Jaime Bayly me persigue.


 

 

Jaime Bayly me persigue, en estos últimos días. Desde que me enteré de que había sido finalista del premio Planeta no me lo puedo quitar de encima. Diré mejor que no me persigue él, o que sí me persigue él usando su novela “de repente un ángel” como instrumento de su persecución. Desde que conocí a mi entrañable Espido Freire he seguido con algo más de detalle y proximidad la evolución del premio. Pensé que todo cuanto reluce era, como dicen, oro después de leerla a ella y comprobar que no solo es una maravilla de persona sino una escritora muy válida, y pequé de ingenuo al comprar la novela de Jaime. Esperé encontrar el mismo nivel literario, la misma seriedad, procuré hacer acopio de recursos literarios para utilizarlos en mi obra pero la decepción fue brutal. Cuando comencé a leer “de repente un ángel” pensé que todo se trataba de una broma sin gracia. No pienso hacer una disertación crítica acerca de ese libro con forma de novela. Prefiero criticar novelas, aunque sean, según mi criterio, malas. El problema en este caso es que creo que la obra en cuestión simplemente no llega a tal categoría literaria. Es obvio que la calidad de la que carece hay que buscarla en otros prismas de la vida de Jaime Bayly, porque, digo yo que a algo ha tenido que aferrarse tan prestigiosa editorial para meter la pata de esta manera. Lógicamente, inculto de mí, luego me he enterado de que del señor Bayly es un líder mediático en las televisiones de su país y del nuestro. Esto me pasa por no ver la tele.

Pero no era mi intención dejar a relucir el plumero en cuanto a la capacidad literaria de este hombre, sino, todo lo contrario. Les decía que Jaime Bayly me persigue y lo hace con coraje de asesino. Todo esto empezó cuando me compré su novela y la abrí. Comencé a leerla y, por los motivos que ya he referido anteriormente, la volví a cerrar y la zarandeé en el aire con toda la fuerza que pude describiendo un semicírculo que iba desde mi axila derecha (soy zurdo) hasta unos centímetros más arriba de mi cabeza con el brazo completamente extendido. Repetí la operación tres veces y en la última abrí la mano, lo que provocó que el libro saliera despedido a gran velocidad, abriéndose y cerrándose en el aire de la misma forma que lo haría un puño intentando aferrarse al aire para no caer. Cuando al final aterrizó lo hizo sobre el agua de mi piscina, apenas unos centímetros más a la izquierda de donde yo pretendía, pero sobre el mismo líquido elemento, al fin y al cabo.

Allí la dejé, flotando como galeón a la deriva y me fui, con la tranquilidad de que me había librado con este gesto de la involución de la literatura actual. Pero no fue así. Unos días después de esto, estaba sentado yo en un sillón que tengo en casa y observaba mi biblioteca. Es pequeña aún, unos 700 libros, lo que me permite conocerlos todos y sentir una suerte de cariño por cada uno de ellos. Pues bien, observándola, como digo, me pareció que uno de los libros, que no reconocí a primera vista, estaba extrañamente retorcido. Me levanté extrañado, como no puede ser de otra forma, y lo tomé en mis manos. En la cubierta leí “de repente un ángel” Jaime Bayly. Exactamente, era el mismo libro que había zumbado al agua días antes. De alguna manera que se me escapa había conseguido salir de la piscina sin ahogarse, había subido las escaleras, escalado las estanterías y hacerse un hueco entre los otros libros. Y además, parecía sonreírme con malicia. Como es lógico, no lo volví a poner en mi estantería, soy bastante riguroso a la hora de elegir qué libro ha de ocupar los huecos en ella, y, por supuesto, este no cumple uno solo de los requisitos que le impongo voluntariamente. Así que, retorcido y todo, cayó en el cubo de la basura, irremediablemente.

Hasta aquí todo parece una extraña anécdota con muchas y muy válidas explicaciones (alguien pudo rescatar el libro de la pisicina y colocarlo donde vió más libros, aceptamos barco…), sin embargo, cuando lo tiré a la basura no volví a verlo más. Pero no les llame a error esto que digo, no vi más aquel ejemplar, que hoy mismo, al comprobar que tenía demasiados libros en el baño (el motivo es claro, se que lo saben), me dispuse a colocarlos nuevamente en la estantería. Los llevé en una montaña de libros sin ver cuales eran, los puse sobre la mesa de mi escritorio y fui cogiéndolos uno a uno y colocándolos en su sitio. Sé que esperan la sorpresa. Efectivamente, entre ellos, no se como, un ejemplar nuevo de “de repente un ángel” de Jaime Bayly. ¿Será posible que el marketing haya conseguido estrategias tales que, no ya solo creen necesidades donde no las hay, sino que además haga que compremos artículos sin darnos cuenta si quiera?, es lógico que alguien ha ido a comprar este libro a una librería, ha sonreído a la cajera, ha salido de ella con su adquisición en una bolsa, ha llegado a casa y ha puesto en el libro en el baño. Mi novia no compra libros, yo juro que no lo hice. Jaime, ¿Qué te parece si nos dejamos ya de coñas? Me estás acojonando.

(este artículo es mi ejercicio diario de escritura, no tiene ningún otro valor más que el de obligarme a escribir algo cada día).

Un comentario el “Jaime Bayly me persigue.

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