Concierto de Heliodoro y Jorge Santana en el Cuba Libro. Viernes 20 de abril.

 

Y como en abril aguas mil, ya sea que caigan del cielo, con forma de lágrima, o con forma de baba (cuando uno ve algo que le hace reventar de buena energía), o de vida, pues así se ha dicho.

Este viernes 20 de abril, el diluvio universal caerá en el Cuba Libro. Sucederá. Jorge Santana y Heliodoro, dos miembros de oro del Colectivo, están preparando ya el Arca de las emociones.

Será un conciertazo al que no podemos faltar, yo el primero. 

Por eso, espero poder abrazarles el Viernes 20 a las 22.30.

Reciban un adelanto de mi abrazo, recuerden mi sonrisa, sonrían aunque no haya máquina de fotos apuntándoles.

Santiago Tabarca.

«Benito Cereno». Herman Melville

 

» Benito Cereno sigue suscitando polémicas. Hay quien lo juzga la obra maestra de Melville y una de las obras maestras de la literatura. Hay quien lo considera un error o una serie de errores. Hay quien ha sugerido que Herman Melville se propuso la escritura de un texto deliberadamente inexplicable que fuera un símbolo cabal de este mundo también inexplicable»

JORGE LUIS BORGES. Biblioteca Personal.

A la hora de opinar acerca de esta obra, a todas luces rara dentro de la bibliografía de Melville, creo que es imprescindible hacer un pequeño parón en la oscuridad que inspira. En efecto, cuando se abre el libro y se comienzan a leer las primeras páginas, parece que la noche que viste de negro el paisaje que nos acecha desde la ventana es un artificio, y que la verdadera oscuridad nocturna se aloja toda dentro de las hojas en que nos adentramos. Melville recrea una historia aparentemente inverosímil, llena de dudas y de lagunas en la lógica de cualquier lector, pero desde la oscuridad de un barco, varado sobre las olas del mar, o bajo la noche desde sus camarotes misteriosos. No en vano Borges me la recomendó a través de su libro del que saco la cita que antecede a este texto. Una ficción de aparente inverosimilitud, fantasmagórica sin la menor mención a lo sobrenatural, y, al mismo tiempo, intrigante pero de dudosa sospecha. A lo largo de su lectura, es posible llegar a desconfiar de la humanidad, de uno mismo o incluso del propio libro que tiene entre las manos. Por momentos un atisbo de lucidez parece querer alojarse en el entendimiento, sin embargo, en el instante siguiente uno puede llegar a sentirse vulnerable e indefenso por haber bajado la guardia tan solo unos segundos.

Realmente la historia que se cuenta no tiene mayor trascendencia. Como es de esperar en Herman Melville, el mar tiene gran parte de protagonismo. Pero en este caso la gran ballena blanca se viste de otra guisa, para que intentemos descubrir cuánto en ella es traje de carnavales y cuánto es verdadera carne. Evidentemente no hay ballenas en Benito Cereno, pero desde el comienzo de este apunte decidí no hacer excesiva referencia a la trama, para no agüarle la fiesta a quien se asome a los bordes de este barco. Por eso, vengo obligado a usar metáforas y perífrasis, quizá con el ilusorio intento de recrear en parte el magnifico ambiente que crea el autor, aunque sea imposible hacerlo aquí.

Sea como fuere, estoy satisfecho de haberla leído. Podría asegurar, y aprovecho estas líneas para hacerlo, que es de aquellas novelas que leemos una vez en la vida, pero que luego, seguimos respirando su aliento ya para siempre. Si algo puedo hacer después de volver a tierra, es recomendarla.

Un fuerte abrazo.

Santiago Tabarca.

He abierto una nueva categoría dentro de la de "crítica literaria", sobre las obras de la biblioteca personal de Jorge Luis Borges.

 

Estimados compañeros,

allá por el año, hoy ya lejano, 1998. Alianza Editorial sacó a la luz un libro de Jorge Luis Borges denominado «biblioteca personal».Tuve ocasión de poseerlo gracias a Sebastián Fiorilli, quien me lo regaló en el más reciente 2005. En él, el autor hace una brevísima reseña de lo que, a su entender, han sido las mejores obras literarias que han pasado por sus manos y su lectura. Sin embargo, supe luego, este libro no era más que un resumen de un proyecto aún mayor. Jorge Luis Borges, con la colaboración de María Kodama, llevaron a cabo una recopilación de las obras recomendadas por el primero. Dicha colección fue publicada en Argentina. Dentro de mi humilde búsqueda del conocimiento, he ido haciendo acopio de varias de estar obras, con la intención de conseguirlas todas. Mi intención es dar, en esta nueva categoría, mi opinión personal de cada una de ellas.

A continuación, les dejo con las palabras de Borges que preceden a su nombrado libro y que explican claramente cuales son sus propósitos con esta hazaña:

A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.

La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Desdeo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Sé que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.

María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.

Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el nombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesus; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.

Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.»

                                              J.L. Borges

Algunos de los libros recomendados por Borges son los siguientes:

 

Franz Kafka
América.

Franz Kafka
Relatos Breves

Gilbert Keith Chesterton
La Cruz Azul y otros cuentos

Maurice Maeterlinck
La intelegencia de las flores

Henrik Ibsen
Peer Gynt.

Henrik Ibsen
Hedda Gabler

Leopoldo Lugones
El imperio Jesuítico

André Gide
Los monederos falsos

Herbert George Wells
La máquina del tiempo.

Edward Kasner y J. Newman
Matemáticas e imaginación

Eugene O´neill
El Gran Dios Brown

Eugene O´neill
Extraño interludio

Eugene O´neill
El Luto le sienta a electra

Aiwara no Narihira
Cuento de lse

Herman Melville
Billy Budd

Giovanni Papini
Lo trágico cotidiano

Giovanni Papini
El piloto ciego

Giovanni Papini
Palabras y sangre

Arthur Machen
Los tres impostores

Fray Luis de León
Cantar de cantares

Fray Luis de León
Exposición del libro de Job

Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad
Con la soga al cuello

Oscar Wilde
Ensayos y diálogos

Henri Michaux
Un Bárbaro en Asia

Enoch A. Bennett
Enterrado en vida

Claudio Eliano
Historia de los animales

Thorstein Veblen
Teoría de la clase ociosa

Gustave Flaubert
Las tentaciones de San Antonio

Marco Polo
La descripción del mundo

Marcel Schwob
Vidas imaginarias

George Bernard Shaw
César y Cleopatra

George Bernard Shaw
La comandante Bárbara

George Bernard Shaw
Cándida

Francisco de Quevedo
La Fortuna con seso y la hora de todos

Francisco de Quevedo
Marco Bruto

Eden Phillpotts
Los rojos Redmayne

Sören Kierkegaard
Temor y temblor

Gustav Meyrink
El Golem

Henry James
La lección del maestro

Henry James
La vida privada

Henry James
La figura en la alfombra

Heródoto
Los nueve libros de la historia

Honore de Balzac
La comedia humana

Honore de Balzac
Apogeo y decadencia de Cesar Birotteau

Rudyard kipling
Relatos

William Beckford
Vathek

Jean Cocteau
El secreto profesional y otros textos

Ramón Gómez de la Serna
Prólogo a la obra de Silverio Lanza

Selección de Antoine Gallard
Las mil y una noches

Robert Louis Stevenson
Markheim

León Bloy
La salvación por los Judíos

León Bloy
La sangre del pobre

León Bloy
En las tinieblas

Bhagavad-Gita
Poema de Gilgamesh

Juan José Arreola
Cuentos Fantásticos

David Garnett
De dama a zorro

David Garnett
Un hombre en el zoológico

David Garnett
La vuelta del marinero

Jonathan Swift
Viajes de Gulliver

Paul Groussac
Crítica literaria

Manuel Mújica Láinez
Los ídolos

Juan Ruiz
Libro de Buen Amor

William Blake
Poesía completa

Hugh Walpole
En la plaza oscura

Ezequiel Martínez Estrada
Obra poética

Publio Virgilio Marón
La Eneida

J.W. Dunne
Un experimento con el tiempo

Attilio Momigliano
Ensayo sobre Orlando Furioso

William James
Las variedades de la experiencia religiosa

William James
Estudio sobre la naturaleza humana

Snorri Sturluson
Saga de Egil Skallagrimsson

Franz Kafka
» el buitre»

Franz Kafka
«prometeo»

Paul Auster
La música del azar

Graham Greene
El americano impasible

Leon Tolstoi
Anna Karenina

Marcel Proust
En busca del tiempo perdido

Kenzaburo Oé
La presa

Marguerite Yourcenar
Cuaderno de notas

Herman Melville
Moby dick

Daniel Defoe
Robinson Crusoe

Goethe
Werther

Pierre Choderlos de Laclos
Las relaciones peligrosas

Manuel Puig
La traición de Rita Hayworth

Manuel Puig
Boquitas pintadas

Edgar Allan Poe
Manuscrito hallado en una botella

Honore de Balzac
«La pensión del desierto» (relato)

Henry James
Otra vuelta de tuerca

John Fowles
La mujer del teniente francés

John Dos Passos
Manhattan Transfer

Italo Calvino
Seis propuestas para el próximo milenio

Heinrich Böll
Aventuras de un macuto

Gustave Flaubert
Un corazón sencillo

He hecho memoria, y creo que ya había puesto alguna opinión acerca de algún libro, así que por ese empaceré:

Benito Cereno de Herman Melville. En el siguiente post volveré a publicar esa crítica ya publibicada por aquí.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Santiago Tabarca.

«Los Borgia». Mario Puzo

 

Algo parecido me sucedió, cuando entré en Los Borgia, a lo que me había pasado con el Nombre de la Rosa, solo que desde que acabé el libro, abrí la enciclopedia y me dí cuenta de que ya sabía infinitamente más sobre Cesar y Lucrecia Borgia que la somera descripción enciclopédica.

Desde la novela, Mario Puzo, me había explicado una parte de la historia del Vaticano y de lo que fueron los Estados Pontificios, de los excesos del Papa y los cardenales, incluso de la persona de Maquiavelo, a quien pude personificar, reforzando así el concepto que tenía de él de hombre frío, inteligente y falto de escrúpulos.

Realmete es una historia de la mafia. Posiblemente de la mayor y más influyente familia de mafiosos de la historia. Ello me mereció una reflexión. El Papa Borgia (el gran Don), aún siendo la cabeza visible de Cristo en la Tierra, y Señor (rey) de un reino como los Estados Pontificios, se ve obligado a salirse de un sistema cuyo máximo representante es él, en el cual no cree, para desarrollar su ley y su sistema de conductas paralelo. No cabe otra interpretación, creo entonces, que la de considerar al Papa Borgia como un enemigo de sí mismo, como Papa y como persona.

Sin embargo, pocas son las ocasiones en que se plantea este necesario conflicto. Son pocas, digo, pero suficientes. Después de la muerte de Juan, el Papa propone una reforma de la Iglesia de la que luego desiste: los intereses personales cobran importancia en detrimento de los de su pueblo, sus fieles y su religión. Pero, lejos de suponerle todo esto un trauma psicológico o existencial, asume los acontecimientos con descarada aceptación y consumado triunfo.

Por otra parte, siento cierta identidad con Cesar. Él tenía un problema real y un serio conflicto psicológico importante. El guerrero se veía obligado a orar. Más tarde, cuando cuelga los hábitos y se dedica a las armas, parece obtener la felicidad que siempre anheló. Algún día he de dejar de lado todo lo que me separe de mi camino (reflexiono ahora a raiz de todo ello) y dedicaré mi vida de lleno a mis armas: la literatura y la lucha social.

En cuanto al estilo, solo surge una palabra de mis labios, y con ella concluyo: Magistral.

(Tirajana, 6 de agosto de 2005)

 

Un abrazote, compañeros,

Santiago Tabarca.

Anoche estuve en la recepción de otro cayuco.

 

 

Queridos amigos,

Si alguno de ustedes pasó anoche por el Cuba Libro y lo vió cerrado, este fue el motivo. Recibí el mensaje del CCA sobre las 10.30 de la noche y salí para el puerto de Arguineguin. El dispositivo estaba ya montado cuando llegué, pero el cayuco estaba aún en altar mar. Entró en el muelle a la 1:15 de la madrugada.

 

 Era una barcaza de madera enorme. Quizá podría llegar a los 25 metros de eslora. Al principio me costó verla entre los brazos densos de la noche fría. Divisé primero las pinturas que la decoraban y que se presentaron como un Neptuno salido de las aguas del puerto. Miré donde debía, justo entre la patrullera de la Guardia Civil y la de Salvamento Marítimo. Dentro, había medio centenar de sombras que apenas se movía. 

 

 

Tan solo tres de los nuevos canarios, que estaban en la proa, se manejaban como marineros experimentados, lanzándole los cabos a los guardias para atracar donde debían. Hicimos una cola de voluntarios y fuimos recogiendolos de uno en uno hasta llevarlos a un lugar guarecido donde los ibamos sentando. Cuando hubo quedado vacío el cayuco, desapareció como llevado por una mano invisible. No lo volví a ver.

 Después de que fueran desnudados y vestidos con los chándales de la Cruz Roja, y habiendo recibido una bolsa con comida y un te caliente, iban pasando a una pequeña explanada entre las carpas donde Gustavo, Marcos y yo les ibamos haciendo las fichas médicas. Me senté con ellos en el suelo, nos reímos juntos, les pregunté de donde venían: «Mali, Burkina Faso, Libia, Senegal». Al principio parecían asustados, luego ya tuvimos una conversación más distendida por señas (la mayoría hablaba francés y tengo que aprenderlo).

Hubo uno de ellos que, mientras le miraba las heridas que traía cubiertas con una gasa sucia e incrustada, me ofreció el paquete de galletas que le habíamos dado. En su mirada solo había generosidad y agradecimiento. Como es lógico, decliné el ofrecimiento con una sonrisa, pero ya el me había dado algo mucho más importante: el recuerdo de su mirada amable. 

Eran exactamente 57 inmigrantes. Todos estaban bien de salud. Se marcharon en la guagua de la Guardia Civil. No los volveré a ver, supongo.

 La Guardia Civil estuvo impecable e incluso fue muy humana con los recién llegados. Dispensaron un trato exquisito y sería injusto no mencionarlo.

Queridos compañeros, el mundo es amplio y la verdad relativa. En la noche, aún hay sombras que sufren huyendo de una muerte anunciada.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Santiago Tabarca.

Para más información sobre la noticia entren en este link: El limpia farolas . Es el autor de las fotos. Muchas gracias Sergio por inmortalizar este momento.