Senegal I


1 de Junio (En el avión rumbo a Madrid).

Este viaje que hoy comienzo es distinto a otros. Me siento extrañamente cómodo con este proyecto. Siento que mi cuerpo o mi espíritu están perfectamente preparados para afrontar este reto. Es como si ya lo hubiera hecho antes en mil ocasiones, como algo cotidiano a lo que estoy reflexivamente acostumbrado. De momento, tan solo conozco de África: Marruecos, Ceuta y Melilla, Túnez y Mauritania.

2 de Junio (En el avión Madrid-Dakar).

He perdido la noción del tiempo. No me traje el reloj y tengo el movil apagado. César tampoco tiene hora y realmente ni siquiera sé cuanto tiempo llevamos de vuelo (ni mucho menos lo que falta para llegar).

Sí se que anoche dormí poco y que esta mañana me desperté a las 8 para recoger el avión a tiempo. Bakken estaba ya en el aeropuerto cuando llegué. Nada en especial que mencionar hasta llegar al avión, salvo que me sigue invadiendo la misma sensación de comodidad que describí ayer.

(… por la tarde, en una playa de Dakar)

 

 

Atraviesa el cayuco de pescadores

la nada solitaria,

como una botella a la deriva

sin mensaje.

Sobre él danza alegre, oteante,

un bando minúsculo de gaviotas.

Tres siluetas a contraluz

cuando atraviesa la lengua fría del sol

sobre el océano atlántico.

Sobre la costa observa una mujer

de camiseta azul y torso de caoba,

el movimiento sin compás

de los herizos

en un barreño de plástico cualquiera,

que se dejaron poseer por sus manos

de arena y roca.

Senegal,

la belleza debe cambiar de nombre

cuando hablo de tí;

el piar de los pájaros

el mismo piar que dejé en mi tierra

cuando quise olvidarme de todo

y, sin embargo, pronunciado por otras gargantas

de raras especies.

El mismo piar, pero más vivo.

Las rocas que bañan este único océano que nos iguala

y nos acerca como un puño igualitario

al que el valor del hombre se abandona

cuando vivir se convierte  en soñar

sobre sus dedos hacia otra vida,

descosido antifaz de un vecino mudo y sin nombre

ni ojos apenas, ni mano de ayuda tendida a los náufragos

hambrientos de la noche helada.

Estas rocas que bañan el océano único

tienen algo de vida

tienen algo de muerte

en sus entrañas,

Y tú no dices,

permites que sea el llanto del hombre

que saltó a tu desierto y no quiso volver

sobre sus pasos mojados

quien me cuente este secreto.

 

3 de junio (en Dakar)

 

Ayer tuve muchos pensamientos encontrados. Cuando llegamos al aeropuerto teníamos que preguntar por Simón (el guía que habíamos contratado desde España), pero fue imposible dar con él.

Un chico llamado Alí se nos acercó en su lugar. Dijo ser amigo de Simón y que éste volvería en un rato porque había salido del aeropuerto a hacer una gestión, pero volvería en breve. Así que nos sentamos con él a charlar.

Yo saqué el cuaderno y le enseñé algunas fotos del ERIE que había grapado en sus hojas. Noté un cambio sustancial en su expresión. Me observó con detenimiento, mudo. Me dió las gracias y me ofreció cambiar dinero. Yo asentí.

En pocos minutos estábamos subiendo unas escaleras, él me cogía la mano como si de mi hermano mayor se tratara. Me llevó a una tienda lóbrega y pequeña, llena de telas. Entre ellas había un hombre gordo, vestido de chilaba. El chico Alí me pidió 310€ y no sé por qué se los dí. Algo me hacía estar tranquilo. Me cambió el dinero, me lo dio y cogido de mi mano me volvió a llevar donde estábamos en un principio.

Al final nos enteramos de que este chico no conocía a Simón. Todo había sido una farsa con fraudulentos intereses, y, sin embargo, el hombre a quien me había llevado para cambiar dinero no me cobró comisión alguna.

Cuando nos despedimos de Alí, me volvió a mirar con la misma muda expresión de antes. Me volvió a dar las gracias señalando a mi cuaderno. Luego sonrió.

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