Ya el bull terrier me mató al perrillo.

Queridos amigos,

He estado dándole vueltas al título de este post, y al final me he decidido por decirlo así sin más, de la forma más directa y más cruda. De la misma forma en la que anoche pegamos un brinco de la cama mi novia y yo cuando escuchamos al enano chichar, de la misma forma en la que corrimos a la sala y vimos cómo las fauces del bull terrier pendían, babeantes, sobre el cuerpillo insignificante y desesperado del pequeño pincher, de la misma forma en la que lo agarré y me mordió la mano en una histeria de supervivencia en la que pensó que mis dedos eran los dientes de su verdugo. Al fin, queridos amigos, de la misma forma en la que dejó de existir, sobre las sábanas de mi cama en donde tantas veces habíamos jugado juntos. Un último boqueo intentando recuperar el aire que se le escapaba por las perforaciones de sus pequeños pulmones, y allí quedó, como dormido. Ya no verá canarias el enano, ya no verá nada.

 

 

Queridos amigos, sé que es solo un perro, pero en la soledad de la distancia, en la que mi familia se resume a poco, entiendan que no solo es un perro. Aún no puedo creerlo. Se acabó Key, se acabó.

Un abrazo,

Narwhal Tabarca.

 

 

Tremendo descubrimiento el mío, cristiano.

Queridos amigos,

En primer lugar, les vuelvo a pedir disculpas por mi abandono del blog durante este tiempo. Si no he escrito, saben bien que no es porque no les haya considerado. Unas veces incumplo mi trato de tenerles informados de las cosas que me suceden, pero es, simplemente, porque otras cuestiones han consumido mi tiempo con bastante capricho.

Hoy les quiero hablar de un descubrimiento que he hecho. Estoy viviendo en Asunción, como muchos ya saben, más concretamente en una de las esquinas de la Plaza Uruguaya -curioso detalle si consideramos que Uruguay fue uno de los paises enemigos que estuvieron en la guerra de la triple alianza (junto con Argentina y Brasil) y que costó el final de la hegemonía de Paraguay. En fin, grandes cuestiones de la diplomacia, supongo y tampoco es que venga al caso ahora mismo. El hecho es que la plaza no es pequeña ni grande, una cuadra, como dicen aquí. Pues bien, al otro lado hay dos supermercados, uno de cuyo nombre no me acuerdo (y no porque no quiera), y otro llamado «El pais». Lo cierto es que uno está frente a otro, y se deben hacer una competencia atroz. La primera vez que fui a comprar víveres para el piso entré en el primero. Era una suerte de almacén, medio vacío, con carros casi diría de hojalata cuyas ruedas giran siguiendo una teoría física que no descifro bien, quizá no giran y eso puede justificar el dolor de muñecas que tenía al día siguiente. No se, lo cierto es que aproveché y me dediqué a llenar el carro de todo cuanto vi que podía necesitar en mi casa, que estaba vacía. En estas circunstancias ya se pueden imaginar que cualquier cosa que veía tenía unas ganas tremendas de dar un salto al carro para ocupar uno de los millones de huecos que pueblan mi cocina. Y siguiendo más el instinto de las cosas que el de la prudencia, cargué el carro de líquidos, que de por sí son pesados, sin ningún tipo de reparo. Una garrafa de aceite de cinco litros, seis botellas de cerveza de uno, no se cuantas botellas de refresco, zumos, leche…. Todo ello sin contar las galletas, el champú, el azucar, la sal, en fin, no les enumero aquí mi lista de la compra porque sería aburrido. Al peso es a lo que voy, queridos amigos, al peso. Cuando pagué todo aquello y miré para las bolsas comprendí que tenía un serio problema. Pero me armé de valor. Agarré con la mano derecha el conjunto de bolsas que me pareció más liviano, el más pesado lo reservé para mi otra mano, la fuerte., y puse rumbo a casa, con más voluntad que posibles.

No hube dado cincuenta pasos cuando me di cuenta de que aquella hazaña mía no era más que un despropósito. Los brazos amenazaban con crujir y caer a ambos lados de mi cuerpo. La gente me miraba como si fuera una menina, con la falda a ambos lados, aparatosa y blanca con cientos de logotipos del supermercado que me había dejado marchar a mi suerte, y del que me separaba con muchísima menos velocidad que la pretendida. Es cierto, cuando entré en la plaza Uruguaya ya pensé que no podía seguir, lo peor es que solamente había cruzado la calle. No exagero, los brazos me dolían una barbaridad, y todos los bancos de la plaza me parecían pocos y distanciados unos de otros para poder descansar. No hacía más que pensar en qué haría en esa situación si vinieran a atracarme. Podría usar la botella de aceite como arma arrojadiza, pero para ello era necesario que los brazos tuviesen la fuerza sufiente, y ya escaseaba una barbaridad. Seguí adelante. Tardé cerca de media hora en una trayecto que, así, con el único peso del cuerpo y la ropa, se hace en cinco minutos, quizá menos.

Al día siguiente las agujetas me iban a partir los brazos, y los hombros. Estuve extenuado al menos tres días. Había descubierto algo, ir de compras sería un martirio constante. Por este motivo no pasaron menos de dos semanas hasta que decidí ir a comprar otra vez, pero en este caso cambié de supermercado. Debía haber alguna manera de hacer que las compras fueran algo llevadero, me resistía a pensar que este martiro fuera compartido por todos los habitantes de Asunción. Así que llegué al supermercado «el pais» y me senté en la puerta a observar. La gente entraba, al rato salía cargada de bolsas, yo contemplaba, y se metía en coches. Eso no me valía, no era una solución a mi problema. Así estuve, una media hora, hasta que vi una señora que entró. No reparé demasiado en ella cuando lo hizo, sin embargo si recuerdo que habló con un chico que había en la entrada. Lo que me sorprendió fue lo que sucedió cuando pagó. Vi que traía un carro acaso tan lleno como el mío, había llegado andando, luego no se iría en coche. Estuve atento mientra pagaba. En ese momento vi cómo le hacía una señal al chico con el que había hablado minutos antes, y este, no se de donde, ni se de qué manera, se acercó con un carro enorme, de estructura extraña, y ruedas neumáticas. Recogió todas las bolsas de la señora y salió con ella del supermercado. Ella, llevaba los brazos libres, y a su lado iba una compra imposible de transportar por otros medios más que por aquel carro tan extraño que no había visto jamás. Ja! me dije! he aquí el truco!.

Compañeros, tengo la cocina llena de comida, no sé que hacer con tantas cosas. Y lo mejor de todo es que mis brazos están tan descansados como un bebé que duerme junto a su madre. Así de tontos pueden ser los errores de los novatos cuando se llega a un sitio nuevo. Observación, decía Dalí. Lo repito y lo patrocino.

Un fuerte abrazo, mi queridos amigos, una gran sonrisa, y una cervecita con una tapita de manises! que gustazo!

Narwhal Tabarca.

Notas en el cuaderno de viaje. Café literario de Asunción.

Queridos amigos,

cada tarde me voy al café literario de Asunción (el bar de la esquina), donde aprovecho para desconectar del día y conversar con mi cuaderno de viajes. Ayer, en esta rutina tan saludable, escribí lo que viene a continuación. Espero que les guste saber estas cosas tan nímias:

Estoy sentado en el café literario de Asunción, y es una delicia. Llego callado y sonriente, cuaderno en mano, cada tarde. Me pido una cerveza, algo para picar y comienzo a escribir. De cualquier manera, a lo que salga.

La verdad, es reconfortante tener un sitio así tan cerca de mi casa. Aunque a veces pienso que me falta un amigo, que me acompañe en estos ratos. Un amigo con el que hablar y que me cuente sus novedades diarias, o sus vanalidades viejas. Cualquier cosa. Un amigo al que insultar a veces.

Hoy pude hablar con algunos a través de internet. Y quise estar allí, tan solo unos segundos, un cubata acaso y volverme. Que raro se me hace estar aquí. Estar haciéndome a esto. Adquirir las constumbres de esta gente ajena. Pasear por las calles me parece extraño. Y sin embargo, más extraño me resulta acostumbrarme. Si no hablo ya me tratan como a un igual, y si hablo me creen venezolano. Esto le debo al acento canario.

Por las mañanas ando un kilómetro o más para llegar a la oficina. Y esto me tiene delgado y me siento algo más en forma. Fumar fumo lo mismo, pero beber casi no bebo. Aquí solo toman cerveza, pero nunca para acompañar la comida, sino como trago para emborracharse, cual cubatas. Esto es precisamente lo que me acabo de pedir yo ahora mismo, un cubatita, porque me apetece. Brindaré por mi hermano que hoy anda con una chica cuyo nombre me reservo.  Ayer estaba con otra, con semejante reserva de nombre, y esta noche no se quien será la afortunada (cuando lea esto me mata). A su salud este cubata.

Ahora mismo son las 7 y 24 de la tarde. Me acaban de poner la copa. Que rico el sabor del ron después de tanto, la bebida del pirata. Diría que lo echaba en falta, no por llevar un mes sin tomarme uno, sino por verme obligado a tomar cerveza. Aquí, si uno se toma un ron, lo miran mal. Quizá mal no sea la palabra. Lo miran como si fuera un bebedor añejo, de estos que pueden con todo. Supongo que la visión sería igual que la que podemos tener en canarias de estos señores de pueblo que se desayunan un carajillo bien cargado de coñac y un wisky solo y sin hielo a media mañana. Algo así.

Aquí me ven con un ron y admiran mi hígado. Si fueran a España y se dieran una vueltita por cualquier zona de marcha un sábado por la noche, se mueren. Estas cosas tienen los encuentros entre culturas. Y sin embargo yo no me termino de acostumbrar a esta fijación del paraguayo al Tereré.

El tereré ha sido un tremendo descubrimiento para mí. Cuando estuve en Argentina conocí la cultura del mate, y hoy en día la sigo descubriendo gracias a Jorgelina (que lo toma todas las tardes). Pero nunca nadie me había hablado del Tereré.

El tereté se debe, según creo, al intenso calor del verano paraguayo. Me han comentado que es insufrible, llegando a temperaturas de unos 45 grados a la sombra.

Dicen que cuando la necesidad aprieta, se agudiza el ingenio. Y el paraguayo tiene mucho de necesidad y de ingenio. Por ello ha inventado para estos casos el Tereré. Este invento no es otra cosa que el mate, pero con hielo. Así de simple. Dentro del Termo del agua meten hielo y en el mate (en el vaso) echan la hierba mate, como siempre. Luego ya, como en todo, está la idea original de cada cual, y una se ha seguido hasta el límite de convertirse en costumbre. Se diseñaron grandes termos de agua que albergaban, al menos, dos litros, forrados con piel, con un hueco preparado para la huampa (cuerno de vaca que hace las veces de mate -vaso-), un agarre para la bombilla (pajita metálica con un dispositivo de filtro en la boca) y lo llamaron: equipo de Tereré. Yo quiero comprarme un equipo de tereré en estos días. Como recuerdo y para aficionarme a él. Además, este pequeño invento siguió sufriendo modificaciones y añadiduras y en el campo comenzaron a añadirle lo que denominan Yuyos (o remedios). Así, si uno tiene cualquier tipo de dolencia basta con que use un yuyo determinado para aliviarla (no son más que remedios de hierbas). Así, además, de refrescar en verano, cura.

Me gustaría conocer algo más acerca de los yuyos. Estoy convencido de que adentrarse en este conocimiento es tanto como abrir una puerta al valioso mundo de los remedios naturales antiguos, transmitidos de boca en boca, desde tiempos inmemoriales hasta hoy. Lo tengo decidido, mañana me compro mi propio equipo de tereré. De momento voy tirando con una bombilla y un mate (el segundo que me compro ya en el mismo sitio) de los que bien podría decir que son casi de usar y tirar. El primer mate paraguayo me duró 4 días. Lo compré en una gasolinera de Asunción (que por cierto hay muchísimas) y era de palo santo del brasil. Ya me había advertido Jorgelina que estos mates duran poco. Como digo, al cuarto día expiró porque se resquebrajó en manos sus manos haciendo un ruido bastante peculiar y que provocó nuestra risa.

El segundo es también de madera, pero está recubierto de metal. De momento ha durado un mes, pero dice Jorgy que estos se agujerean cosa mala. Ya les contaré cuanto dura. Mañana por la tarde me compro ese equipo de tereré con huampa. Y cuando vuelva a España le llevo uno también a Rosa, que estará echándolo de menos y ahora entiendo por qué. Con el calor de canarias es de entender.

Me despido que me echan en cuestión de minutos»

Estimados amigos, es solo una anotación de un día cualquiera. Pero así saben como van siendo mis dias cualquiera.

 

Un abrazo, una sonrisa siempre.

Narwhal Tabarca

Después de la tormenta.

Queridos amigos,

amanece un sábado en Asunción lleno de calma, de excesiva calma diría. Ya no me siento como un recién llegado, y las horas comienzan a reclamar mi acción. La rutina que sigo puede llegar a convertirse en tedio y no tengo razón para sentirme vulnerable. Es cierto que no conozco aún a mucha gente, y sin embargo la tentación me lleva a depender de estos pocos que me dedican su tiempo casi, quizá, por compasión. Debo cambiar mi actitud en estos lares, debo comenzar a existir, cuando la palabra existir recobra todo su sentido (ex-ire; salir de uno mismo, manifestarse). Por consiguiente, debo dar un paso adelante de autosuficiencia para empezar a ser un paraguayo más. Es la única forma de resistir un año entero en este país (acaso en cualquier pais que no sea el propio).

Si no doy este paso al frente, los días corren cubiertos de una desidia que podría llegar a ser dañina, encerrado en la habitación del hotel, sin tener a donde ir, sin saber qué hacer, buscando cosas en el internet, o leyendo, o simplemente haciendo tiempo mientras espero a que alguien se acuerde de mí. A menudo miro el blog, no tengo nuevos comentarios, y cada vez que esto sucede recuerdo cuando muchos de los que me despedí antes de mi partida me prometieron su visita y sus palabras. No les culpo, allí, en cualquier parte, todo sigue siendo lo mismo. Yo, sin embargo, comienzo a tener la tentación de convertirlo todo también en lo mismo. Me llega a molestar que entren a limpiar el cuarto, y agradezco la ocurrencia de quien inventó el cartelito de las puertas de los hoteles en las que dice aquello de «no molestar» y a las que tantas veces di la vuelta con mi hermano, haciendo trastadas de niños.

Mi hermano ha llegado a Sudamérica, pero ha errado el destino. Se fue a República Dominicana en vez de venir a Paraguay, siempre seguirán habiendo cosas que no entienda. Quizá hoy me sienta solo, y por esto me molesta su ausencia. Quizá dentro de unas horas me sienta repleto y ni siquiera me acordaré. 

Aquí todo parece distinto en ocasiones, salir del hotel puede ser una aventura si uso se deja llevar por las recomendaciones de seguridad. No vale entrar en la ducha y salir al mundo, al menos no con esta facilidad. Desde ayer llevo dándole vueltas a la cabeza si es buena idea que me monte en un taxi y que me lleve al Shopping del Sol. No sé que habrá en el Shopping del Sol, pero lo he visto varias veces desde afuera y tiene toda la pinta de ser un centro comercial como el Atlántico de Vecindario, o incluso mayor. Supongo que una vez allí todo será seguir descubriendo.

En fin, mis queridos, hay ocasiones en que es necesario revolcarse en la desidia para salir de ella con más brío. Me voy a la ducha. Les debo (para próximos posts) contarles que ya tengo casa y me dan las llaves el lunes, y ponerles fotos y algún video sobre las poblaciones de beneficiarios de Areguá. Ya les contaré.

Un abrazo, una sonrisa (de recién despierto)

 

Narwhal Tabarca.