son pasos necesarios e ineludibles.

Aún así, la revisión no es lo mismo que la escritura creativa. Revisar un manuscrito completo me dará una enorme sensación de orgullo, de haber conseguido algo, y es, también, una gran herramienta para motivarme. No puedo revisar sin haber acabado la historia.

Dividiendo una tarea enorme, como la de escribir una novela, en pequeñas tareas más manejables, podré realmente escribir una novela en un mes.

Ya sé que todos estos pasos no son más que una paráfrasis en primera persona del link que he puesto a la derecha. Pero es una buena forma de motivarme. Cuando escribí «Krumen, euforia de reconciliación» (qué título más malo, por cierto) estaba dándole a las teclas durante dos horas diarias. Uno de mis principales errores es que siempre que terminaba la semana revisaba y corregía todo lo que había hecho. Avanzaba lento.

Tengo al menos cuatro novelas en el tintero. Elegiré una y ya les diré como me van yendo las cosas.

Un fuerte abrazo compañeros, deséenme suerte.

Por cierto, sky4you, el link de la derecha que está debajo del link de «Cómo escribir una novela en un mes» me ha parecido muy bueno. Si tienen un tiempo visítenlo, no tiene desperdicio.

Cuestiones vitales o simplemente Santi.

Estimados compañeros,

Hoy he estado en mi primera clase de filología hispánica. Es decir, hoy ha sido un gran día. Desde que tuve la edad para recibir el «¿qué quieres ser de mayor?», como quien está preparado para recibir la comunión o la confirmación, o el primer plantón amoroso, o la primera eyaculación, yo respondí sin dudarlo: «escritor». Tenía ocho años. Ya había escrito un cuento sobre los reyes magos de 8 páginas, con ilustraciones a todo color hechas por el autor. Los colores, como es de esperar, se daban la mano donde les parecía, y las figuras quedaban delimitadas por un trazo grueso para que se diferenciaran del desastre cromático. También había escrito para aquel entonces un poema a mi madre. La comparaba con una higuera y cada uno de mis hermanos era pues un higo. Luego con el tiempo supe que la única que tenía higo era mi hermana, y que nosotros, mi hermano y yo, debíamos ser algo así como el fruto de una platanera. Tal es la inocencia de un niño. Aprendí a leer a los seis años, como casi todos supongo. A los siete ya sabía defenderme con alguna frase que dejaba boquiabierto a cualquier adulto: mi mama me mima, mi tio toma tomate etc. Fue cuando terminé de aprenderme todas las letras del abecedario cuando me vi con alas suficientes para escribir cualquier cosa que se me antojara, excepto extrañas palabras como corn flakes, que, curiosamente se leían corn fleiks y otros misterios del mismo estilo. Sí, me preguntaron y dije «escritor», y algo se me acomodó en las entrañas, entre el intestino y el páncreas quizá. Me sentí seguro de mi desición, y me sorprendió no haber dominado ni la mente ni la lengua para pronunciar esa palabra. Tal automaticidad nada más escuchar la pregunta me hizo pensar que quizá aquello que se me había acomodado entre las tripas llevaba tiempo esperando dicha pregunta para eruptar la respuesta. Dije escritor y sin embargo no recuerdo cuando aprendí a sumar, ni a restar. No recuerdo mi primera clase de sociales, ni de naturales. No recuerdo nada más que imágenes sueltas de cuando estaba en clase de lengua y literatura. La primera novela que leí fue: Roby, Toby y el Aeroguatutú. Es fácil recordar cómo me impresionaba su grosor. Un libro de ese tamaño debía ser para los grandes. Recuerdo muy bien la sensación que tuve al acabarlo. Pensé que era el primer libro que me leía y, curisamente, desde entonces lo guardé y aún lo conservo. A los dieciocho lo releí y me sigue pareciéndo un libro excepcional para los niños. Pero como luego fue siendo cotidiano, aquello que tanto me entusiasmaba parecía no tener tanta importancia en la vida, ya saben a lo que me estoy refiriendo. Un niño tenía que saber jugar y memorizar los temas, por supuesto. Afortunadamente, pienso hoy, nunca fuí nada en los deportes. Nada de nada. Recuerdo que una vez jugué al futbol y marqué 5 goles. Uno de ellos en la puerta contraria. No bromeo. Desde entonces, cuando hacían capitán de uno y capitán de dos yo me levantaba antes de la última elección por una cuestión de dignidad. Cuando llegué a octavo de EGB sentí un crecimiento inexorable. Ya podíamos escribir con bolígrafo y, además, en folios completamente en blanco. Siempre recordaré a un buen profesor, el de literatura, don Jose Carlos Betancor. Que buen hombre, padecía una colitis ulcerosa agresiva de la que consiguió curarse con unas algas chinas que sabían a demonios. A él le debo la seriedad con la que afronto el fenómeno literario y la ilusión por la creación. Fue el alocutado de mis primeros relatos, algunos de los cuales rescaté con la memoria hace un año escaso, porque se apropió de los originales, y los he reescrito para introducirlos en el libro de cuentos en el que trabajo actualmente. Jose Carlos Betancor, un profesor que nos leyó un día un relato de un estudiante de 1º de B.U.P cuyo nombre era Mario. Recuerdo bien este detalle, porque mientras nos leía sus cuentos, yo solo pensaba en que quería que eso me pasara a mí algún día. Que leyeran mis cuentos a los más pequeños, como ejemplo. Supe entonces lo que era la admiración. No la había sentido ni por el doctor Flemming, ni por Thomas Edison, ni por Bell, y, sin embargo, ese sentimiento de querer ser otra persona, de andar su camino y aproximarme a sus metas traspasadas me fué descubierta por un alumno apenas unos meses mayor que yo, que se llamaba Mario. Habiéndola descubierto, octavo se convirtió entonces en el año del descubrimiento de un buen maestro: J.R.R. Tolkien.. En aquel entonces, en los recreos no permitían que nos quedáramos en el aula. Realmente, para la mente de un profesor, y para la de un niño incluso, no se comprendía bien que alguien quisiera permanecer en el aula durante los escasos momentos de libertad diaria. Yo me escondía para no salir. Fuera no hacía más que sol, y los cromos me aburrían, así como el futbol y los paseos por los rincones archiconocidos del recinto. Sin embargo, el Señor de los Anillos estaba esperando solícito mi acudida, a cualquier hora, para llevarme a mundos inimaginables de aventura y ensueño. Fue bonita mi reclusión y en ella entendí pronto que la mejor manera de admirarse a uno mismo era la de hacer lo que uno creyera conveniente, a pesar de las opiniones del resto. Yo me sentía bien leyendo. Y no pasó mucho tiempo para que en el aula fueramos unos siete, sentados a ras de suelo, escondidos bajo las mesas y con los libros en la mano, esperando que cerraran el pabellón para disfrutar de nuestro merecido silencio compartido, de lecturas y aventuras.

Pero no fué hasta el año siguiente cuando comencé mi primera gran empresa como escritor novel. Quince años, primero de BUP. Comencé el curso en Noklion Rd., Dublín. Asistiendo a clases en un colegio público prefabricado que tenía nombre gaélico: Colaiste Eanna. La soledad era ahora más prolongada. La familia que me habían asignado y yo no congeniamos nunca, y me recluí en mis palabras. Allí nació «Krumen, euforia de reconciliación», mi primera novela. Estuve trabajando en ella cinco largos meses. Descubriendo el arte de crear. Un amigo sacerdote y periodista me echaba una mano con el estilo, bendita paciencia la suya. De aquella novela llegué a tener redactados unos ciento sesenta y siete folios. Y aún me quedaba argumento para otros tantos. Me encantaba darme cuenta de que eran los mismos personajes los que me iban solicitando que la historia fuera por unos u otros lugares. Carreras, persecuciones, batallas. La influencia de Tolkien era evidente. Algún día les contaré lo que sucedió cuando me escapé de un internado en inglaterra para ir a ver su casa de Oxford.

Cierto día, ya de vuelta en Gran Canaria, me compré un ordenador portatil. Todo un ladrillo del doce. Introduje mi novela para estrenar la máquina (un disco de tres y medio, para los que se acuerden), y leí en la pantalla que el disco estaba vacío. Repetí la operación con las tres copias de seguridad restantes, y leí lo mismo. Hoy me queda la duda de si los discos fueron borrados por la máquina, o si Krumen y sus amigos decidieron emprender el camino hacia el mundo del olvido. A Krumen le debo la perseverancia, y la demostración de que es posible seguir escribiendo. Le debo también la lucha por el estilo, la elegancia y las formas, y además, una preciosa parte de mi adolescencia. Lo cierto de todo ello fue que, después de la decepción me aparté durante una buena temporada de la prosa y me aferré a la poesía, quizá fuera eso lo que necesitaba para seguir el camino literario.

Segundo y tercero de BUP estuvieron marcados por un espléndido profesor, Elias Artiles, el cual me transmitió su pasión por el conocimiento general. Curiositá, en palabras de Leonardo. Un profesor excepcional que luego a pasado a ser un buen amigo. Sabía de todo. Se afeitba con navaja, fumaba en pipa, era numismático, filatélico, llevaba gafas, usaba reloj de leontina, era un maestro de la papiroflexia. No hace mucho lo tuve que definir como un personaje artefáctico. Sé latín gracias a él. En sus clases éramos dos: enrique (mi compañero de doctorado) y yo.

Pero no fue hasta COU que pude conocer a Blas de Otero, a Machado, a Ruben Darío, a Wenceslao Fernandez Florez, a Pere Gimferrer, a los Panero, Unamuno, Ramón J. Sender,  Tomás Morales, en fin, a tantos como para darme cuenta que había perdido ya más de la mitad de mi vida por no haberlos conocido antes. Toda una lástima, y sin embargo, mi capacidad de admiración me sorprendió de tal manera que desde entonces nada me interesaba más que leerlos a todos.

La desición al acabar COU sobre lo que quería hacer con mi vida la tenía saldada desde los ochos años ¿recuerdan?, Quiero ser escritor. Pero cuando en mi casa comprobaron que ya no era una idea de niños, al parecer no hizo tanta gracia. Fui convencido, aún no sé bien cómo aunque posiblemente la frase: «tu estudias derecho y después estudias lo que te apetezca» tuvo algo que ver para que estudiara derecho en Madrid. ¿Otero, recuerdas algo parecido? ¿y tú Lorca? ¿y tú Brines? ¿y tú? ¿y tú? ¿y tú?. Al cabo de seis años estaba licenciado en derecho, preguntándome qué sentido tenía la vida y al borde de la depresión, supongo. Me libró de ella Rafael Alberti con la magnífica idea que tuvo de crear su fundación. De los ocho años que pasé en madrid, los dos últimos fui becado para asistir a los ciclos de Poesía Última en el Puerto de Santa María, desde entonces no he faltado ningún año. Así pude conocer a mis buenos amigos que hoy me vienen a visitar y a los que quiero con locura. Mis poetas queridos, mis compañeros poetas: Carlos Ávila, Sebastián Fiorilli, Juan Diego Ayala, Julio A. Espino, Gonzalo Escarpa, Espido Frerire, Miguel Losada, Enrique Albor (un poeta sin versos), Montse Cano, Marina Oroza, y tantos tantos tantos, que no sigo enumerando por miedo a olvidarme de alguno. En ese tiempo también fui socio fundador de la Academia de los Melancólicos del Ateneo de Madrid, con Miguel Losada y otros más y disfruté como un niño organizando eventos culturales en el Gran Hotel Canarias, ¿quien no recuerda la triple presentación de Oscar Aguado, Paco Sevilla y Octavio Ramos?, maravillosa. También publiqué mi primer libro: Mujer de Agua, con Ediciones Vitruvio, gracias Pablo.  Y me vine de vuelta a Canarias.

Algunas ideas voy sacando de la vida, compañeros, pero quizá las puedo reducir en dos: Vivimos la vida que queremos vivir y prohibido no ser feliz. La segunda tiene algo que ver con las frustraciones, la primera, además, con la determinación y las metas personales. No quiero morirme con una sola frustración, es la única manera de seguir sintiendome vivo y feliz. He acabado Derecho, y después de jurar en el Tribunal Supremo en Madrid, puedo decir que soy Abogado, de la misma forma que también puedo decir que no lo soy. Están en mi mano ambas aseveraciones y ninguna de ellas me lleva a ninguna parte . Sin embargo, desde que respondí con ocho años aquella frase, cada día me levanto de la cama y me pregunto: ¿soy escritor? y no consigo responderme. Le pregunté a Marcial Franco, a Leopoldo María Panero, a tantos otros… ¿qué tengo que hacer para ser escritor? y la respuesta ha sido siempre la misma: escribe. ¿Sobre qué? pregunté una vez, sobre tí, me respondieron, no tengo nada que decir, añadí…. Pues ¡coño,  escribe de eso!, fue entonces la respuesta.

Me he matriculado en Filología. Hoy 21 de octubre de 2006 he dado un paso adelante en la conducción de mi propia vida. Sigo luchando por lo de siempre y me doy cuenta que estoy volviendo a la senda que llegué a abandonar por una desición familiar. Ahora me toca a mí, así que sigo aprendiendo. Gracias compañeros, muchas gracias por leerme. No pienso parar. Y tal vez un día llegue un chico a preguntarme qué puede hacer para ser escritor. Y yo pensaré que no soy quien para responder, y le diré simplemente: escribir, sobre tí, aunque nada tengas que contar (me ahorro el coño).

Un fuerte abrazo amigos míos.