Tremendo descubrimiento el mío, cristiano.
Publicado el 15 junio, 2008 2 comentarios
Queridos amigos,
En primer lugar, les vuelvo a pedir disculpas por mi abandono del blog durante este tiempo. Si no he escrito, saben bien que no es porque no les haya considerado. Unas veces incumplo mi trato de tenerles informados de las cosas que me suceden, pero es, simplemente, porque otras cuestiones han consumido mi tiempo con bastante capricho.
Hoy les quiero hablar de un descubrimiento que he hecho. Estoy viviendo en Asunción, como muchos ya saben, más concretamente en una de las esquinas de la Plaza Uruguaya -curioso detalle si consideramos que Uruguay fue uno de los paises enemigos que estuvieron en la guerra de la triple alianza (junto con Argentina y Brasil) y que costó el final de la hegemonía de Paraguay. En fin, grandes cuestiones de la diplomacia, supongo y tampoco es que venga al caso ahora mismo. El hecho es que la plaza no es pequeña ni grande, una cuadra, como dicen aquí. Pues bien, al otro lado hay dos supermercados, uno de cuyo nombre no me acuerdo (y no porque no quiera), y otro llamado «El pais». Lo cierto es que uno está frente a otro, y se deben hacer una competencia atroz. La primera vez que fui a comprar víveres para el piso entré en el primero. Era una suerte de almacén, medio vacío, con carros casi diría de hojalata cuyas ruedas giran siguiendo una teoría física que no descifro bien, quizá no giran y eso puede justificar el dolor de muñecas que tenía al día siguiente. No se, lo cierto es que aproveché y me dediqué a llenar el carro de todo cuanto vi que podía necesitar en mi casa, que estaba vacía. En estas circunstancias ya se pueden imaginar que cualquier cosa que veía tenía unas ganas tremendas de dar un salto al carro para ocupar uno de los millones de huecos que pueblan mi cocina. Y siguiendo más el instinto de las cosas que el de la prudencia, cargué el carro de líquidos, que de por sí son pesados, sin ningún tipo de reparo. Una garrafa de aceite de cinco litros, seis botellas de cerveza de uno, no se cuantas botellas de refresco, zumos, leche…. Todo ello sin contar las galletas, el champú, el azucar, la sal, en fin, no les enumero aquí mi lista de la compra porque sería aburrido. Al peso es a lo que voy, queridos amigos, al peso. Cuando pagué todo aquello y miré para las bolsas comprendí que tenía un serio problema. Pero me armé de valor. Agarré con la mano derecha el conjunto de bolsas que me pareció más liviano, el más pesado lo reservé para mi otra mano, la fuerte., y puse rumbo a casa, con más voluntad que posibles.
No hube dado cincuenta pasos cuando me di cuenta de que aquella hazaña mía no era más que un despropósito. Los brazos amenazaban con crujir y caer a ambos lados de mi cuerpo. La gente me miraba como si fuera una menina, con la falda a ambos lados, aparatosa y blanca con cientos de logotipos del supermercado que me había dejado marchar a mi suerte, y del que me separaba con muchísima menos velocidad que la pretendida. Es cierto, cuando entré en la plaza Uruguaya ya pensé que no podía seguir, lo peor es que solamente había cruzado la calle. No exagero, los brazos me dolían una barbaridad, y todos los bancos de la plaza me parecían pocos y distanciados unos de otros para poder descansar. No hacía más que pensar en qué haría en esa situación si vinieran a atracarme. Podría usar la botella de aceite como arma arrojadiza, pero para ello era necesario que los brazos tuviesen la fuerza sufiente, y ya escaseaba una barbaridad. Seguí adelante. Tardé cerca de media hora en una trayecto que, así, con el único peso del cuerpo y la ropa, se hace en cinco minutos, quizá menos.
Al día siguiente las agujetas me iban a partir los brazos, y los hombros. Estuve extenuado al menos tres días. Había descubierto algo, ir de compras sería un martirio constante. Por este motivo no pasaron menos de dos semanas hasta que decidí ir a comprar otra vez, pero en este caso cambié de supermercado. Debía haber alguna manera de hacer que las compras fueran algo llevadero, me resistía a pensar que este martiro fuera compartido por todos los habitantes de Asunción. Así que llegué al supermercado «el pais» y me senté en la puerta a observar. La gente entraba, al rato salía cargada de bolsas, yo contemplaba, y se metía en coches. Eso no me valía, no era una solución a mi problema. Así estuve, una media hora, hasta que vi una señora que entró. No reparé demasiado en ella cuando lo hizo, sin embargo si recuerdo que habló con un chico que había en la entrada. Lo que me sorprendió fue lo que sucedió cuando pagó. Vi que traía un carro acaso tan lleno como el mío, había llegado andando, luego no se iría en coche. Estuve atento mientra pagaba. En ese momento vi cómo le hacía una señal al chico con el que había hablado minutos antes, y este, no se de donde, ni se de qué manera, se acercó con un carro enorme, de estructura extraña, y ruedas neumáticas. Recogió todas las bolsas de la señora y salió con ella del supermercado. Ella, llevaba los brazos libres, y a su lado iba una compra imposible de transportar por otros medios más que por aquel carro tan extraño que no había visto jamás. Ja! me dije! he aquí el truco!.
Compañeros, tengo la cocina llena de comida, no sé que hacer con tantas cosas. Y lo mejor de todo es que mis brazos están tan descansados como un bebé que duerme junto a su madre. Así de tontos pueden ser los errores de los novatos cuando se llega a un sitio nuevo. Observación, decía Dalí. Lo repito y lo patrocino.
Un fuerte abrazo, mi queridos amigos, una gran sonrisa, y una cervecita con una tapita de manises! que gustazo!
Narwhal Tabarca.
Después de la tormenta.
Publicado el 10 mayo, 2008 7 comentarios
Queridos amigos,
amanece un sábado en Asunción lleno de calma, de excesiva calma diría. Ya no me siento como un recién llegado, y las horas comienzan a reclamar mi acción. La rutina que sigo puede llegar a convertirse en tedio y no tengo razón para sentirme vulnerable. Es cierto que no conozco aún a mucha gente, y sin embargo la tentación me lleva a depender de estos pocos que me dedican su tiempo casi, quizá, por compasión. Debo cambiar mi actitud en estos lares, debo comenzar a existir, cuando la palabra existir recobra todo su sentido (ex-ire; salir de uno mismo, manifestarse). Por consiguiente, debo dar un paso adelante de autosuficiencia para empezar a ser un paraguayo más. Es la única forma de resistir un año entero en este país (acaso en cualquier pais que no sea el propio).
Si no doy este paso al frente, los días corren cubiertos de una desidia que podría llegar a ser dañina, encerrado en la habitación del hotel, sin tener a donde ir, sin saber qué hacer, buscando cosas en el internet, o leyendo, o simplemente haciendo tiempo mientras espero a que alguien se acuerde de mí. A menudo miro el blog, no tengo nuevos comentarios, y cada vez que esto sucede recuerdo cuando muchos de los que me despedí antes de mi partida me prometieron su visita y sus palabras. No les culpo, allí, en cualquier parte, todo sigue siendo lo mismo. Yo, sin embargo, comienzo a tener la tentación de convertirlo todo también en lo mismo. Me llega a molestar que entren a limpiar el cuarto, y agradezco la ocurrencia de quien inventó el cartelito de las puertas de los hoteles en las que dice aquello de «no molestar» y a las que tantas veces di la vuelta con mi hermano, haciendo trastadas de niños.
Mi hermano ha llegado a Sudamérica, pero ha errado el destino. Se fue a República Dominicana en vez de venir a Paraguay, siempre seguirán habiendo cosas que no entienda. Quizá hoy me sienta solo, y por esto me molesta su ausencia. Quizá dentro de unas horas me sienta repleto y ni siquiera me acordaré.
Aquí todo parece distinto en ocasiones, salir del hotel puede ser una aventura si uso se deja llevar por las recomendaciones de seguridad. No vale entrar en la ducha y salir al mundo, al menos no con esta facilidad. Desde ayer llevo dándole vueltas a la cabeza si es buena idea que me monte en un taxi y que me lleve al Shopping del Sol. No sé que habrá en el Shopping del Sol, pero lo he visto varias veces desde afuera y tiene toda la pinta de ser un centro comercial como el Atlántico de Vecindario, o incluso mayor. Supongo que una vez allí todo será seguir descubriendo.
En fin, mis queridos, hay ocasiones en que es necesario revolcarse en la desidia para salir de ella con más brío. Me voy a la ducha. Les debo (para próximos posts) contarles que ya tengo casa y me dan las llaves el lunes, y ponerles fotos y algún video sobre las poblaciones de beneficiarios de Areguá. Ya les contaré.
Un abrazo, una sonrisa (de recién despierto)
Narwhal Tabarca.



