Nuevo Cayuco con 42 inmigrantes.


 

Queridos amigos,

Hoy me he despertado con agujetas en todo el cuerpo. Ayer lunes esperábamos un cayuco a las 12.oo del medio día. El mensaje me había llegado el domingo por la noche. A veces suceden estas cosas. De repente el mensaje es tremendamente urgente, como aquel que avisaba del cayuco anterior, y, en ocasiones como esta lo sabemos con más de 12 horas de antelación.

En este caso íba más tranquilo porque se nos había dicho que estaban en buen estado. Un detalle avalaba este comentario ya que el cayuco había sido atendido con anterioridad por el buque-hospital “Esperanza del Mar”, el cual había recogido a los cuatro inmigrantes más graves (desgraciadamente uno de ellos murió de hipotermia).

Mientras tanto, nosotros desayunábamos en la gasolinera. Habíamos repostado todas las ambulancias y los vehículos de transporte. Tal era nuestra tranquilidad y tánto agradecíamos que en esta ocasión tuvieramos tiempo más que suficiente para preparar el dispositivo.

La ERIE no es solamente el cuerpo de la Cruz Roja que sale en las fotos y en televisión haciéndose cargo de los primeros auxilios de los inmigrantes a su entrada en Canarias. Hay mucho trabajo antes y después de lo conocido. Descargamos containers de cajas con ropas y comidas, preparamos las bolsas de galletas, agua y zumos, hacemos los grandes termos de té, preparamos las ambulancias y el material sanitario para las curas y las intervenciones primarias, montamos las carpas y las desmontamos cuando ya todo ha pasado, y tantas muchas cosas que no se ven.

Cuando llegó el buque de salvamento “Punta Salinas”, hicimos una cadena a pie de muelle para comenzar el desembarco. Comprobamos cómo todos estaban ya vestidos con los chándales secos de las bolsas de la Cruz Roja, que se entregan al “Esperanza del Mar” para estos casos. Entonces comprobamos que, efectivamente todo apuntaba a que sería un cayuco facil. Con la ayuda de la Policía Nacional y la Guardia Civil (cada vez me sorprende más su entrega a esta causa humanitaria) fuimos conduciendo a los inmigrantes a la carpa. Hacía un sol de perros, el sudor me caía sobre las cejas y, en más de una ocasión, sorteaba la natural barrera y acababa dentro de los ojos. Alguno de ellos venía especialmente débil pero, a diferencia de los cayucos que han llegado en estos días de noche, no había ninguno con síntomas de hipotermia, y esto es de agradecer.

Ya todos los que se podían sostener en pie tenían sendas bolsas con provisiones. Los más débiles estaban siendo atendidos en el hospitalito y Marcos y yo habíamos empezado a hacer las fichas, confiados en que estaban bien. En ese momento saltó la alarma en el hospitalito, debajo de los chándales y los zapatos, los inmigrantes albergaban tremendas llagas, quemaduras dolorosas, hinchazones sospechosas no tratadas por médico alguno. Las ropas las llevaban pagadas a las heridas. Se nos advirtió, rehicimos las fichas (habíamos confiado demasiado en su buen aspecto físico – los chándales son bonitos, supongo- ) así que fuimos revisándo los cuerpos, levantando los pantalones y las chaquetas, inspeccionando pies, brazos, piernas, traseros. Las sospechas eran ciertas. No era, en absoluto un cayuco sencillo.

Cuando acabamos las fichas entré en el hospitalito y ofrecí mi ayuda. Hice varias curas de casi cuerpo entero. Hubieron momentos en que nos sentíamos desbordados, cuantas más curas habíamos hecho, más parecían que quedaban por hacer. Cuando creíamos haber terminado con uno, se quejaba de otro dolor en alguna parte del cuerpo que descubríamos y con estupor veíamos nuevas llagas peores a las ya atendidas. María, la doctora, me decía cómo debía de proceder, ahora antibióticos, para esta rozadura solo vaselina líquida, aquí pomada. Vi heridas que no puedo referir por su crudeza, y, sin embargo, quienes las portaban las sufrían con un silencio y una paciencia indecibles.

Después de varias horas, cuando hubimos terminado y ya desmontábamos las carpas, la guaga de la Guardia Civil se  llevó a todos menos a dos a la comisaría de Las Palmas. Los dos que quedaban atrás estaban tan heridos que los trasladamos nosotros en las ambulancias. En una iban Ángel (conductor) y Jose Luis (sanitario). En la otra la conductora era Nally, el sanitario, yo.

Quien conoce la isla sabe que desde Arguineguín hasta Las Palmas de Gran Canaria hay una hora de viaje, aproximadamente. Una hora que pasé observando a mi paciente mientras dormía. En ese momento pensé en su familia, en su madre, en sus abuelos. Me pregunté si tenía hermanos. Imaginé los abrazos, los llantos, los miedos en su despedida, cómo aquellos a quienes dejaban atrás vieron el hambre con el que se los tragó la noche, bailando sobre las olas, en un silencio cargado de miedos y dudas.

Me sorprendió ver cómo de un gran amuleto de cuero que traía enrollado a la cintura, pendían lo que parecían pequeñas piedras blancas y cuadradas. Cuando me acerqué a verlas mejor, mi sorpresa fue mayor aún. Se trataba, lejos que lo que había pensado, de papeles doblados y forrados con cintas adhesiva. Me pareció comprobar que alguno traía algo escrito por dentro y entonces supuse que se trataría de palabras de apoyo y esperanza de sus más queridos. ¿Harán rituales religiosos para que les acompañen los buenos espíritus?.

Sea como fuere, cuando llegamos a la comisaría lo desperté. Sacamos la camilla, los trasladamos a una manta preparada para él en la comisaría y nos fuimos. Las pomadas que le habíamos aplicado harán que hoy, un día después, los dolores hayan remitido considerablemente y la cicatrización se haya acelerado.

Queridos amigos, este fin de semana han sido 131 personas llegadas a nuestras manos, y 4 fallecidos. Les invito a que hagan algo, imaginen una fiesta, un asadero, lo que sea, de 131 personas que conocen, a quienes han abrazado alguna vez, 131 personas que les han besado en las mejillas, quizá. Cada uno de estos 131 inmigrantes supone alguien así para otro alguien en este mundo – lo dicen aquellas palabras guardadas con celo (de ambos tipos) en la intimidad de sus cinturas. Imaginen entoces lo que supuso la muerte de los 4 desafortunados.

Del cayuco anterior se dijo en la prensa que, de los tres fallecidos, dos eran hermanos. No se dijo, sin embargo, que aún tenían otro hermano que llegó vivo. Aún resuenan en mi mente sus llantos desesperados mientras los abraza en una fría, nocturna, fugaz despedida.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Narwhal Tabarca.

3 comentarios el “Nuevo Cayuco con 42 inmigrantes.

  1. leyéndote las cifras se convierten por fin en personas…qué tragedia más grande la de los inmigrantes en pateras y qué gran labor la que lleváis a cabo los voluntarios

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  2. Como decía Dulce María Loynaz, “la tierra se va cansando, el corazón quiere sombra”(..) hay dias que no deberían existir en ningún almanaque del mundo…y solo ser un breve reintegrarse a la nada tibia”

    Gracias Santi

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  3. Gracias a ti Marga, dentro de poco podremos compartir estas experiencias como compañeros. Ha sido una suerte conocerte estos días. Desempeñarás una labor envidiable, confía en mí, en tí, y en la capacidad que tiene toda persona de ayudar a sus iguales.

    Gracias también a tí olweis. Desgraciadamente se me hace tan dificil que puedan estas personas llegar a ser cifras que prefiero casi ni pensarlo. Gracias por tu apoyo, compañero.

    Reciban mi abrazo y mi sonrisa,

    Narwhal Tabarca.

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