Diario de un viajero, Senegal 2007 (video montaje)

Queridos amigos,

En mi sana intención de acercarles todo lo más posible a Senegal, a través de las fotografías, los textos y el documental que ya Cesar Bakken está montando en Madrid, he decidido hacerles este video montaje.

Debido al tamaño, he tenido que partirlo en dos partes: Diario de un viajero I y II. Ambas las pongo a continuación.

Espero que les gusten. Suban el volumen del ordenador.

Diario de un viajero, Senegal 2007. Parte I

Diario de un viajero, Senegal 2007. Parte II

Espero que todo esto valga de algo. En estos días seguiré transcribiendo el diario de viajes.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Narwhal Tabarca.

Senegal IV

Justo antes de venir a Senegal, recopilamos opiniones de muchos que ya habían estado aquí. Entre ellas – la mayoría muy catastrofistas- recuerdo una que aseguraba a capa y espada que la guerrilla de Casamancé había terminado. Mientras escribo, a escasos cincuenta metros a mi izquierda hay un puesto militar de resistencia contra los rebeldes, a mi derecha, a unos cien metros hay otro.

Para llegar aquí, hemos sorteado barricadas en las carreteras, preparadas por los controles militares para sofocar la guerrilla. Y muchos recuerdan aquí como un hecho muy reciente, cuanndo los rebeldes entraron en Bignona.

La guerra aquí no ha terminado. Sigue en la selva, en la carretera cuando el sol ha caído y aún hay campos de refugiados en Guinea Bissau, llenos de Senegaleses que han huído de ella dejando atrás todas sus pertenencias.

Llegados a Bignona, Cons me pidió que le acompañara a la radio donde trabaja para hacerme una entrevista de concienciación sobre los cayucos que llegan a España. Fue un momento muy emotivo. Después de mis palabras a aquel micrófono con alcance indescifrable, comenzó a llamar la gente por teléfono agradeciendo mis palabras y pidiendo repuestas a preguntas desgarradoras.

Cuando salimos era la noche cerrada. Las calles, iluminadas por la tenue luz de escasas farolas, quedaron en absoluta penumbra de repente. La luz se había ido, la radio había dejado de emitir y el pueblo entero secundó la noche dentro de sus casas. Esa misma noche escribí unas palabras en este cuaderno. Estuve escribiendo hasta caer rendido.

Senegal III (principio del resumen del viaje a Casamancé)

 

Hace ya unos días que no escribo en estas páginas. Y es que es complicado hacerlo a la luz de una vela, sin mesa siquiera.

Desde que hemos llegado a la región de Casamancé, todo ha cambiado bastante. Había escrito que no sabía que era lo que nos esperaba en el aeropuerto, y ahora lo sé: un hombre agradabilísimo, amante del amor, de la paz y del respeto: un rasta, DJ Brother Cons.

Desde el aeropuerto, primero fuimos a Kafuntine, un pequeño pueblo costero cercano a Gambia, que descansa en la desembocadura de un río precioso. Allí, nos quedamos esa noche en casa de Aziz, junto al río.

Aziz es un hombre callado. Un chico más que un hombre, o un hombre más que un chico; aún no lo tengo claro. Pero es callado, observador y tremendamente prudente. Nos acogió en su casa cuando aún no habíamos templado nuestros cuerpos a tanta novedad.

La región de Casamancé (casa du Mansé o la casa del rey, en criollo) es eminentemente selvática. Grandes extensiones verdes plagadas de palmeras, monos, baobas y otros animales y plantas que no conozco, acompañan las carreteras alfaltadas (las menos) y los caminos de tierra, que son la mayoría.

En Kafuntine dormimos la primera noche. Y efectvamente, era la primera noche que dormía bien desde que llegué, y lo hice en un cuarto sin luz eléctrica y con dos personas de aquí (Cons y Aziz).

Fue una sensación peculiar. Acostumbrado como estoy, a atender a esta gente cuando a lomos de un cayuco se convierte en estadísitica de la inmigración ilegal, esa noche me sentí uno de ellos y recapacité acerca de sus vidas y sus costumbres antes de quedarme dormido.

A la mañana siguiente partimos hacia Bignona. No sin antes haber aprovechado la ocasión para gozar de este lado del Atlántico y grabar algunas entrevistas a chicos que quieren partir en cayuco.

 

A estos los conocimos en una obra. Y allí les entrevistamos, en una casa a medio construir, que no habitará ninguno de ellos, trabajando por un precio que no les dará la posibilidad nunca de comprarse cualquier otra.

Cada obrero cobra 1000 francos Ceifa al día, es decir, 1,5€. Como referencia diré que un pan cuesta aquí 100 francos Ceifa.

Como dije antes, después de todo ello partimos a Bignona.

Senegal II

 

(Avioneta de Dakar a Ziguinchor)

Hemos dejado atrás la ciudad de Dakar. Nos dirijimos ahora a la ciudad de Ziguinchor donde nos debe estar esperando Cons, el amigo de Naya que vive en Bignona.

Me parece todo un poco extraño. Naya me había dado el teléfono de este amigo suyo. Esta mañana lo llamé. Me lo cogió un chico a quien no conocía y quien tampoco conocía a Cons. Llamé a Naya de nuevo y confirmé el teléfono. El número, al parecer, está bien. Me dijo que no nos preocupáramos.

No me cuadra en absoluto que esta persona que me atendió en el número de Cons aseguró estar en Dakar y no en Casamancé. Nada parece tener sentido pero África me va enseñando que la improvisación y el dejarse llevar son muy importantes. No sé qué nos encontraremos en el aeropuerto, pero estoy seguro de que sea lo que sea estará bien.

 

(Bignona, ya perdí la cuenta de los días, junio de 2007)

Escribo a la luz de una vela, acostado sobre un colchón de gomaespuma roído tirado en el suelo, en una casa cuyo retrete es un agujero en el suelo lleno de cucas. Llevo más de tres días sin ducharme y estoy sudando como un pollo en un asador. Y, sin embargo, me siento feliz. Feliz de hacer lo que hago, de estar aquí, pero sobre todo feliz porque hoy pasará a mi historia personal este día como aquel en que hablé en una radio Senegalesa para ayudar a concienciar a la gente de los peligros de los viajes en cayuco.

Después de la entrevista, que fue toda en inglés, la gente llamó para preguntarme cosas y me dieron las gracias por los consejos. No se si habrá valido para algo, pero me siento feliz de pensar que, al menos, he disuadido a uno de los que el destino le había otorgado una de sus muertes.

(…)

Fue hace apenas unas horas cuando escribía desde la oscuridad de Bignona. Hoy me he despertado a las 7 de la mañana. A mi lado, una gallina me observa con su pollito entre las patas. De fondo, el canto del gallo que interrumpe lo que parecen rezos retransmitidos por la radio.

(apunte escatológico)

No es facil, en absoluto, hacerse del todo a una cultura nueva. He llegado a Senegal con todas las puertas abiertas para que Africa entre en mí con todo su esplendor. Sin embargo, es dificil tirar del cuerpo hacia esta novedad que tanto anhelo. Llevo sin ir al baño más de tres días, y ahora escribo sobre uno «babilon system», como dicen aquí para referirse a occidente.

(…)

Hasta estas palabras hemos estado en Dakar, Zighinchor, Kafontine, Bignona y ahora Cap-Skirrin. Estoy en el furgón que nos llevará ahora a Alankin, en donde seguiremos buscando historias y experiencias de senegaleses ligados al fenómeno de los cayucos.

Senegal I

1 de Junio (En el avión rumbo a Madrid).

Este viaje que hoy comienzo es distinto a otros. Me siento extrañamente cómodo con este proyecto. Siento que mi cuerpo o mi espíritu están perfectamente preparados para afrontar este reto. Es como si ya lo hubiera hecho antes en mil ocasiones, como algo cotidiano a lo que estoy reflexivamente acostumbrado. De momento, tan solo conozco de África: Marruecos, Ceuta y Melilla, Túnez y Mauritania.

2 de Junio (En el avión Madrid-Dakar).

He perdido la noción del tiempo. No me traje el reloj y tengo el movil apagado. César tampoco tiene hora y realmente ni siquiera sé cuanto tiempo llevamos de vuelo (ni mucho menos lo que falta para llegar).

Sí se que anoche dormí poco y que esta mañana me desperté a las 8 para recoger el avión a tiempo. Bakken estaba ya en el aeropuerto cuando llegué. Nada en especial que mencionar hasta llegar al avión, salvo que me sigue invadiendo la misma sensación de comodidad que describí ayer.

(… por la tarde, en una playa de Dakar)

 

 

Atraviesa el cayuco de pescadores

la nada solitaria,

como una botella a la deriva

sin mensaje.

Sobre él danza alegre, oteante,

un bando minúsculo de gaviotas.

Tres siluetas a contraluz

cuando atraviesa la lengua fría del sol

sobre el océano atlántico.

Sobre la costa observa una mujer

de camiseta azul y torso de caoba,

el movimiento sin compás

de los herizos

en un barreño de plástico cualquiera,

que se dejaron poseer por sus manos

de arena y roca.

Senegal,

la belleza debe cambiar de nombre

cuando hablo de tí;

el piar de los pájaros

el mismo piar que dejé en mi tierra

cuando quise olvidarme de todo

y, sin embargo, pronunciado por otras gargantas

de raras especies.

El mismo piar, pero más vivo.

Las rocas que bañan este único océano que nos iguala

y nos acerca como un puño igualitario

al que el valor del hombre se abandona

cuando vivir se convierte  en soñar

sobre sus dedos hacia otra vida,

descosido antifaz de un vecino mudo y sin nombre

ni ojos apenas, ni mano de ayuda tendida a los náufragos

hambrientos de la noche helada.

Estas rocas que bañan el océano único

tienen algo de vida

tienen algo de muerte

en sus entrañas,

Y tú no dices,

permites que sea el llanto del hombre

que saltó a tu desierto y no quiso volver

sobre sus pasos mojados

quien me cuente este secreto.

 

3 de junio (en Dakar)

 

Ayer tuve muchos pensamientos encontrados. Cuando llegamos al aeropuerto teníamos que preguntar por Simón (el guía que habíamos contratado desde España), pero fue imposible dar con él.

Un chico llamado Alí se nos acercó en su lugar. Dijo ser amigo de Simón y que éste volvería en un rato porque había salido del aeropuerto a hacer una gestión, pero volvería en breve. Así que nos sentamos con él a charlar.

Yo saqué el cuaderno y le enseñé algunas fotos del ERIE que había grapado en sus hojas. Noté un cambio sustancial en su expresión. Me observó con detenimiento, mudo. Me dió las gracias y me ofreció cambiar dinero. Yo asentí.

En pocos minutos estábamos subiendo unas escaleras, él me cogía la mano como si de mi hermano mayor se tratara. Me llevó a una tienda lóbrega y pequeña, llena de telas. Entre ellas había un hombre gordo, vestido de chilaba. El chico Alí me pidió 310€ y no sé por qué se los dí. Algo me hacía estar tranquilo. Me cambió el dinero, me lo dio y cogido de mi mano me volvió a llevar donde estábamos en un principio.

Al final nos enteramos de que este chico no conocía a Simón. Todo había sido una farsa con fraudulentos intereses, y, sin embargo, el hombre a quien me había llevado para cambiar dinero no me cobró comisión alguna.

Cuando nos despedimos de Alí, me volvió a mirar con la misma muda expresión de antes. Me volvió a dar las gracias señalando a mi cuaderno. Luego sonrió.