Recurrencias.


(ejercicio matinal 04-03-07)

 

La misma playa de siempre, con sus cuevas, su arena negra y su misterio. La que siempre vuelve sin avisar, anoche estuvo aquí, de nuevo. La noté cambiada esta vez y no encontré la entrada a sus entrañas. Quizá fue mi intención de compartirla a un desconocido a quien no recuerdo ahora con nitidez. Sin embargo hubo otra casa, y, por consiguiente, otro misterio nuevo. Aparentemente una casa normal, con extrañas energías que me asustan, eso esí. Está ubicada en una explanada en lo alto de una montaña costera. Desde alguna parte pude ver el acantilado sobre el que reposa. En él descubrí nuevas grutas, esta vez como ventanas de una misma habitación natural excavadas en la roca, y sentí, como siempre, la necesidad de descubrir su misterio indescifrado aún.

Al entrar en la casa todo parece normal. Pero es al fondo, después de haber atravesado todas las paredes por sus puertas, cuando encontré una de color azul grisáceo que también abrí. Detrás había un cuarto parecido a un ático de madera, con la salvedad de que está dentro de una gran hendidura en la roca, una inmensa cueva desconocida para mí hasta la fecha, y por ende, un nuevo objeto de descubrimiento abrumador. Bien analizado, se corresponde con la parte alta de la proa de un barco, digamos un clipper o una carabela enorme. En la zona del timonel, que es a donde da la misteriosa puerta, encontré, incluso, un timón. Al girarlo a la derecha (no se bien si es importante este detalle), se abrió una trampilla que no había visto entre los listones de madera del suelo. Miré el hueco que quedó después de ello: una estrecha escalera vertical se perdía en la oscuridad de lo profundo, y alrededor, cabos, listones de madera, un primer sótano bajo mis pies, o un descansillo al que bajé. Estaba solo, quien me acompañara no había encontrado la entrada hacia tan peculiar ático y, creo que me esperaba en la casa, buscando algo, supongo. Yo, en el primer sótano no encontré más que la desesperación por descifrar este misterio recurrente. Lo cierto es que no tuve valor para seguir bajando, algo me lo impide. Subí nuevamente por las escaleras y salí del barco hacia la casa. En el recuerdo me atormenta la imponencia de la altura de la cueva. Entre mi cabeza y el techo de la cueva hay poco espacio, apenas unos diez metros, sin embargo, bajo mis pies siento que hay más de cien metros de profundidades y misterios. Me asomé por un lado de la plataforma del timonel, y antes encontré la oscuridad allá abajo que cualquier otro misterio. Salí, finalmente, hacia la casa. Allí encontré nuevamente a mi desconocido acompañante a quien no tuve valor de proferirle cuanto había visto. Siento la necesidad de intuir mis secretos en lugar de contarlos abiertamente. La misma necesidad de que vayan experimentando mis descubrimientos poco a poco. Siento, al fin y al cabo, que todos estos misterios son algo mío de manera exclusiva, y que no todos tienen capacidad para hacerles frentes a la ligera. Pero volvamos a la playa, que fue exactamente lo que hice con este fiel acompañante sin rostro.

Recordé que en otras ocasiones había accedido al paraje misterioso por medio de una cueva que reposaba sobre la arena. Una pequeña hendidura que sería capaz de reconocer con solo verla. Desde donde estábamos debíamos andar a la derecha. Llegado a este punto diré, eso sí, que en otras ocasiones la playa estaba desierta, no como ahora, que era necesario ir esquivando a niños, mujeres, hombres vestidos de bañador y disfrutando de las olas. Al llegar al acantilado de rocas donde debía estar la entrada ví, con sorpresa, que no hay nada más que nuevos comercios de ropa. La arena de la playa cambia su aspecto y se torna adoquines que dan la bienvenida a una callejuela llena de terrazas y de mesas con sendas velas. Doy media vuelta y sigo buscando la cueva en vano. Algo ha cambiado en todo esto, y sin embargo, tengo la extraña sensación de que siguen habiendo accesos para llegar al corazón de los misterios. Debo encontrar de nuevo la casa deshabitada en la explanada y llegar al barco, donde accionar nuevamente el timón para bajar, ahora sí, y como siempre en solitario, hasta la base de la noche. Algún día tendré valor de hacerlo, pero solo será cuando decidas llevarme nuevamente a este escenario.

Aún quedan otros misterios, también, que resolver. Yo, estoy en tus manos expectante.

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