la cucaracha, la cucaracha…
Publicado el 3 marzo, 2007 2 comentarios
Al principio las cucarachas estaban todas en el jardín, y yo, con otra gente, dentro de la casa. Algo habíamos ido a hacer a aquella casa y descansábamos distribuidos en grupos de 3 o 4 personas en las habitaciones limitadas de que disponía. En la nuestra había una persona a la cual no le importaba lo más mínimo tener una de las ventanas abiertas al jardín por la noche. Todo el mundo sabe que los insectos se sienten atraídos hacia la luz por un motivo muy fácil de entender: cuando se hace la noche se guian por la luna, lo que produce que cualquier foco de luz tiene su momento de gloria a los ojos de cualquier insecto. Sólo por esta razón vuelan las palomillas en torno a la luz, describiendo una serie de círculos concentricos cada véz más pequeños, o, más correcto técnicamente, una espiral cónica cuya punta se identifica, precisamente, con el foco de luz. Pero volvamos al caso.
En aquella casa, casi desconocida para mí, si no fuera por las ventanas azules de madera vieja que, realmente no reconozco en ningún sitio que recuerde con nitidez, había bastante gente, amigos todo, supongo, que se disponía a hacer algo de lo cual no tuve constancia, aquel fin de semana. Por cierto, era fin de semana. Lo cierto es que después de mis repetidas advertencias de que cerraran las ventanas del cuarto, una cucaracha fue buscando la luna en la pequeña bombilla de la habitación. Primeramente cruzó la ventana con sigilo posándose en su marco por la parte de adentro. A primera vista no era un gran espécimen, sin embargo, cuando después de mi histeria, acrecentada por la burla de los allí presentes, el coleóptero decidió levantar el vuelo, todo se convirtió en un revuelo de manotazos al aire y carreras sin sentido. Esto me merece un reflexión. Las cucarachas voladoras, o volonas como las llamamos en canarias, son machos. Esto no tuve ocasión de aprenderlo de la mano de un amigo mío cuya pasión son estos insectos detestables para la inmensa mayoría. Podría decir que este gusto elitista por una de las manifestaciones más asquerosas de la naturaleza no pudo más que sorprenderme. Mi amigo las persigue, las estudia, las acaricia, las quiere, las conserva en un terrario que tiene en la azotea de su casa en el que colecciona cuantas razas es capaz de atesorar. Y, con todo, vive de matarlas. Efectivamente, este amigo mío tiene una empresa de control de plagas. Una relación amor odio que no tiene parangón. Recuerdo una anécdota suya en la que terminó en una seria discusión después de que un albañil matara un ejemplar rarísimo que había asomado desde una alcantarilla. Al parecer la cucaracha era enorme, unos quince centímetros de largo, y además gris, solo de pensarlo me dan ganas de echarme a correr.
Esto me recuerda que debo seguir con la historia. Echarme a correr fue exactamente lo que hice cuando vi que aquella cucaracha que estaba observándonos desde el umbral de la ventana levantó el vuelo. Yo corrí, como alma que lleva el diablo, por el pasillo adelante hasta el salón. Ahora reconozco la casa de tirajana en esta que describo. Cuando llegué a medio salón la cucaracha no solamente había decidido dirigirse a la misma habitación en su vuelo incontrolado (siempre he pensado que ninguna cucaracha que sepa volar sabe pilotar, ya que su vuelo es sin rumbo ni conciencia), sino que además estaba procurando posarse en alguna parte de mi cuerpo. No será necesario que explique lo que ello supone para mí, si diré, sin embargo, que le dí tantos bofetones al aire que, de ser un humano, habría caído de KO técnico de bruces contra el suelo. La cucaracha tuvo más suerte que el aire, sin lugar a dudas, y solo recibió uno de tantos, pero suficiente para disuadirla de buscarse otra pista de aterrizaje. Y entonces vió el piano. Quien pudiera saber lo que pensó (si es que estos animales piensan, lo cual no estoy en condiciones de aventurarme a negar de manera categórica) cuando vio el inmenso instrumento negro con su larga cola. Algo me hace pensar que era un maravilloso Steinway and Sons, cualquier intento de describir tremenda maravilla será ocioso. No lo es, sin embargo, el relatarles lo que capté cuando la cucaracha se posó sobre él. De alguna manera fui capaz de darme cuenta de que la cucaracha sabía bien que tenía bajo las patas, incluso me aventuro a aseverar que, mientras volaba, fue capaz de pilotar por primera vez en la milenaria historia de estos bichos. Es cierto esto que digo. Cuando se posó recorrió las teclas del piano con una conciencia y una parsimonia semejante a la de un monje que pasea por su huerta mientras da gracias a la naturaleza por sus regalos. La cucaracha fue saltando de octava en octava y, milagrosamente, se posaba siempre sobre las teclas que retumbaban en do. Yo no tengo mucha idea de teoría musical, de hecho me defino como lego en la materia, sin embargo, cuando varió en la secuencia de sus saltos algo me hizo pensar que aquel bicho inmundo, de pesar una quinientas veces lo que pesaba, estaría tocando una melodía en el piano.
Ya he dejado constancia de mi aberración hacia estos señores del asco, pues bien, diré ahora que jamás había estado tanto tiempo observando a uno, y mucho menos había sentido nunca un mínimo interés por lo que quiera que fuera que sería capaz de hacer. También he dicho que no tengo idea apenas de la teoría musical, lo que me hace ser incapaz de reconocer una secuencia complicada de notas identificándola en el momento con sus respectivos nombres musicales. Así que, dada mi torpeza al respecto y conociendo tremenda limitación, me deslicé casi imperceptiblemente a una cámara de fotos Olympus 350 que también hace videos. Mi intención era sencilla, grabar el concierto de la cucaracha y, luego, en la intimidad y ayudado por la grabación, ir apuntando la secuencia de notas para extraer así la melodía con que se me antojó que aquel insecto estaba procurando obsequiarme. Desgraciadamente la cámara no estaba donde debía. Al principio yo sentí una cierta desesperación por no poder librar a aquel momento del limbo de los imposibles, pero pronto claudiqué y dedicí terminar de ver e intuir el concierto de piano para cucaracha en do mayor. Sí, no fui capaz de escucharlo con los oídos, es cierto, pero el concertista me transmitió su ritmo con la frecuencia minuciosa de sus saltos. De hecho no estoy tan seguro de que no fuera yo capaz de escucharlo, si esto fuera así, no entendería que cuando terminó la obra me entregara en aplausos hacia la cucaracha pianista.
Lástima que la asusté, lástima también que todo volvió a la normalidad, lástima que decidiera volar nuevamente hacia mí mientras yo seguía aplastando el aire con mis manos. Lástima, al fin y al cabo, que cuando me di cuenta de que se había posado en la palma de mi mano derecha ya era demasiado tarde para evitar la muerte de una de las mayores interpretadores de piano que ha dado la naturaleza jamás.
Esta noche de jueves 1 de marzo el Cuba Libro abrirá a las 11.00 pm. Se suspende la tertulia literaria y se pospone la fiesta latina.
Publicado el 1 marzo, 2007 1 comentario
Pues así tal cual, compañeros. El motivo, el cumpleaños de mi querida hermanita. Como intuyo que no leerá mi web hoy, pues me adelanto a decirles que le estamos preparando una fiesta sorpresa para esta noche. Será a las 8.00, y por aquello del coste de oportunidades, no podré abrir el Cuba Libro para la tertulia, y tampoco podré asistir a la presentación del libro de Balbuena sobre los Canarios en Texas. Lucía, no he tenido un ratito para contestarte tu mail. Es una lástima no poder asistir, pero no te preocupes que si sigue en pie lo de la comida peruana, yo me apunto cuando tu nos digas.
Reciban un fuerte abrazo, y tú Lucía, además, un besote enorme.
Santiago Tabarca.
Jaime Bayly me persigue.
Publicado el 1 marzo, 2007 1 comentario
Jaime Bayly me persigue, en estos últimos días. Desde que me enteré de que había sido finalista del premio Planeta no me lo puedo quitar de encima. Diré mejor que no me persigue él, o que sí me persigue él usando su novela “de repente un ángel” como instrumento de su persecución. Desde que conocí a mi entrañable Espido Freire he seguido con algo más de detalle y proximidad la evolución del premio. Pensé que todo cuanto reluce era, como dicen, oro después de leerla a ella y comprobar que no solo es una maravilla de persona sino una escritora muy válida, y pequé de ingenuo al comprar la novela de Jaime. Esperé encontrar el mismo nivel literario, la misma seriedad, procuré hacer acopio de recursos literarios para utilizarlos en mi obra pero la decepción fue brutal. Cuando comencé a leer “de repente un ángel” pensé que todo se trataba de una broma sin gracia. No pienso hacer una disertación crítica acerca de ese libro con forma de novela. Prefiero criticar novelas, aunque sean, según mi criterio, malas. El problema en este caso es que creo que la obra en cuestión simplemente no llega a tal categoría literaria. Es obvio que la calidad de la que carece hay que buscarla en otros prismas de la vida de Jaime Bayly, porque, digo yo que a algo ha tenido que aferrarse tan prestigiosa editorial para meter la pata de esta manera. Lógicamente, inculto de mí, luego me he enterado de que del señor Bayly es un líder mediático en las televisiones de su país y del nuestro. Esto me pasa por no ver la tele.
Pero no era mi intención dejar a relucir el plumero en cuanto a la capacidad literaria de este hombre, sino, todo lo contrario. Les decía que Jaime Bayly me persigue y lo hace con coraje de asesino. Todo esto empezó cuando me compré su novela y la abrí. Comencé a leerla y, por los motivos que ya he referido anteriormente, la volví a cerrar y la zarandeé en el aire con toda la fuerza que pude describiendo un semicírculo que iba desde mi axila derecha (soy zurdo) hasta unos centímetros más arriba de mi cabeza con el brazo completamente extendido. Repetí la operación tres veces y en la última abrí la mano, lo que provocó que el libro saliera despedido a gran velocidad, abriéndose y cerrándose en el aire de la misma forma que lo haría un puño intentando aferrarse al aire para no caer. Cuando al final aterrizó lo hizo sobre el agua de mi piscina, apenas unos centímetros más a la izquierda de donde yo pretendía, pero sobre el mismo líquido elemento, al fin y al cabo.
Allí la dejé, flotando como galeón a la deriva y me fui, con la tranquilidad de que me había librado con este gesto de la involución de la literatura actual. Pero no fue así. Unos días después de esto, estaba sentado yo en un sillón que tengo en casa y observaba mi biblioteca. Es pequeña aún, unos 700 libros, lo que me permite conocerlos todos y sentir una suerte de cariño por cada uno de ellos. Pues bien, observándola, como digo, me pareció que uno de los libros, que no reconocí a primera vista, estaba extrañamente retorcido. Me levanté extrañado, como no puede ser de otra forma, y lo tomé en mis manos. En la cubierta leí “de repente un ángel” Jaime Bayly. Exactamente, era el mismo libro que había zumbado al agua días antes. De alguna manera que se me escapa había conseguido salir de la piscina sin ahogarse, había subido las escaleras, escalado las estanterías y hacerse un hueco entre los otros libros. Y además, parecía sonreírme con malicia. Como es lógico, no lo volví a poner en mi estantería, soy bastante riguroso a la hora de elegir qué libro ha de ocupar los huecos en ella, y, por supuesto, este no cumple uno solo de los requisitos que le impongo voluntariamente. Así que, retorcido y todo, cayó en el cubo de la basura, irremediablemente.
Hasta aquí todo parece una extraña anécdota con muchas y muy válidas explicaciones (alguien pudo rescatar el libro de la pisicina y colocarlo donde vió más libros, aceptamos barco…), sin embargo, cuando lo tiré a la basura no volví a verlo más. Pero no les llame a error esto que digo, no vi más aquel ejemplar, que hoy mismo, al comprobar que tenía demasiados libros en el baño (el motivo es claro, se que lo saben), me dispuse a colocarlos nuevamente en la estantería. Los llevé en una montaña de libros sin ver cuales eran, los puse sobre la mesa de mi escritorio y fui cogiéndolos uno a uno y colocándolos en su sitio. Sé que esperan la sorpresa. Efectivamente, entre ellos, no se como, un ejemplar nuevo de “de repente un ángel” de Jaime Bayly. ¿Será posible que el marketing haya conseguido estrategias tales que, no ya solo creen necesidades donde no las hay, sino que además haga que compremos artículos sin darnos cuenta si quiera?, es lógico que alguien ha ido a comprar este libro a una librería, ha sonreído a la cajera, ha salido de ella con su adquisición en una bolsa, ha llegado a casa y ha puesto en el libro en el baño. Mi novia no compra libros, yo juro que no lo hice. Jaime, ¿Qué te parece si nos dejamos ya de coñas? Me estás acojonando.
(este artículo es mi ejercicio diario de escritura, no tiene ningún otro valor más que el de obligarme a escribir algo cada día).


